Mientras Trump disfrutaba de la "majestuosa fiesta" en Mar-a-Lago, en el mundo real, 42 millones de norteamericanos no recibían sus cupones de comida, incluidos los 1,5 millones de militares.

La edificación es dirigida por el reconocido arquitecto James Mc Crery, destacado por su trabajo en construcciones de iglesias católicas y edificios gubernamentales semejantes a las antiguas estructuras griegas y romanas. El proyecto se pensó primeramente para una capacidad de 500 invitados pero, en este punto de la edificación, se amplió -a pedido del presidente- a 1300 personas, superando a otros espacios de la Casa Blanca, algunos demolidos y otros reconstruidos. Por ejemplo, incluyó a las oficinas del Ala Este del edificio, que albergaron a generaciones de primeras damas; como el jardín diseñado por Jacqueline Kennedy, la construcción del Ala Oeste a cargo de Edith Roosevelt, entre otras obras realizadas por esposas de mandatarios.
A esta altura de la nota se preguntarán a qué se debe el deseo de Trump de construir semejante obra, símbolo de extrema opulencia. Quizás esté asociado a la ya famosa frase y promesa electoral: «América será grande nuevamente», America will be great again, en inglés.
Todavía no se sabe a quién hará grande Trump; no pareciera que se refiera al pueblo, quien ve empeorar su calidad de vida, entre inflación, desempleo y deportaciones.
Quizás encontremos alguna respuesta a esta inquietud en la fiesta que realizó el presidente el 31 de octubre -día de Halloween-, en su residencia en Mar-a-Lago, Florida. Una gran celebración para su familia, amigos y políticos, con un costo de 3,5 millones de dólares. Mucho champagne, música en vivo, bailarinas y disfraces, entrelazadas con tonos dorados, el color preferido de Trump e inspirado en la estética de lujo de El Gran Gatsby, la gran novela clásica de la literatura norteamericana escrita por F. Scott Fitzgerald en 1925. Una historia que rememora la época del gran auge económico tras la Primera Guerra Mundial, marcada por un estilo de vida extravagante, alto consumismo para las clases altas y largas jornadas con bajos salarios para inmigrantes, afroamericanos y mujeres. Todo esto sumado a una profunda decadencia moral y de identidad, como muy bien lo describiera Fitzgerald en su libro.
Seguramente el presidente de los Estados Unidos no leyó o no entendió bien el mensaje de la novela. Ya que al mismo tiempo que disfrutaban de la «majestuosa fiesta» en Mar-a-Lago, afuera, en el mundo real, 42 millones de norteamericanos no recibían sus cupones de comida, incluidos los 1,5 millones de militares.
Quizás Donald Trump conserve la ilusión de que Estados Unidos vuelva a ser la misma de los años ’20, la de los «años locos» y los amplios salones de baile, mezcla de música estridente y deseos voluptuosos. La Gran América, que un día supo ser la esperanza para millones y ahora solo forma parte de una ilusión, como es el Sueño Americano.
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