El chino desobediente

No está bien, es un problema, alienta reiteraciones y habilita un riesgo para los jugadores cuando ya quedó claro que el fútbol es mucho más que sólo fútbol. Estamos de acuerdo. Pero miralo al chino: el gesto, la sonrisa de felicidad por motivos que solo él conoce.

El tipo coronó la desobediencia ante miles de espectadores y cientos de millones de televidentes que no lo vieron en vivo, es verdad, pero sí online. Porque ya no hay una sola imagen de lo que sucede, hay miles. Tantas como interpretaciones. La imagen también es desobediente, como el chino. Hay un circuito oficial, pero también hay un circuito plebeyo e inabarcable que nadie gobierna aunque intenten modelarlo.

Como en los memorables festejos por el Mundial de Qatar 2022, en diciembre, cuando arriba se peleaban por la foto institucional sin advertir que la imagen era otra, más allá de su voluntad. La imagen residía en otro lado y congregaba otros protagonismos: eran los jugadores que filmaban a las personas y las personas que filmaban a los jugadores. Y ambos entre sí. Un organismo nuevo y colectivo que construyó la narrativa de ese momento inolvidable con un relato desobediente que dio forma a nuestra memoria, y para siempre.

La cosa es que el chino desobediente coronó públicamente la desobediencia y se multiplicó gracias a imágenes desobedientes. Todo, cuando la obediencia es un imperativo que somete en masa, que cancela la disidencia del pensamiento autónomo, que convierte a la libertad de elegir en un apremio por optar, y sin imaginación.

Es la lógica del posibilismo aplicada, por ejemplo, como cuando dijeron es el acuerdo con el FMI o el Apocalipsis, no hay opción. ¿Y qué pasó? Pasó que hubo acuerdo y hubo Apocalipsis. ¿Qué no pasó? Imaginación y desobediencia, como la del chino.

Andá a saber qué se le habrá pasado por el marote al chino desobediente, tan feliz él, cuando se lanzó desde la platea baja. Ni idea, la verdad.

Pero sí me lleva a momentos bellos, que no viví obviamente, como aquellos sucesos de 1968 en París, y particularmente en dos de sus conceptos más entrañables que exceden largamente lo político: «Seamos realistas, pidamos lo imposible» y «La imaginación al poder«.

Lo del chino no está bien, ¡pero qué maravilla!

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