Somos locales otra vez: Biohazard y su romance eterno con el Buenos Aires Hardcore

Por: Nicolás G. Recoaro

La banda neoyorquina comandada por el cantante y bajista Evan Seinfeld volvió y venció. Con el encanto extra de su formación original, hicieron saltar al Teatro Vorterix con una marea de riffs punk metaleros. Otra noche de sangre, sudor y pogo.

La Argentina está hardcore. Es domingo, llega la hora del corchazo y la noche es siempre más triste que la mañana en la ciudad de la furia. El loco de la motosierra sigue serruchando, en la caja de ahorro te quedan dos mangos con cincuenta y encima el lunes hay que ir a laburar. Todo el mundo anda medio desquiciado por las avenidas que envuelven al Teatro Vorterix. ¿Y cómo no estarlo?

Tiempos violentos, de pelea, de aguante. Todo muy hardcore. La banda de sonido en Colegiales la ponen los Biohazard, popes del género aceleradísimo mixturado con dosis desparejas de sucio rap y metal pesado. La banda nacida y criada a finales de los ’80 en los suburbios de los suburbios de Brooklyn anda de nuevo por estos pagos. ¡Con formación original! Renuevan el romance con sus devotos locales: éxtasis sempiterno que nació a principios de los ’90 con un Arlequines explotado, varios Obras en llamas y una docena de escenarios más que terminaron a la miseria en estos últimos 30 años.

La muchachada engorda el campo. Hay saudade entre les cuarentones de capucha, chalecos de mil parches y borceguíes corroídos. La niebla de la nostalgia se mezcla con el humo de marihuana. En la previa al plato fuerte, agitan los Minoría Activa, viejos conocidos del subsuelo sublevado del under. Pogo, mosh y tablas de skate vuelen sobre las cabezas. Cierran con “Buenos Aires Hardcore”, himno del gremio. Oda a la autogestión, la contracultura y la resistencia contra el neoliberalismo del duro menemato. Cantaban también los DAJ en esa época: “Todas las voces en un solo grito: ¡Poder juvenil!”. Una muestra gratis tuvimos el martes pasado en la monumental marcha de estudiantes contra el gobierno derechoso de Milei. La historia se repite como…

Pogueando y saltando sin parar.
Foto: Gentileza Didi Ramone

Biohazard: y salta y salta y…

A eso de las diez, los cuatro fantásticos toman el escenario por asalto. Ni sueñen con la disciplina de Lali Espósito. Duro y parejo es el arranque con esa oda a la ciudad oculta que es “Urban Discipline”. Batalla campal y baile en trance en la pista. Desde el primer acorde, Biohazard lo sabe: “somos locales otra vez”.

Pegadito disparan “Shades of Grey” y “Tales From the Hard Side”. Van solo tres temas y madura el nocaut. ¿Un fresco del escenario? Padres fundadores: Evan Seinfeld, tatuado hasta la médula, aporreando el bajo en el centro -un cantante de probada envergadura, también actor de películas XXX-; el violero Billy Graziadei, saltando de acá para allá; dedos endemoniados Bobby Hambel girando como trompo con su Gibson a cuesta; y más atrás, masacrando los parches con tanta onda, sentadito en el banquito el peso pesado Danny Schuler.

Biohazard agitando con decenas de fans.
Foto: Gentileza Didi Ramone

De repente, un cross a la mandíbula te tira contra Urban Discipline, obra cumbre de 1992: “Black and White and Red All Over” y “Wrong Side of the Truck”, el rubio eterno Billy en andas por la pista, surfenado entre las olas de cuerpos bañados en sudor.  

¿Quieren más? Dame más, Evan, basta con el discurso de que somos el mejor público, tiranos a matar. “Acá tenés”, dispara el pelado tres balas al hilo de State of The World Address (1994). Con “Five Blocks to the Subway” te inmolás al tomar el subte A un martes a las ocho de la matina en Miserere; después llega “How It Is” y sos corista de los Cypress Hill; cierra el tridente con esa apología a la amistad de “Down for Life”, pero se arma la de San Quintín. Batahola tan noventas: piñas entre pelados y seguridad. Atrasa mil años, muchachos.

Para el grand finale, veta punk, Biohazard nos recuerda que no somos eternos: rinden culto a Bad Religion con “We’re Only Gonna Die” a mil kilómetros por hora. Todos lo esperaban, llega el momento, suena “Punishment”, el asalto final al escenario, con 40 dementes fundidos en abrazos y pogueando sobre las tablas hasta que la muerte nos separe. De la última pieza, “Hold My Own”, recuerdo los gritos de un pibito que había manoteado el micrófono en el escenario frente a los de seguridad: “Buenos Aires antifascista. Milei también va a caer”, aullaba el valiente. Eso es hardcore.

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