Cartas

Por: Mónica López Ocón

Ni elegía, ni réquiem, ni nostálgica evocación de los tiempos idos, estas palabras son más bien un homenaje a las cartas que guardan una memoria imborrable.

“Buenos Aires, 22 de enero de 1958. Querida familia: Espero que al recibo de la presente se encuentren todos en perfecto estado de salud. Yo, por mi parte, estoy bien, gracias de Dios”.

Como todo género literario, las cartas tenían su propia retórica que podía llegar al estereotipo. Sin embargo, siempre algo vivo palpitaba en ellas, desde la caligrafía que permitía conjeturar el estado de ánimo a la premura o la morosidad con que habían sido escritas, hasta la saliva que cerraba el sobre en un acto que iba de lo asqueroso a lo lascivo, según se lo quiera ver. Lo cierto es que antes de la aparición del mail, mandar algo tan íntimo como bacterias bucales por correo era un acto tan común como respirar. No era agradable pasar la lengua por el pegote del sobre, pero valía la pena porque achicaba las distancias que en esa época eran mucho más largas que ahora, en que los medios de comunicación han encogido el mundo.

En Boquitas pintadas de Manuel Puig, Nené le escribe a doña Leonor, la madre de Juan Carlos, quien fuera el amor de su vida. En una de esas cartas hace alusión a otras: las cartas que intercambió con él cuando eran novios: “Yo las tenía atadas con una cinta celeste, porque eran cartas de un muchacho, él cuando me devolvió las mías estaban sueltas en un sobre grande, yo me enojé tanto porque no estaban atadas con una cinta rosa como se lo había pedido cuando todavía hablábamos, mire a las cosas que una le daba importancia”.

Las cartas imponían sus propios rituales, demandaban lo que demandan todas las cosas tangibles: hacer algo con ellas, ya sea tirarlas, conservarlas de alguna forma apropiada o enviarlas al limbo de los objetos sin clasificar que hay en todo lugar de cada casa. Si se elegía esta última opción, era posible que alguna vez, junto a una aspiradora en desuso y un velador desportillado, encontráramos una carta viejísima que nos trajera olvidadas noticias del pasado a veces es más pródigo en novedades que el futuro mismo. Los mails se evaporan y vuelven a la nada de la que salieron con sólo apretar una tecla. La carta, en cambio, persistía e insistía en volver a decirnos lo ya dicho, como los viejos para los que el pasado es su verdadera patria, mientras el presente es una acuarela acuosa que se desvanece de inmediato. Quienes guarden un manojo de cartas viejas comprobarán que, como nos sucede a los humanos, la piel se les va poniendo amarilla y se les mancha de grandes pecas pardas, los pliegues del doblado son irreversibles e intensos, la tinta se aclara como si siguiera un lento proceso de desaparición para convertirse, finalmente, en fantasma. Sólo la caligrafía insiste en seguir siendo lo que fue como si el carácter de la escritura, igual que el de los humanos, fuera inmune al paso del tiempo.

Yo conservo algunas cartas de mi bisabuelo del año 1890. Cada vez que las releo me queda en las manos un leve polvillo como de ala de mariposa que me recuerda la sentencia “polvo eres y al polvo volverás” y también esa joya de la palabra que es el poema de Don Francisco de Quevedo «Amor constante más allá de la muerte» cuando dice refiriéndose a su alma y a su cuerpo convertidos en ceniza que “polvo serán, mas polvo enamorado”.

Esas cartas de mi bisabuelo fueron escritas a mi bisabuela desde la cárcel. Fue precisamente por ellas que me enteré de que había estado preso en una cárcel de La Plata por haber participado de la Revolución de 1890, también conocida como Revolución del Parque, un levantamiento contra el gobierno corrupto de Juárez Celman, artífice, según Felipe Pigna, del primer corralito de la historia argentina. Me dio orgullo saber que había estado del lado de los insurrectos. Pertenezco a una generación para la que la rebeldía era una virtud. En esas cartas alentaba a su mujer con su inminente libertad que no pasaría de unos pocos días. Sin embargo consigna en una de ellas: “hace ya tres meses que estamos presos”. No sé cuánto tiempo permaneció en prisión porque esas cartas están incompletas y ya no tengo en la familia a quién preguntarle, pero hay un dato que me dice que no fue poco tiempo. Mi bisabuelo era, según las pocas fotos que conservo, un hombre fiero, de sombrero panamá y chaleco. Sus rasgos revelaban un innegable ascendente pampa y su figura exudaba una explícita virilidad del siglo XIX.

Sin embargo, no le daba vergüenza confesar que entre sus obligaciones de preso figuraba el tejido. Por el contrario, parecía hacerlo con gusto: “Querida Francisca: Te decía en mi anterior que había aprendido a tejer y que estaba haciendo un pañuelo de lana y seda para Maricota y que después haré otros para ti, Chavela y Adelita”. En otras cartas alude a cuestiones de la vida doméstica de las que su condición de preso no le permitía participar: “No me has dado noticias completas de las aves, pollos y conejos. Es bueno conservar muchos de los conejos para cría. Deseo saber qué tipo de pollos han salido. Si son iguales a los padres». Firmaba “Tuyo, Paulino”. Quizá formara parte de la retórica epistolar de la época, pero ese posesivo referido a él mismo, no deja de emocionarme.

Ni elegía, ni réquiem, ni nostálgica evocación de los tiempos idos, estas palabras son más bien un homenaje a las cartas que guardan una memoria imborrable a menos que se las destruya, una memoria que no necesita de expertos en computación para ser recuperada, una memoria precariamente registrada con tinta y papel y tan modesta que nos permite guardar retazos del pasado en una caja de cartón. Espero que al recibo de esta contratapa se encuentren en perfecto estado de salud. Yo bien, gracias a Dios.

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