De nazis ridiculizados a monstruos queribles y westerns demolidos a carcajadas. Un recorrido por algunas de las obras más irreverentes del gran maestro de la parodia.

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Tras el éxito de su primera película, Brooks expande el universo de la parodia hacia la Unión Soviética. Para eso adapta un relato ruso sobre un antiguo aristócrata que, después de la muerte de Lenin y ya asentada la Revolución Bolchevique, en 1927 es obligado a trabajar como administrativo. Para evitar semejante ignominia, junto a un estafador y un sacerdote busca una silla desaparecida llena de joyas. Sin embargo, la parodia no apunta tanto a la burocracia soviética como a la autoridad religiosa y a las veleidades de una clase social que creía que el mundo simplemente se rendiría a sus pies. Es una película poco tenida en cuenta y varios de sus gags fueron superados por el humor posterior que corrió bajo el puente (en especial el televisivo). Pero forma parte del núcleo duro al que apunta el humor de Brooks: la crítica social.
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El codicioso gobernador Lepetomane (el propio Mel Brooks) y su malvado ayudante Hedley Lamarr quieren que los habitantes de Rock Ridge abandonen la ciudad para poder vender los terrenos a una compañía de ferrocarril. Pocas síntesis argumentales le cayeron tan bien a Brooks. La película es prácticamente una línea recta hacia la risa: una parodia de mitos con pies de barro que pone frente al espejo a una sociedad que creía que todo sería siempre como le habían contado que era en el viejo oeste. Pero ahora, en los años 70, un Vietnam le ganaba la guerra más importante después de la Segunda Guerra Mundial y la OLP le subía el precio del petróleo hasta dejar todo su andamiaje automovilístico varado. Tamaña afrenta encuentra en este film algunas razones que tienen que ver con los orígenes: para concretar su gran negocio, el gobernador nombra sheriff a Bart, un hombre negro condenado a la horca, con la intención de que fomente el desorden y la anarquía en las calles de la ciudad. Todo parecido con la actualidad no es mera coincidencia.
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Brooks se mete con otro de los grandes monstruos de la historia de la humanidad, aunque esta vez de ficción. Si bien la historia originalmente pergeñada por la inigualable Mary Shelley anticipaba muchas de las monstruosidades humanas por venir, el personaje en sí nunca dejó de ser alguien querible. Rodada en blanco y negro para imitar el estilo original, aquí reúne a Gene Wilder, Peter Boyle y Marty Feldman. Entre los graciosos esperpentos que crea destacan el de cuello alto de Peter Boyle cantando Puttin’ on the Ritz, el ermitaño ciego de Gene Hackman y el cerebro de Abby Normal. Y si bien parece puro humor, no lo es del todo. El film tiene un cariño especial por todos los monstruos que crea, como si solo pudiera reírse de ellos a partir del amor que les tiene.
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Ahora, para Brooks, quien se ha vuelto loco es el mundo. Ya se rió de los espías, de Hitler y de Frankenstein, y todo siguió de mal en peor. La Guerra Fría continúa, Vietnam resultó una catástrofe monumental y nada parece arreglarse. Así que el problema debe ser el mundo en sí. O, más bien, la especie humana que lo gobierna. En consecuencia, el genio Brooks reúne una antología de sketches que parodian la historia de la humanidad desde la Edad de Piedra hasta la Revolución Francesa. Con un estilo de viñetas, números musicales, gags visuales y monólogos, el propio Brooks también tiene un papel: Moisés. El capo del humor parece estar de regreso de todo, y de todo se ríe.
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