A 28 días de la primera vuelta electoral en Brasil, prevista para el próximo 4 de octubre, el escenario político vuelve a estar profundamente polarizado, en sintonía con cada contienda celebrada desde 1989. Esta vez se enfrentan la cara de Lula, por un lado, y la cruz de otro Bolsonaro, por el otro, en un tablero donde los extremos ocupan los espacios más definidos.
La contienda presenta, por un lado, la candidatura de Luiz Inácio Lula da Silva, respaldada por una amplia coalición encabezada por el Partido dos Trabalhadores (PT) e integrada por el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), el Partido Verde (PV), el Partido Socialista Brasileño (PSB), el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y Red Sostenibilidad (REDE), además de sectores del Movimiento Democrático Brasileño (MDB) y de Republicanos.
En la vereda opuesta, Flávio Bolsonaro, el hijo del convicto expresidente Jair, compite prácticamente en soledad, apoyado únicamente por el Partido Liberal (PL). Esta soledad del representante de la últra derecha propició la irrupción de Javier Milei en la campaña. Su desaforado apoyo terminó provocando el alejamiento del centro político brasileño y dejando un escenario favorable para Lula de cara a la primera vuelta.
El actual presidente lidera las encuestas con una ventaja de entre siete y nueve puntos. Sin embargo, al no superar el 45 % de la intención de voto, la posibilidad de evitar un balotaje resulta decididamente remota.
Así, entre el 5 y el 25 de octubre se abrirá un nuevo proceso electoral. Ambos candidatos saldrán a disputar los votos captados por figuras emergentes como Ronaldo Caiado (gobernador de Goiás por el PSD), Romeu Zema (gobernador de Minas Gerais por NOVO), Augusto Cury (Avante) y Renan Santos (Missão), quienes en conjunto representarían entre el 10 y el 15% del electorado.
Este caudal resultará determinante en una segunda vuelta que funcionará con una dinámica distinta. En esta instancia, los actores territoriales —que en la primera vuelta traccionaban votos hacia las candidaturas nacionales y viceversa— ya no operan de la misma manera, simplemente porque su propia suerte electoral estará resuelta.
Por esta razón, aunque el pase a segunda vuelta entre Lula y Bolsonaro se da por descontado, las encuestas proyectan un margen mucho más estrecho: un 46% para el actual presidente frente a un 44% para su adversario, lo que configura un virtual empate técnico.
En este contexto, la abstención habitual (cercana al 20%) y el volumen de indecisos, votos nulos y en blanco (que alcanza el 13%) serán clave para inclinar la balanza.
El terreno más decisivo se concentra en el sudeste del país, específicamente en los estados de São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais, que representan el 40% del padrón electoral y constituyen la verdadera madre de la batalla.
Lula cuenta con la ventaja de ejercer el poder, aspirar a un cuarto mandato personal (el sexto para el PT) y exhibir logros económicos centrados en el estímulo al consumo interno, el crecimiento industrial y la expansión de la inversión pública. Bolsonaro, por su parte, respalda su candidatura en el apoyo explícito de Donald Trump y de referentes de la derecha regional, sumado al capital político de su padre. No obstante, Lula suma apoyo de ex oponentes, cómo Hamilton Mourão quien fuera vicepresidente de Jair Bolsonaro.
A su vez, los poderes fácticos —el establishment económico, los medios de comunicación, las Fuerzas Armadas y las iglesias católica y evangélica— parecen inclinarse por Lula, al menos en esta primera etapa, lo que le otorgaría no solo posibilidades de victoria, sino también de gobernabilidad. Todo esto en el marco de un Parlamento fragmentado que exigirá tejer alianzas sólidas con el Centrão, un bloque que se mantendrá neutral en la primera vuelta a la espera del desenlace final.