Crónica viajera por la que fue única capital portuguesa fuera de Europa. Sus secretos y encantos, con una cerveja gelada en mano.

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“Acaso evitar: Pão de Açúcar, Cristo do Corcovado, Feira Nordestina, Mercadão de Madureira, Quadra da Mangueira, Paineiras, Praia do Arpoador”. Ese fue el consejo que me dio hace muchos años mi amigo bahiano Antonio Marcos Pereira: luminoso faro en la vida política, social y cultural brasileña, laberíntica como el popular mercado de Saara, el Once carioca. Al pie de la letra seguí su consejo en cada una de mis excursiones a la antigua capital del imperio portugués, la única que levantaron fuera de Europa. Mejor dejar de lado los must de la Guía T. Callejear por las ruas calientes del centro por la Avenida Rio Branco, chusmear en los sebos de libros usados cerca de la seca Praça Tiradentes y el borgeano Real Gabinete Português de Leitura, disfrutar los oropeles del Palacio de Catete donde mora el fantasma de Getulio Vargas; saltar entre los árboles que llegan al cielo en el Jardim Botânico o simplemente andar a pata por las barriadas de Urca, Santa Teresa, Botafogo, Glória, Laranjeiras y mucho más allá.
Ya es la tarde. En Flamengo hay que tomar birra sin saudade en las mesitas del centenario Café Lamas, clásico de periodistas y conspiradores de los años de facto. También en los botecos colgados de los morros donde te salvan la vida con cerveja estúpidamente gelada. Perderse en el otro lado de la cidade maravilhosa.
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Estallada está la avenida Atlántica. Garotos y garotas de Ipanema, sin bossa nova como banda de sonido, bailan mejor el funk carioca que flota entre nubes dulces de maconha. En las arenas de Tijuca, Leblon y Copa no cabe ni un alfiler. Sobre la playita de Leme no me espera el Cristo Redentor de brazos abiertos. Aguarda la estatua de Clarice Lispector y su fiel perrito Ulysses. Desde el morro que la custodia, decenas de pibitos se dejan caer sobre ese cielo húmedo que es el mar antes de que llegue la noche a la bahía de Guanabara. La última novela que escribió la Lispector, poco antes de morir en 1977, tiene un título con guiño para el crepúsculo: La hora de la estrella. Yo compro otra latita de cerveza –mil inflados pesos argentos–, me siento junto a Clarice, miro las olas que acunan el Atlántico. No queda más que beber y olvidar nuestros pecados, querida Río. Hasta que brille la primera estrella.
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