“¿Dónde carajos está Litovchenko?”, un platazo paceño de Los Hermanos Loayza

Por: Nicolás G. Recoaro

En sus segunda obra, los bolivianos Álvaro y Diego mezclan el policial negro, la novela de aprendizaje y la picante sátira social. Un descenso ácido a los submundos del under metalero de la década del noventa, los años del amargo neoliberalismo y la dulce cocaína.

El plato paceño es un manjar emblema de la apunada sede de gobierno de nuestra vecina Bolivia. Una delicia que en los populares “agachaditos” del hoyo paceño, sapientes caseras sirven sin descanso durante la fiesta de la Alasitas. Más paceño que este platazo es la nueva novela de Los Hermanos Loayza, plumas filosas de la nueva literatura parida en el Altiplano.

Se titula ¿Dónde carajos está Litovchenko? y acaba de ser publicada por la virtuosa editorial Nuevo Milenio. Como el plato paceño que combina, siempre en partes desiguales, choclo, habas, papas, quesillo frito y algo de carne -sin olvidar el aporte de la ardiente llajwa-, los hermanos Álvaro y Diego mezclan la novela negra, de aprendizaje y la picante sátira social. Su libro es un descenso a los submundos del under metalero y de la podrida política paceña de la década del noventa, los años del amargo neoliberalismo y la dulce cocaína en el país andino-amazónico.

¿La trama de esta joya escrita a cuatro manos? La desaparición de una jovencita desata una frenética serie de intrigas en la ciudad erecta en el techo de los Andes. Dos detectives delirantes, Jimmy Tica y Baby Beef, hacen equipo con un trío de colegiales para desentrañar el misterio. Sus andanzas y desandanzas se pierden entre narcos, lupanares, agentes de la KGB y la DEA, yatiris trans, corrupción y necromancia. La banda de sonido es de rock pesado.

Con su segunda novela, los brothers Loayza siguen en la senda de su ópera prima De kenchas, perdularios y otros malvivientes (2013), posiblemente la mejor novela boliviana de la última década. Una novela dotada de una comicidad decidida pero eficiente que se extraña en una producción novelística caracterizada por la seriedad. Una oda clandestina al popularísimo juego de dados y el alcohol, el cacho y el singani. 

Voces paceñas

Oído absoluto tienen los Loayza para retratar las voces paceñas (y bolivianas) en su novela policial. Ecos que hacen pensar en Jaime Saenz, Víctor Hugo Viscarra y el Adolfo Cárdenas, santísima trinidad de la literatura de la hoyada y más allá. También de la cocalera británica Speeding y del argenbol Alfredo Grieco y Bavio.

Road movie altiplánica: destino de pantalla grande merece ¿Dónde carajos está Litovchenko? Ojalá alguna editorial gaucha también edite esta obra cumbre en estas pampas del diablo. Un platazo paceño bien servido en las altura de Chuquiago. La Paz, escriben los hermanos, «una herida luminosa latiendo en el tejido opaco de la cordillera».

Post scriptum: párrafo aparte merece el variopinto setlist que acuna la novela. Desde Deicide hasta Leonard Cohen, sin olvidar a Savia Nueva, el “Terremoto de Sipe Sipe” y los sempiternos y oscuros Subvertor. Acá abajo tienen la banda de sonido enterita.

Una dosis de los Loayza

En eso, adentro, empezó la bulla. Se escucharon unos berridos compitiendo con la distorsión sucia de la guitarra y la batería como un camión de mudanza desbarrancándose. Después de un suspenso sobresaturado, un conteo en portugués permitió reconocer el tema: Troops of doom.

–¿Qué es eso, Dios mío santo? –exclamó Baby Beef.

–Azkargorth

–¿Azkargorth? ¿Cómo el DT? –inquirió Tica.

–Sí, de verdad, dice que es homenaje al bigotón, solo que más satánico.

–¡Qué pelotudos!

–Tocan Sepultura, Hypocrisy, Deicide… Le meten ganas, aunque no sacan igualito como Necrocorpse –opinó Oleg con aire de sabelotodo.

–No entiendo cómo se dedican a sacar covers… Hay que ser muy cojudo para dedicarse a copiar canciones de otros –la Trini hizo gesto de fastidio.

–Aj, no te hagas, tocan covers porque esas bandas nunca van a llegar a La Paz…

-Qué aburrido.

La churca, a la que le gustaba menos el bla bla bla y más el glu glu, se llevó al Gonzo del brazo para sorpresa de este, con dirección a los proveedores de yupicol en medio del desconcierto. Un poco más de melenudos habían empezado a llenar el recinto del que emanaba un combinado de olor a quirquiña, cebollín, huacataya, ruda y otras yerbas. En un abrir y cerrar de ojos, el par ya estaba de vuelta con sus bolsitas de contenido líquido ambarino, chupando de la bombilla oportunamente amarrada al nylon. 

Fragmento de ¿Dónde carajos está Litovchenko? (Nuevo Milenio).

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