Una recorrida por Ingeniero White, una de las zonas más castigadas por la inundación ocurrida hace un año en el sudoeste bonaerense. El drama y el temor en esta localidad portuaria. "Los días nublados vuelve el miedo de qué va a pasar". La reconstrucción de la ciudad.

Es un suburbio de trabajadores, viviendas humildes, vecinos que se cruzan en las paradas de colectivos cuando la madrugada marca el inicio de la jornada laboral, mucho antes de que sea el turno de marcar las tarjetas de ingreso. Hay algunos que transcurren varios días fuera de sus hogares. El «viejo Gómez», así pidió ser mencionado, es uno de los que suele dejar el nido que supo levantar con sus propias manos por tres semanas y luego regresar para estar siete días junto a su familia.
Los ejes del destino, o más bien del calendario de francos, lo encontraron en Bahía Blanca la madrugada del 7 de marzo del año pasado cuando la lluvia decidió someter a miles de familias a la tempestad de perderlo todo bajo el agua, el barro y los desechos cloacales. Su viaje estaba programado dos días después de la inundación que hace exactamente un año provocó 18 víctimas fatales, cientos de heridos, más de 1450 personas evacuadas, puentes destrozados, rutas dinamitadas, el arroyo Napostá desbordado.
El Viejo Gómez no es un hombre de muchas palabras, ni siquiera cuando su esposa le pregunta si recuerda que fue él quien tomó la decisión de evacuarse, lo que evitó que la desesperación se adueñe de su familia. Víctor deja que el silencio y una mirada colmada de seriedad respondan por él. Se limita a resumir: “Fue una tragedia, se te viene todo abajo de golpe”. Cuando pudo, agarró la bicicleta y salió a recorrer las zonas donde el agua no había llegado, ver los alrededores y preguntar si alguien necesitaba una mano urgente. Vuelve a repetirlo: “Fue una tragedia”, con mirada al piso y la mano de su esposa apretando el hombro. El domingo posterior, todavía con agua adentro de su casa, Gómez tuvo que retomar su trabajo.
En la reunión familiar que se produce cada vez que el hombre vuelve a la casa, para compartir alguna comida, fernet con coca y jugos, las mujeres son las que llevan la batuta. La jefa del hogar, la nuera y la hija más chica coinciden en “la suerte” que tuvo su familia de contar con Víctor esos días: “No le pasó a Camila, acá a dos cuadras”.
La muchacha tiene 29 años, un nene de 4 y una beba que hace pocos meses llegó al primer año. El día de la inundación su pareja estaba fuera de la ciudad, trabajando en las vías del ferrocarril. Las y los vecinos se encargaron de cuidar a ella y de las dos criaturas mientras a la distancia Matías sufría la desesperación por no tener información de su familia. “No se cómo hice hasta que supe que estaban bien”, comenta.
El temor ante las lluvias futuras no lo margina de ganarse el peso a varios kilómetros de distancia. Mantener la economía a flote, que no falten los pañales ni la leche de fórmula, predispone a cualquiera a combatir contra sus peores tormentos.
El barrio se mezcla entre unas pocas calles asfaltadas, para que los camiones que van al puerto puedan transitar a gusto, y otra gran cantidad de calles de tierras. El pasado de una economía portuaria creciente permitió que algunas casas (las menores) muten su fachada de madera y chapa a ladrillo, revoque y pintura. “Es un barrio de puerto”, es la frase que se repite en la parada de la 500, en la panadería o en el almacén.
“Empezó a llover muy temprano, 3 o 4 de la mañana”, recuerda hoy Brenda. Cuando empezó a llover, esa noche, no había vuelto a su casa directo del trabajo. Tenía una cita en el centro de Bahía. Regresar a White le demoró más de dos horas por la misma lluvia que ya se colaba por debajo de las puertas del colectivo.
“Cuando llegué todavía no estaba inundado, eran casi las 6 de la mañana. En casa empezó a entrar agua por abajo del piso, literal, y en la calle llegaba de cordón a cordón. Parecía que se iba a quedar ahí hasta que de un momento a otro subió de golpe”, relata la joven, mientras marca con la mano que el agua superó el nivel de su pecho y arrinconó a su 1.54 metro de altura. En total esa jornada cayeron 290 milímetros de agua en 12 horas, con una intensidad aproximada de 25 mm/h. Algo que ocurre cada 100 años. Esto le ocurrió a Bahía Blanca apenas un año después de otro temporal trágico.
Hace un año, Brenda y su familia, como tantas otras, se refugiaron en el Cuartel de Bomberos Voluntarios de White. “No era un Centro de Evacuados, pero nos tuvieron que abrir. Yo me quedé ahí con mi hermano y los perros. Mis viejos se evacuaron en la Iglesia. Fue caótico y desesperante”, resume con los ojos envueltos en lágrimas y una voz tambaleante que dejó atrás el sarcasmo juvenil ante la desgracia.
En el centro distrital el agua empezó a bajar cerca de las 16 horas, mientras el olor nauseabundo y barro podrido nublaba el sentido de orientación. Con las estaciones de tensión sumergidas en el agua, la noche trajo la oscuridad total y cada esquina se convirtió en una travesía para saber si se podía pasar o no. En la Terminal de Ómnibus local funcionaba el Centro de Operaciones de los tres gobiernos (nacional, provincial y local). Para llegar había que recorrer unos 7 kilómetros, a oscuras, con inundación, lodazales y puentes en peligro de derrumbe.
La noche fue infinita y el sol amenazaba con desnudar un panorama tétrico, el agua en muchas zonas no bajaba y nadie sabía con lo que se podía encontrar cuando la claridad del día mostrara las calles. “A la mañana, cuando pudimos ver por la ventana, el agua seguía ahí, no había bajado nada”, recuerda Brenda. En su “pudimos ver” expone la incertidumbre y el temor con el que miles de familias pasaron horas, alejados entre sí, sin saber si las paredes de sus hogares se mantenían en pie, cualquier certeza de futuro se había hundido en el agua. Desde su llegada al cuartel, fue testigo de cómo “los bomberos, vecinos del barrio, tenían que dejar a sus familias para ir a rescatar a otras personas”.
“El barrio cambió”, coinciden Brenda y la familia Gómez. Los rostros de los vecinos, casas abandonadas en la larga espera de poder recuperarse de a poco, comercios que no volvieron a levantar sus persianas y marcas del agua que no lograron taparse con las pinceladas de pintura. Y el miedo. O, como lo llamaron psicólogos que atendieron a las víctimas: estrés post traumático. “Cada lluvia o día nublado es recordar todo y sentir miedo de qué es lo que va a pasar. Vivimos en incertidumbre, hace unos días creció la marea y la zona baja volvió a tener agua”, confiesa la joven que pasó la inundación en el cuartel de bomberos.
Las calles de asfalto muestran los signos de agotamiento que dejó el combo de agua y barro más el paso de los camiones, las ruinas de los puentes que sucumbieron se transformaron en un elemento más del barrio, mientras todo el distrito se reconstruye con una presencia activa del Municipio y Provincia, y costos que superan ampliamente los 300 mil millones de pesos. Las calles de tierra cada vez soportan menos lluvias entre los pozos y la profundidad de las huellas. Las marcas del tiempo no se tapan, se superponen. “Literalmente fue ver cómo en dos horas el esfuerzo de toda tu vida se lo llevó el agua”, rememora Brenda. Entre sus pérdidas menciona el equipo de fotografía con el que soñaba emprender su proyecto personal.
El caos y la desesperación permanecieron tanto o más que el agua. Emergió la solidaridad y la comunidad cubriendo carencias. El lento camino de la limpieza minuciosa fue corriendo de escena la oscuridad. White vive con el recuerdo de la inundación debajo de los pisos, el miedo a que se repita se mantiene. Pero todos coinciden: hay que seguir.
A casi un año de la inundación trágica del 7 de marzo, se inició esta semana una de las etapas más importantes de la reconstrucción del Canal Maldonado, que comprenderá el reacondicionamiento y ampliación de esa vía de agua entre la ría y la calle Don Bosco. Es el principal cauce de agua de la ciudad. El primer paso de esta etapa es la demolición del puente a la altura de calle Pampa Central, una de las estructuras más dañadas. La reconstrucción total del canal, que tiene el otro límite en el Parque de Mayo, demandará 6 etapas. La actual es la segunda y alcanzará 2.400 metros. Días atrás estuvo en Bahía Blanca el ministro provincial de Obras Públicas, Gabriel Katopodis: «Es una obra gigantesca, que fue pensada y pergeñada para triplicar la capacidad del canal e integrarla al paisaje urbano con espacios verdes y la mejora sustancial de la vida de los bahienses. Vamos a recuperar y potenciar el espacio público. Solo en esta primera etapa hay 11 plazas o espacios verdes integrados a la ampliación del canal, sumado a la reconstrucción y puesta en funcionamiento de los puentes en el lugar». Gustavo Trankels, secretario de Obras Públicas del Municipio, aseguró que el objetivo es alcanzar el 50 % de ejecución de la obra para fines de 2027. «Va a llevar tiempo pero se renovó la esperanza y la obra trae tranquilidad», confió Marcelo Pereyra Azzaro, presidente de la Sociedad de Fomento del Barrio Noroeste. El intendente Federico Susbielles señaló que este 2026 «comenzó el proceso del renacer de Bahía, con obras récord y una ciudad que se pone de pie».
Eventos como la inundación de Bahía Blanca y el partido vecino de Coronel Rosales también sacan a relucir héroes anónimos. Fue el caso del cuerpo de enfermeras del Hospital Penna que iniciaron su turno en la noche del jueves y lo mantuvieron hasta el mediodía del sábado sin exhibir un solo signo de cansancio físico, anímico o mental. La lluvia no les permitió salir. Caminaban entre los vidrios estallados por la presión del agua y el barro que tapaba los cerámicos del piso mientras durante varias horas, sin noticias de sus casas y el arrastre del río y con la misión de salvar pacientes, sobre todo los bebés de neo.
El panorama era desolador. Como una guerra. Micros acoplados sobre vehículos particulares, heladeras y armarios contra paredes que resistieron en pie, escombros de paredones que sucumbieron ante la violencia de la inundación. En el mejor de los casos, el regreso a limpiar las casas y empezar el camino de la reconstrucción y el endeudamiento familiar se demoró tres días, lo que tardó en bajar el agua. Otros demoraron siete días hasta poder volver.
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