Buscando al Bien Común

Por: Enrique M.Martínez

Con este texto, el autor, coordinador del Instituto para la Producción Social, inicia junto a Tiempo Argentino una columna semanal que se dedicará a evaluar nuevos caminos para construir una mejor calidad de vida para las mayorías.

EL MARCO

Necesitamos encontrar el camino hacia el bien común. Nos lo debemos.

Sin embargo, estamos como aquel muchacho que revuelve una pila de papeles buscando una carta de un primo, o un amigo o una novia antigua, no recuerda quién, que cree tiene un mensaje imborrable, pero no sabe bien qué era. O sea: no tenemos claro si el bien común es una consigna ética o una condición de vida o simplemente un objetivo pomposo que da lustre.

Llevamos más de una generación sometidos a la prédica sistemática del neoliberalismo, que nos explica que la competencia y la controversia están en la esencia de nuestro ser y en consecuencia, cada uno termina buscando su destino, con niveles variados de conflicto con los demás. Lo mejor que podemos hacer, en tal caso, es ejercitarnos para esa carrera permanente en que podemos no salir primeros, pero deberíamos evitar con todas nuestras fuerzas no llegar entre los últimos.

Todos los carteles marcan eso.

La economía sería la ciencia de administrar recursos escasos.

Si querés tener trabajo estudiá, que los empleadores te verán mejor.( F. De la Rúa)

Pobres hubo siempre ( C. Menem)

La Universidad facilita la movilidad social ascendente ( Todos)

Un buen manejo de las finanzas te puede hacer rico a corto plazo ( Novedad de estos tiempos).

Creían que todos podían tener un televisor de última generación (J. Gonzalez Fraga).

Si no querés ser emprendedor, jodete ( consigna menemista)

Y así siguiendo. No hay para todos. Palo y palo sobre nuestras cabezas.

Cuando quieren definir ideas de las cuales surge luego esa catarata de consignas que nos pone a unos contra otros, aparece el mercado como el ordenador no solo de la economía sino de la vida entera. Se trataría del lugar de encuentro de la oferta y la demanda de un bien o servicio, en el cual se concretan transacciones a partir de la satisfacción de las dos partes.

La recomendación que se nos hace, entonces, es buscar la manera de acomodarse, sea como oferente o demandante, y a otra cosa. Que nadie moleste. Especialmente el Estado, que debería limitarse a brindar servicios que ningún particular quiere ofrecer.

Pero como bien señala Mariana Mazzucato, a quien citaremos con frecuencia, en la vida cotidiana de todo país el Estado interviene en todos los mercados todo el tiempo. Sea beneficiando a oferentes que buscan mejores resultados o cuidando consumidores que se sienten perjudicados por las condiciones de la oferta. Para restringir o para aumentar la equidad. Siempre.

Siguiendo con la cita, cabe preguntarse: Si los mercados deberían equilibrarse solos y el Estado interviene todo el tiempo y no solo cuando el mercado es “imperfecto”, ¿no será que las definiciones de base sobre cómo funciona un mercado no sirven, porque nunca se aplican en la realidad?

Y si la pregunta es relevante, ¿sobre qué se basa o puede basar en realidad el funcionamiento de la economía?

Ahí está la madre del borrego. Allí aparece la oportunidad de construir un cuerpo de ideas que tenga metas de calidad superior a la maximización de las ganancias personales de quienes actúan en el mercado, porque asumir éste como principio destruye el tejido social, nos condena a que haya ganadores y perdedores estables.

En realidad, deberíamos avanzar hacia la confrontación de dos miradas bien diferentes de la vida en comunidad.

Una es la prédica neoliberal, que esconde detrás de un dogma falso, la voluntad de algunos para producir y distribuir de un modo tal que se genera una inexorable concentración de riqueza y una sistemática exclusión de las mayorías.

Otra, que busca una mejor calidad de vida general, pero poniendo en evidencia ab initio las afirmaciones falsas del neoliberalismo, en lugar de tratar de administrar ese sistema – como sucede normalmente ahora – buscando atenuar las consecuencias dañinas que le son propias. Por el contrario, la mirada alternativa debe tener la responsabilidad de buscar transformar el sistema vigente. Que se puedan plantear objetivos útiles para la comunidad toda, de manera tal que el funcionamiento institucional impida daños a los más débiles, en lugar de repararlos cuando ya están causados.

Tales deberían ser los escenarios en pugna, donde solo uno acepta la lógica neoliberal y actúa o manipula la ciudadanía para prolongar su vigencia.

En el segundo camino, el compartido por todos nosotros, deberemos desmitificar el capitalismo salvaje y construir en su lugar los marcos normativos para que los mercados sean espacios transaccionales sin transferencia de poder; para que se planteen explícitamente objetivos como la eliminación de la pobreza; el trabajo para todos; la ausencia de inflación y tantos otros que hoy se delegan al funcionamiento de “mercados” que son planos inclinados donde la manipulación y la mentira son la regla.

Toda esa tarea ciclópea es la búsqueda para el bien común.

Necesita, ante todo, que la asumamos como necesaria, ya que estamos bastante lejos de ello. Hoy es moneda corriente creer que con aumentos generales de salarios, o refinanciaciones o repudios de deuda, o exportaciones de cobre o petróleo todo será color de rosa. O ni siquiera, manejando con mejor “profesionalismo” la economía bimonetaria o regulando la actividad bancaria. O en el límite, con un impuesto cada tanto a las grandes fortunas.

Se trata en el mejor de los casos de componentes que deben formar parte de una economía para el bien común. Pero todo eso debe estar encuadrado en una política general que cambie el rol de las finanzas; reduzca a cero la pobreza; ordene el uso del suelo; redefina pausadamente cada responsabilidad del Estado. La lista es infinita y para nada prioriza las discusiones libertarias, como hacemos hoy.

Esta columna se aplicará palmo a palmo a evaluar estos temas. No pretende ser un programa de gobierno. En el mejor de los casos, quiero dejar pensando a quienes pretenden gobernar para el pueblo.

Hasta pronto.

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