Brasil: la fórmula del éxito está en terapia intensiva

Por: Ricardo Romero

La relación entre Jair Bolsonaro y el general Antonio Mourão parece estar quebrada, así como la de los militares con los neoliberales del Gabinete.

Transcurrió el primer mes del gobierno de Jair Bolsonaro y lo primero que se puede ver es una fuerte tensión al interior del Gabinete, que le genera idas y venidas en su gestión, especialmente marcada con su vicepresidente, el general retirado Antonio Hamilton Mourão, quien participa del gobierno junto a militares que le responden. Tan es así que durante su convalecencia tras la operación a la que se sometió como secuela del atentado que sufrió en campaña, Bolsonaro siguió gobernando desde el sanatorio sin cederle un ápice de poder a su compañero de fórmula, quien admitió públicamente que no habla con el presidente. Como dato de color, se destaca que cuando Bolsonaro fue a l Foro Global en Davos, Mourão se apuró a lanzar un tuit: «El día de hoy soy su presidente».

En el Gabinete se expresan diferentes intereses, especialmente el que impulsa el bloque castrense, con el vice a la cabeza, que bajo una línea desarrollista centrada en la experiencia de los planes económicos del período militar, acaparó las estratégicas carteras de Infraestructura (Tarcisio Gomes de Freitas); Minas y Energía (Bento Costa Lima Leite de Alburqueque); o Ciencia y Tecnología (Marcos Pontes), entre otras áreas como defensa nacional (Fernando Azevedo e Silva) e institucional (Augusto Heleno Ribeiro).

Sin duda, esto entra en contraposición con la línea neoliberal que promueve Paulo Guedes en Economía y Roberto Campos Neto en el Banco Central, sin embargo, es un esquema parecido al «desarrollismo ortodoxo» que implementaron tanto Luiz Inácio Lula da Silva como Dilma Rousseff, centrados en una política monetaria restrictiva y equilibrio fiscal, con fuerte política de inversiones, especialmente basadas en el superávit comercial.

Además, hay cruces en otras áreas, como política exterior, donde el canciller Ernesto Araújo propicia un alineamiento con el presidente norteamericano Donald Trump, en tanto el nacionalismo militar le pone restricciones, como el rechazo a una base militar en Brasil o la negativa de propiciar una intervención militar en Venezuela, más allá de que acompaña la estrategia de caída de Nicolás Maduro.

Incluso, teniendo presente las manifestaciones contra la «ideología de género» expuesta por Jair Bolsonaro en su asunción y las acciones de la verborrágica ministra de Mujer, Familia y Derechos Humanos, la pastora evangelista Damares Alves, sorprendieron las declaraciones de Hamilton Mourão a favor de la interrupción voluntaria del embarazo, considerando que debe ser una decisión exclusiva de la mujer, algo que la Rede Globo, crítica del gobierno, difundió con agrado.

De hecho, esas declaraciones surgen de una entrevista otorgada a periodistas del Jornal O Globo, donde además Hamilton Mourão sostuvo que no habla con Bolsonaro desde las elecciones y no ocultó las diferencias con el presidente, como la propuesta de mudar la embajada brasileña en Israel de Tel Aviv a Jerusalén: «Yo soy un conservador. Queda donde está».

No obstante las diferencias con su vice, Bolsonaro avanzó en ciertas líneas de su programa, especialmente la de facilitar la posesión y portación de armas. También, en el afán de combatir el «socialismo» en Derechos Humanos arremetió sobre conquistas alcanzadas por las mujeres y comunidades LGTBI, Afro e Indígenas, alegando que «las minorías deben adaptarse al planteo de mayorías».

También avanzó sobre derechos laborales, eliminó el Ministerio de Trabajo, creado en 1930 por Getulio Vargas, y en su primer día de mandato redujo el aumento aprobado por el Congreso Nacional de R$ 1006 a R$ 998. En tanto que, en Educación, Ricardo Vélez avanza en restricciones presupuestarias, como el fin de la beca ProUNI, alegando que «la idea de universidad para todos no existe».

A su vez, en pleno desastre ambiental generado por la ruptura de la represa de la empresa Vale en Brumadinho (Minas Gerais), el área de Medio Ambiente profundiza el desastre de la mano del ministro Ricardo Salles, que tiene relaciones con las mineras y que fue condenado por fraudes ambientales y es fuerte partidario de entregar el Amazonas a Estados Unidos, en otra disputa con los militares.

Otras líneas de acción del gobierno entran en tensión con sectores liberales, por ejemplo en lo que refiere a restringir la libertad de expresión o el acceso a la información, en especial, cuando su hijo, el senador Flavio Bolsonaro, está en la mira por acciones fraudulentas y criminales, y el mismo sector militar propone soltarle la mano.

Un paso adelante, dos atrás

Algo que caracterizó el primer mes de la gestión de Jair Bolsonaro fueron su avances y retrocesos. Por ejemplo, el mismo 4 de enero, sostuvo que aceptaría discutir una base militar de EE UU en Brasil, inmediatamente los militares en el Gabinete lo objetaron y debió descartar la hipótesis. Días después, el 8 de este mes, anunció un aumento del IOF (Impuesto a Operaciones Financieras) que fue inmediatamente corregido por el ministro de la Casa Civil, Onyx Lorenzoni, quien argumentó que Bolsonaro «se equivocó». A las pocas horas, también fue desmentido su anuncio de reducción de la alícuota del IR (Impuesto a la Renta). Al día siguiente, Lorenzoni anunció una fuerte «despetización» en la gestión, exonerando funcionarios, pero que descartaron por peligro de paralizar la administración. También se retrajo de anuncios como privatizar  TV Brasil o la parte estatal de EBC, o los cambios en los criterios para la adquisición de libros didácticos. Incluso, criticó los términos para la fusión de Embraer Boeing, sin embargo terminó autorizando la operación. A su vez, dio marcha atrás en decisiones tomadas, como la designación del responsable en la ENEM o la convocatoria a una entrevista colectiva en Davos.

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