China y el poder del fuego de la moderación

Por: Fernando Capotondo

Beijing condenó el ataque a Irán, acusó a EE UU de ser "adicto a la guerra" y desplegó su diplomacia.

El 28 de febrero, apenas unas horas después del ataque de EE UU e Israel a Irán, la agencia Xinhua difundió la primera declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, reclamando el cese inmediato de la ofensiva militar y la reanudación del diálogo y las negociaciones. «La soberanía, la seguridad y la integridad territorial de Irán deben ser respetadas», fue la postura que Beijing sostuvo desde el comienzo. Nada nuevo bajo el sol: los mismos principios de la Carta de la ONU que Estados Unidos firmó y que, en los hechos, parecen haber quedado cuidadosamente archivados.

«El verdadero valor de la fuerza militar no reside en el campo de batalla, sino en prevenir la guerra»; «el mundo no debe volver a la ley de la selva» y «los grandes países no tienen que utilizar su ventaja militar para lanzar ataques arbitrarios contra otras naciones», afirmó el canciller Wang Yi durante una ronda de maratónicas conversaciones que mantuvo con sus pares de Rusia, Israel, Irán, Francia, Omán y Emiratos Árabes Unidos. Wang no hizo más que reiterar la histórica defensa china de la soberanía, la no intervención y el multilateralismo. Conceptos que, aunque gozan de amplio consenso internacional, en el clima actual dieron lugar a toda clase de especulaciones sobre supuestas intenciones ocultas de Beijing.

En este panorama -y es un dato que pocos mencionan – China pidió que EE UU e Irán retomen cuanto antes el diálogo sobre la cuestión nuclear. Sobre todo después de que el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA),  de las Naciones Unidas, insistiera que no existen evidencias de que Teherán haya impulsado un programa nuclear armamentístico «estructurado». El gobierno chino fue más allá y, en un gesto que marcó distancia con Washington, aclaró que «respeta el derecho legítimo de Irán al uso pacífico de la energía atómica». Lo dijo Mao Ning, portavoz de la cancillería, en ruedas de prensa que la administración Trump probablemente no escuchó o eligió ignorar.

Además de las gestiones diplomáticas, que incluirán el envío del mediador Zhai Jun a la región, un detalle que quedó casi perdido en el vértigo de los primeros partes de guerra fue la acusación que lanzó el Ministerio de Defensa Nacional chino. «Estados Unidos es adicto a la guerra. A lo largo de sus 240 años de historia, ha estado en guerra todos los años, excepto en 16. Tiene 800 bases militares en más de 80 países y es la principal causa del desorden internacional», planteó un portavoz ministerial. Ocurrió justo cuando la atención mediática se concentraba en la confirmación de la muerte del líder espiritual iraní, el ayatolá Alí Jamenei. Un timing que difícilmente haya sido casual.

Para entender mejor la postura china, conviene escuchar a dos académicos cuyas voces rara vez llegan a Occidente. El primero es Sun Degang, director del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Fudan. Desde su despacho en Shanghái, Sun aportó al Global Times una lectura más estructural del conflicto. Según su mirada, para Teherán la tecnología nuclear no es un lujo ideológico sino una cuestión de supervivencia en un entorno regional que percibe hostil y desequilibrado. Sin poder -o sin querer- cruzar el umbral armamentístico, Irán habría optado por desarrollar capacidades que funcionen como disuasión implícita frente a Israel y Estados Unidos.

En el fondo, la disputa no gira en torno a centrifugadoras sino al poder de quién define el equilibrio nuclear de Oriente Medio. La ambición tecnológica iraní desafía un statu quo que EE UU considera central para su arquitectura regional de alianzas.

El profesor de la Universidad de Asuntos Exteriores de China, Li Haidong, en cambio, prefirió mirar atrás. En conversación con el mismo medio, recordó que Washington impulsó el programa nuclear iraní en los años cincuenta, cuando Teherán era un aliado estratégico, y que la retórica de la no proliferación hoy es aplicada con criterios variables según la alineación geopolítica del momento. A su juicio, esa selectividad erosionó la credibilidad del régimen internacional de control nuclear. Detrás de las normas, insinuó, opera una lógica de poder hegemónico.

Sun cree que el problema va mucho más allá de Irán. Si las potencias empiezan a resolver disputas en nombre de la no proliferación mediante ataques militares, el sistema internacional entra en un terreno peligrosamente resbaladizo. El precedente podría extenderse con rapidez a otras zonas en tensión: la frontera entre Pakistán y Afganistán, la guerra en Ucrania o la siempre inestable península coreana. En ese escenario, advierte, la cooperación multilateral pierde peso y vuelve a imponerse la lógica cruda de la competencia entre potencias.

Los medios chinos, mientras tanto, endurecieron el tono. Sostuvieron que resulta inaceptable que EE UU e Israel hayan asesinado abiertamente al líder de una nación soberana y alentado un cambio de régimen, en un desprecio explícito por las normas básicas que rigen las relaciones internacionales. Advirtieron, además, que el conflicto ya se proyecta sobre países vecinos como Baréin, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar, mientras el eventual cierre del Estrecho de Ormuz amenaza con desestabilizar el suministro mundial de energía.

El gobierno chino, en cambio, eligió la moderación. No por falta de poder -eso sería simplificar demasiado- sino porque sostiene, quizás con algo de ingenuidad o quizás con una lucidez que el tiempo confirmará, que un orden internacional sostenido por la fuerza de las armas está, tarde o temprano, condenado al fracaso.

En tiempos de  insultos y bravuconadas, la prudencia puede ser la forma más sofisticada de poder. Aunque, claro, esa paciencia podría volverse frágil si el petróleo empieza a escasear (China es el destino del 80% de las exportaciones de combustible iraní).

El conflicto, como algunos adelantos periodísticos, está en pleno desarrollo.

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