La amenaza latente de los ciclos prolongados de sequía y la lógica de producción del agronegocio impactan gravemente en el sistema agropecuario. Los pequeños y medianos agricultores ahora apuntan a la diversificación. A pesar de las lluvias, hay 2 millones de hectáreas con déficit hídrico.

Aunque en enero se registraron algunas lluvias aisladas, su irregularidad dejó más de 2 millones de hectáreas en condiciones de sequía, particularmente en lo que respecta a los cultivos de soja de primera, que atraviesan su etapa más crítica para la definición de rendimientos, como en el noroeste de Buenos Aires donde se estiman pérdidas de hasta el 50%.
En diálogo con Tiempo Rural, Carlos Baravalle, vicepresidente de Bases Federadas (BF) y productor de Córdoba, destacó que en la última década se acentuaron las variaciones climáticas que evidenciaron períodos alternados de inundaciones y sequías que complicaron la producción agrícola y ganadera. Entre 2015 y 2017 enfrentaron inundaciones severas, mientras que desde 2022 padecieron años consecutivos de sequía.
Baravalle destacó que muchos pequeños y medianos productores han migrado parcialmente de la agricultura a la ganadería, como “una estrategia para mitigar los riesgos que trae la incertidumbre climática”. Sin embargo, advierte que “no todos los productores tienen acceso a instalaciones adecuadas para realizar este cambio, como alambrados, aguadas o viviendas”. Según detalló, para amortiguar los impactos climáticos y económicos es necesario una planificación diversificada de las tierras que trabajan.
El productor analizó que, ante situaciones críticas, muchos optan por destinar cultivos como soja o maíz a forraje, especialmente en escenarios donde la recuperación es inviable. Estos daños se potencian con las olas de calor que causan estrés hídrico severo. Para este año la cosecha de maíz y soja se estima incierta y los rendimientos dependen de las lluvias de febrero y de la ausencia de calor extremo. En la zona núcleo que comprende el norte de Buenos Aires, el sur de Santa Fe y el sudeste de Córdoba, un rendimiento satisfactorio para la soja serían los 30 quintales por hectárea, mientras que para maíz los 80, pero estas metas están en riesgo si las condiciones climáticas no mejoran.
Baravalle enfatizó que la deforestación masiva, tanto en Argentina como en otros países, tiene un impacto directo en el cambio climático. Explicó que la naturaleza “busca equilibrar los daños generados por actividades humanas, como la destrucción de reservas naturales y la expansión de la frontera agrícola”. En la actualidad los cultivos dependen significativamente de las precipitaciones, que en muchos casos han sido extremadamente variables. En algunos sitios, lluvias de apenas “30 mm han marcado la diferencia entre salvar una plantación o perderla”.
Para dar respuesta a la incertidumbre climática, el vicepresidente de BF, organización que integra la Mesa Agroalimentaria Argentina (MAA), criticó la falta de políticas públicas agropecuarias a largo plazo para los pequeños y medianos productores. Destacó que en “las últimas décadas ha aumentado la concentración de la producción en pocas manos, lo que ha llevado a la desaparición de unidades productivas y sistemas mixtos”. Como resultado de estas decisiones políticas, “los suelos se degradan rápidamente por la falta de rotación de cultivos y la ausencia de ganadería”.
Señaló que la ganadería y la lechería son fundamentales para disminuir el uso de agroquímicos y mejorar la calidad del suelo. Sin embargo, lamentó la falta de incentivos y programas para fomentar estas actividades. “Es necesario recuperar tambos en suelos menos aptos para la agricultura, ya que son clave para la sustentabilidad de los ecosistemas rurales”, sostuvo. Esta ausencia de políticas impulsa a muchos productores a abandonar sus tierras o alquilarlas, lo que incrementa la concentración de la producción y las problemáticas ambientales.
Baravalle manifestó que la ausencia de un plan integral agropecuario está llevando a una situación crítica, por lo que “es urgente diseñar e implementar políticas que promuevan sistemas productivos sostenibles, fomenten la diversificación y preserven los recursos naturales”. Para eso propone estimular a los productores que adopten prácticas menos dependientes de agroquímicos y que restauren el equilibrio entre agricultura y ganadería para “garantizar un futuro sostenible para el campo argentino”.
A la escasez de políticas para el sector de pequeños y medianos productores, se le añade la incertidumbre respecto de las precipitaciones que no llegaron a toda la zona productiva. Las lluvias que se esperan para principios de febrero resultarán determinantes. De no producirse, se incrementará el impacto negativo en el rendimiento de la producción agropecuaria.
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