Cincuenta años sin Bruce Lee: la marca del Dragón y la leyenda que nunca descansa

El actor y especialista en artes marciales murió el 20 de julio de 1973. Pero su mito e influencia mantienen un vigor inagotable.

El grito felino, la expresividad de su rostro, el cuerpo entrenado y la agilidad espectacular de sus movimientos lo convirtieron en la leyenda del cine de artes marciales. Bruce Lee, murió el 20 de julio de 1973, pero  su desaparición física no solo lo volvió una figura de culto, sino que el halo de misterio potenció su figura  y su carisma ante las cámara.

El motivo de su muerte tiene todo tipo de teorías: que lo envenenaron las triadas, que su riñón falló, que falleció haciendo el amor con su amante o que el deceso se produjo como una maldición por enseñar kung fu fuera de China. Es uno de los actores asiáticos más importantes de la historia del cine, aunque  la película más famosa que hizo nunca la pudo ver porque murió antes: seis días después de su partida se estrenó Operación Dragón, su largometraje póstumo, que recaudando 90 millones de dólares sólo en los Estados Unidos. Allí se inició una fiebre mundial que inspiraría a futuros cineastas, realizadores y actores. Aquel  personaje era  una especie de James Bond asiático, un peleador reclutado por un jefe de espías británico para infiltrarse en un torneo de maestros del kung fu. Resultó una historia inolvidable.

A pesar de haber nacido en San Francisco, California, Bruce Lee se crió en Hong Kong desde los cuatro meses de edad. Allí empezó a actuar, siendo un niño, desarrollando su costado artístico. Pero también se impulsó su lado de chico malo, siendo un peleador callejero, aspecto que con su partida fue muy alimentado por el mito que nunca fue vencido. Para alejarlo de esos problemas, sus padres –que tenían un buen pasar– lo enviaron a estudiar a Estados Unidos, y allí quiso cumplir su sueño americano. Pero el racismo y las dificultades económicas no se lo permitieron del todo. Aunque su espíritu guerrero no le dejó darse por vencido. Mientras audicionaba para obtener papeles pequeños, enseñaba artes marciales, desarrollando su propia técnica: Jeet Kune Do. Su escuela se hizo popular porque, además de tener una filosofía mental y física, aceptaba todo tipo de alumnos, algo que las escuelas tradicionales no hacían. Algunos de los muchos alumnos de alto perfil de Lee fueron el basquetbolista Kareem Abdul-Jabbar, afromericano de más 2 metros  y el galán Steve McQueen, entre muchos otros

También fue Kato en la serie El avispón verde, personaje que le permitió por ejemplo aparecer en tres episodios de la serie Batman ( aquella recordada protagonizada por Adam West) y alguna que otra película, lo cual le dio cierta popularidad. Pero nada era sencillo. Un ejemplo claro de esto fue la situación cuando ejecutivos le comunicaron a Lee que el papel para protagonizar la serie televisiva Kung Fu, no era para él, ya que pensaban que su acento era demasiado marcado. Así el rol quedó en manos del actor David Carradine. Ya casado y con dos hijos, tuvo que volver a Asia.

Allá pudo filmar bastante con títulos que sus fanáticos conocen bien, El gran jefe y Puño de furia. Pen El camino del dragón,  otra joya de Lee, el artista marcial más emblemático tomó los roles de guionista, director, productor y protagonista. Allí se recuerda la pelea contra un campeón de karate que era nada menos que Chuck Norris, con el que se había hecho amigo en su experiencia estadounidense. En este film  también Lee muestra algunos dotes para la comedia, pero lo más recordado es su icónico enfrentamiento. Además había algo más, una pedagogía escondida, para mostrar la fluidez de su arte propio de combate, que era distinto a todos las demás formas de combate. Era como una publicidad de su escuela, lo que demostraba también su capacidad y su visión de negocios, algo que por su recaudación en boleterías, había hecho bien, aunque  esa película no se lanzó hasta después de su muerte, por detalles que a Bruce no lo convencían. Muestra de su perfeccionismo.

La que iba a ser la obra maestra de Lee, nunca vio la luz, salvo escenas sueltas: era un film que se llamaría El juego de la muerte. El protagonista debía ascender por una pagoda de cinco pisos venciendo a diferentes enemigos, en cada nivel con un estilo de pelea diferente. Algo que es obvio que marco la línea argumental de muchos futuros videojuegos, y que claro, inspiró a muchísimas películas de acción. Allí es donde uso el mameluco amarillo similar al que Quentin Tarantino le dio a Uma Thurman en Kill Bill. Hoy el poder de su imagen sigue emulando la potencia de sus puños y la velocidad de sus patadas.

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