Lo que se pierde cuando un aula se convierte en un escenario de muerte

Por: Matías Leandro Rodríguez

La tragedia en la Escuela Normal Nº 40 “Mariano Moreno” de San Cristóbal no es solamente un crimen: es una fisura que atraviesa la médula de nuestra democracia. Los riesgos y las preguntas incómodas.

Hay hechos que no admiten explicación rápida porque hacerlo sería una forma de violencia institucional adicional. Lo ocurrido en la Escuela Normal Nº 40 “Mariano Moreno” de San Cristóbal -donde un adolescente de 15 años ingresó armado y disparó contra sus compañeros, causando la muerte de un estudiante de 13 años y dejando varios heridos- no es solamente un crimen ni únicamente una tragedia escolar: es una fisura que atraviesa la médula de nuestra democracia. Es la sensación, difícil de nombrar, de que un lugar pensado para el amparo dejó de ser suficiente frente a la intemperie social.

La reacción inmediata suele buscar culpables individuales para calmar la angustia. El agresor. La familia. El bullying. Las armas. Cada explicación parcial tranquiliza porque reduce la complejidad. Nombrar una causa única funciona como defensa colectiva: permite creer que el horror estaba contenido en un sujeto y no disperso en una trama vincular que hemos dejado de sostener. Pero cuando transformamos un fenómeno social en un expediente moral individual, dejamos intactas las condiciones de desigualdad y desamparo que lo hicieron posible.

El Derecho, en su herencia más rígida, suele llegar cuando el lenguaje ya se ha extinguido y solo queda el estruendo. Nos refugiamos en el código y el procedimiento porque nos aterra la falta de norma ante lo indecible. Pero una justicia que se limita a juzgar el acto consumado es una justicia manca y adultocéntrica; la verdadera garantía no reside en la dureza de la pena posterior, sino en la solidez del amparo previo. Necesitamos un sistema que no solo sepa clausurar conflictos, sino que aprenda a abrir espacios donde el sujeto pueda existir y ser reconocido sin que su única gramática sea el daño.

La escuela nació como una promesa de refugio y, fundamentalmente, como un espacio para aprender a leer el mundo. No solo transmitía contenidos: ofrecía pertenencia, una historia común donde cada niño podía inscribirse como sujeto de derechos sin tener que justificar su existencia. Allí los conflictos encontraban mediación adulta; allí la diferencia era una potencia, no una amenaza. Cuando la violencia extrema irrumpe dentro de ese espacio, no fracasa únicamente una persona; se deshilacha una trama invisible de cuidados que sostenía mucho más de lo que advertíamos: la confianza en lo público.

Las reconstrucciones iniciales hablan de señales previas, de silencios, de incomodidades que no encontraron traducción urgente en el sistema. No se trata de mirar hacia atrás para repartir culpas con la ventaja del tiempo transcurrido. Lo verdaderamente inquietante es advertir que nuestras instituciones están preparadas para administrar lo previsible -el rendimiento o la disciplina-, pero carecen de una pedagogía del malestar capaz de escuchar el sufrimiento cuando todavía no tiene nombre. Funcionan frente a la evaluación; se vuelven frágiles cuando lo que aparece es el dolor humano.

Existe una burocracia de la sensibilidad que nos permite seguir funcionando. Las instituciones han perfeccionado el arte de la “intervención” técnica para no tener que involucrarse en el “acontecimiento” del otro. Se firman actas, se elevan informes y se cumplen protocolos, pero en esa cadena de traslados la angustia se vuelve un objeto de trámite. El riesgo no es solo que la escuela falle, sino que se convierta en una procesadora de legajos donde lo que se despacha no son situaciones escolares, sino destinos clausurados que ya nadie se detiene a mirar de frente.

Reducir la discusión a lo que debe hacerse después equivale a aceptar que el Estado siempre llegará tarde. Mucho antes del disparo existe un proceso silencioso en el que alguien deja de sentirse visto o alojado. Cuando un adolescente llega a imaginar la violencia como lenguaje posible, algo anterior ya se había roto: el derecho a ser escuchado. La pregunta incómoda no es qué sanción corresponde ahora, sino en qué momento dejamos de ser una comunidad de palabra para convertirnos en una de vigilancia.

Tal vez una de las escenas más difíciles de soportar sea imaginar que todo ocurrió durante un acto escolar. Mientras se izaba una bandera -ese gesto que intenta recordarnos que pertenecemos a algo común-, la idea misma de comunidad se quebraba. La bandera estaba en alto, pero el amparo real ya no lograba sostenerse debajo de ella. Y quizás esa sea la imagen más perturbadora: la normalidad institucional continuando unos segundos más mientras el sentido colectivo se desmoronaba sin aviso.

Hace tiempo se vuelve visible una forma nueva de soledad: la falta de adultos capaces de leer el malestar detrás de las conductas. Observamos actitudes, corregimos comportamientos, pero dejamos de interpretar lo que esas señales intentan decir sobre la vida de quienes crecen. Las instituciones anotan asistencias y sanciones; las angustias, en cambio, rara vez encuentran casillero. En ese vacío aparece una fragilidad que ya no pertenece solo a los alumnos, sino a la escuela misma: equipos exhaustos y un discurso social cada vez más punitivo que olvida que educar es un acto de amor y de justicia social.

Lo más difícil de aceptar es que la violencia no llegó desde afuera como una amenaza externa. Nació dentro del mismo espacio que debía proteger, dentro del vínculo cotidiano, dentro de una convivencia que parecía ordinaria. Y esa constatación incomoda porque impide tranquilizarnos con la idea de la «excepción». Nos obliga a pensar que el problema es estructural y que la respuesta debe ser, necesariamente, política y humana.

Después vendrán explicaciones, debates urgentes y pedidos de «mano dura». Durante algunos días hablaremos mucho. Luego, lentamente, el ruido se apagará y la vida institucional intentará recomponerse sobre la misma estructura que no logró prevenir lo ocurrido. Tal vez allí resida la verdadera tragedia social: la capacidad de acostumbrarnos incluso a aquello que debería transformarnos para siempre, convirtiendo el espanto en un número más de registro.

Existe una deuda silenciosa con la escucha real. No la escucha posterior al daño, cuando intervienen declaraciones y procedimientos judiciales, sino aquella que exige tiempo, presencia y vínculos capaces de alojar la fragilidad antes de que se vuelva intolerable. Los protocolos organizan respuestas, pero ningún protocolo reemplaza la experiencia humana de sentirse mirado sin miedo. La justicia real es la que llega antes, la que garantiza que ningún pibe sea un expediente invisible para el sistema.

También resulta necesario resistir la comodidad de los relatos simples. Convertir a unos en victimarios incomprensibles y a otros en símbolos absolutos impide comprender la complejidad de adolescencias atravesadas por vulnerabilidades dentro de un entramado social que falló en proteger. Reconocer esa complejidad no disminuye el dolor irreparable de la familia que perdió a su hijo; al contrario, evita que la tragedia sea utilizada para soluciones rápidas que alivian la indignación pero no previenen nuevas pérdidas.

Quizás lo más perturbador sea admitir algo que incomoda profundamente: los adultos no siempre sabemos cómo cuidar en contextos de tanta fragmentación. Nos formaron para enseñar, evaluar y ordenar, pero no necesariamente para reconocer a tiempo el grito silencioso. Y aceptar esa limitación no es renunciar a la responsabilidad; es el primer paso para asumirla de verdad desde una ética del cuidado que no sea meramente administrativa.

La escuela debería ser el lugar donde alguien advierte antes de que sea tarde. Cuando deja de serlo, la pregunta ya no es únicamente qué ocurrió ese día, sino qué nos ocurrió como comunidad para que el amparo haya dejado de ser suficiente. Porque cuando un aula se convierte en escena de muerte no solo se pierde una vida. Se rompe algo más difícil de reconstruir: la confianza en que el mundo adulto puede garantizar un horizonte habitable para quienes recién empiezan a vivir.

Quizás la reparación no empiece con un nuevo reglamento de disciplina, sino con el coraje de sostener la mirada frente a las ruinas. Si la bandera sigue en alto, que no sea para ocultar lo que perdimos, sino para señalar el lugar donde debemos volver a encontrarnos. Reconstruir la confianza no es volver a la normalidad -esa normalidad que ya estaba rota-, sino aceptar que cuidar es, ante todo, la voluntad política de no soltarle la mano a quien todavía no sabe cómo decir que se está cayendo.

Resulta paradójico, y profundamente doloroso, que este desamparo ocurra en un tiempo donde se entroniza la frialdad del número y se desmantela lo común bajo el pretexto de la eficiencia. No se puede proteger lo que se desprecia. Cuando el discurso oficial valida la distancia afectiva, reduce la inversión en la ternura y promueve una lógica de «sálvese quien pueda», el Estado abdica de su función más sagrada: la de ser el tejido que sostiene a los más débiles. Un proyecto de país que prioriza el rigor de la planilla por sobre el latido de las aulas termina por legitimar, por omisión, ese vacío donde crece la violencia. Porque allí donde el Estado se retira para «ordenar las cuentas», lo que queda no es libertad, sino una intemperie huérfana donde nuestros adolescentes aprenden que su dolor no tiene presupuesto y su futuro es un costo que nadie está dispuesto a pagar.

Los actos volverán y el calendario intentará recuperar su pulso, transformando el espanto en un recuerdo que ya tiene número de legajo. Pero la pregunta quedará suspendida: de qué sirve izar un símbolo hacia la altura si en el llano hemos dejado que el amparo se vuelva un trámite y el prójimo un expediente invisible. Cuántas veces más necesitaremos el consuelo de la altura para no admitir que, abajo, nos hemos quedado huérfanos de una mirada capaz de alojar la fragilidad antes del estruendo.

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