Sin saberlo, con la aventura abortada y el agua entrando a la embarcación plástica por popa, comenzaba una etapa aún más vertiginosa: la de transitar los días sin un smartphone adherido a la mano.

Lo cierto es que en vacaciones uno le da al diente y el kayak triple navegó a ras del agua; que el viento levantó olas que los lugareños llaman “corderitos”; y que ante ello, el sentido de supervivencia indicó desistir de la aventura.
Sin saberlo, con la aventura abortada y el agua entrando a la embarcación plástica por popa, comenzaba una etapa aún más vertiginosa: la de transitar los días sin un smartphone adherido a la mano.
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De modo cada vez más recurrente, se cuelan en las conversaciones cotidianas las patologías y los malestares devinientes del uso intensivo de lo que conocemos como “el celular”. A menudo vinculado a las infancias, tema de debate en el ámbito escolar, la adicción al móvil y lo que a través de él ingresa a la mente humana pocas veces se asocia al mundo de adultos que -se supone- debieran poder regular el uso de cualquier artefacto que cae en sus manos. Pero con el celu, es sabido, no ocurre.
Una ola zanjó la discusión de lo que uno no sabe, no quiere o sencillamente no puede manejar.
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Antes de que la mochila se inundara y el modesto Iphone 7 quedara inutilizado para siempre, mi uso del móvil era tan módico como constante.
Pocas redes virtuales, escasos estados de WhatsApp, contados llamados entrantes y salientes. Así y todo, el lago inutilizó no solo un equipo informático dizque teléfono móvil, sino un estilo de vida. Normalizado, extendido, tan “normal” como de ciencia ficción apenas dos décadas atrás. ¿O cuando despuntaba el siglo alguien iba a pensar que nueve de diez peatones, conductores, pasajeros andan por la calle con un móvil en la mano, bajo el placebo de creerse comunicados, escuchados, informados?
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La consabida receta de sumergir el dispositivo en arroz no sólo no funcionó, sino que además contaminó el grano sagrado; nada que el agua a cien grados no pueda solucionar. En época de carestía, perder el celu y un kilo de arroz ya era demasiado. Lo cierto es que a partir del deceso del teléfono móvil aparecían varias opciones: arreglarlo o conseguir otro smartphone, resucitar un teléfono old school, o salir totalmente del espectro electromagnético.
Lo primero me garantizaba la continuidad del estrés, a lo último no me animé; opté entonces por rescatar de un cajón un Blackberry Curve gama media dos décadas atrás. Tiene un girasol de fondo de pantalla, botoncitos, una cámara de mierda y un montón de funciones que ya nadie recuerda ni por supuesto usa.
Pero a mi nuevo amiguito, que cabe en un bolsillo o en agujeros interiores menos rastreables, lo que lo distingue es lo que no tiene: WhatsApp.
La ola fresca del Huapi vino a sepultar el medio centenar de grupos, las decenas de contactos, documentos, certificados, unas mil fotos de eventos varios, “conversaciones” archivadas vaya uno a saber para qué y por qué. El Curve pertenece a un mundo pre mensajería instantánea, lives y videollamadas, en el que capaz éramos algo más felices, solo que no lo sabíamos.
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En la historia de la humanidad ha habido grandes navegantes, y pueblos enteros que cimentaron su identidad alrededor del agua, el mar. No es mi caso: de chico en Brasil, el kayak alquilado no fue ni para atrás; años más tarde, en una laguna marrón bonaerense, la canoa también alquilada se dio vuelta y mi amigo y este servidor terminamos nadando para rescatar las pertenencias. Y hace relativamente poco compré una canadiense de fibra, más para darle una mano a quien la vendía, al punto que actualmente junta mugre encadenada a un sauce de una costa serrana a la que no es fácil llegar.
Si navegar es tan preciso, hoy voy a sentarme en el bar.
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¿Se puede vivir sin un celular “inteligente”?
¿Cómo mostrar un QR para entrar a un concierto, transferir dinero, comprar boludeces, gestionar el token para el médico, ver el clima, medir distancias, despertarme, trabajar?
Ni idea, estamos probando; por lo pronto hay menos alertas, se libera el tiempo y surge cierta sensación de libertad. Pánico también, moderado por ahora, que estamos en temporada baja social, laboral, existencial.
Si vale el dato, ciertas juventudes de ciertos países menos atrasados han puesto de moda a los “teléfonos bobos”, tras tomar conciencia del daño que hace vivir pegado a un smartphone.
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En “Alejado de la Red”, La Renga canta:
“Ven yo te invito a nadar
Alejado de la red
Sentir que puedo flotar
Donde no vienen por mi
Vas a poder contemplar
Hoy desde tu desnudez
Que para naufragar
No hay que perder la fe”
No sé si el Chizzo navegó alguna vez y una ola le cagó el celu, pero la letra encaja justo.
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Lo real es que por ahora sobrevive en mi computadora el WhatsApp Web. Cuando se desloguee, ahí te quiero ver.
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