
Entre el pluriempleo y la dificultad para trazar las fronteras entre el tiempo de trabajo y el resto de la vida, la jornada laboral -una de las primeras cosas que hicieron que los trabajadores nos organizaramos en sindicatos- hoy está desdibujada para buena parte de quienes trabajamos. Ni hablar de los salarios, que hoy parecen volver a los niveles que tuvieron en ese primer capitalismo voraz previo a la organización sindical y a la conquista de la regulación del mercado de trabajo.
En Argentina estamos viviendo un experimento social diagramado desde los poderes financieros y tecnológicos transnacionales, que llegaron con un plan de gobierno y lo vienen ejecutando con bastante sistematicidad. Este experimento tiene en el centro de su ataque a los trabajadores y su capacidad de organización.
Así vivimos en carne propia el 1° de mayo, con el peso sobre los hombros de una reforma laboral regresiva y distópica aprobada por el Congreso, con la dificultad de articular un campo popular que está buscando su cauce.
Si hay algo que parece claro este 1° de mayo es que nos toca a los trabajadores hacernos cargo de nuestro destino, para dejar de tener estas vidas invivibles. No podemos seguir delegando nuestro proyecto.
A 50 años de la última dictadura cívico militar, nuestra democracia se encuentra en una encrucijada. Porque está democracia que supimos conquistar no ha podido poner en cuestión algunos de los cimientos que construyó la dictadura: respecto del sistema financiero, del vínculo con los organismos multilaterales de crédito, de la dolarización de las propiedades, de la concentración y extranjerización de la tierra, de la creciente precariedad del trabajo y el consecuente achicamiento de la base previsional.
Por eso en este 1° de mayo -en el que los y las trabajadoras nos vemos sometidos a unas vidas restringidas casi a la supervivencia- es más necesario que nunca encontrarnos y organizarnos. Para tejer los vínculos necesarios que sienten las bases de lo común y para pensar un proyecto de país que cuestione esos andamiajes que heredamos de la dictadura. Por los mártires de Chicago pero sobre todo por nuestros 30.000 compañeros y compañeras.
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