Columna de opinión.
Su cine se desplaza de lo épico a lo íntimo y en él conviven el desborde y lo austero. Hizo películas enormes, operísticas, y otras pequeñas y silenciosas. Entre sus películas épicas y las contenidas hay una rareza: Soñar, Soñar (1976), que puede no ser tan perfecta como otras, pero tiene personajes inolvidables y una especie de romance entre Carlos Monzón y Gianfranco Pagliaro. Imposible olvidar la escena en donde uno le coloca los ruleros al otro y la cámara se mueve sin justificación. Soñar, Soñar tiene una libertad, una ternura y una rara poesía que no abundan hoy en día.
En su última película, Aniceto (2008), volvió sobre su propia obra como quien necesita regresar a un lugar conocido para reinventarse. Favio filmaba por necesidad y placer, se siente la dicha en cada uno de sus planos. Se lo extraña pero está su cine, sus imágenes que permanecen en la memoria irradiando, imborrables, inolvidables, vivas. «
*Cineasta, dramaturgo y escritor
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