Publicado por La Marca Editora, el volumen descompone en imágenes ese barroco porteño que encarna el tradicional trasporte urbano, que es parte de la identidad de esta pequeña aldea rioplatense, convertida en una gran urbe global.

Un buen ejemplo de estos conceptos lo aporta la reciente reedición de El libro de los colectivos (La Marca Editora), un ensayo fotográfico en el que sus creadoras, Valeria Dulitzky y Julieta Ulanovsky, fundadoras del estudio de diseño ZkySki, proponen mirar bien (pero bien) de cerca a esos objetos cotidianos que son una parte habitual del paisaje urbano de Buenos Aires. El resultado es la maravillosa disección de uno de los elementos estéticos más característicos, abundantes y, al mismo tiempo, paradójicamente invisibles de la identidad porteña.
La idea que sostiene a El libro de los colectivos es simple y ahí reside su complejidad. Por un lado, propone una breve historia de ese medio de transporte que, según la mitología nacional, es un invento tan argentino como el dulce de leche o el bolígrafo. Este relato, sintético y elocuente, lleva la firma de Carlos Achaval, periodista y coleccionista de colectivos. El mismo retrocede hasta tiempos de la colonia para establecer un árbol genealógico que lo ubica como descendiente legítimo de carruajes, diligencias, tranvías y de los taxis colectivos, un antecedente directo nacido, como casi todo en este país, del ingenio popular puesto a prueba por los constantes períodos de crisis.
La cronología incluye una línea de tiempo ilustrada, donde es posible constatar la evolución formal del colectivo. En ella se pueden ver desde los primeros Ford-T modificados para cumplir con su nueva función, hasta los actuales Mercedes Benz con sus distintivas carrocerías frontales, construidas por la empresa El Detalle, que en este caso no tiene nada que ver ni con Dios ni con el diablo.
El núcleo central de El libro de los colectivos es su exquisita galería de imágenes. Una serie de fotografías que en lugar de observar a estos vehículos como un todo –algo que cualquiera puede hacer con solo salir a la calle–, elige desmenuzar su anatomía, hecha de metales, plásticos y vidrios, sus elementos físicos. Pero también aquellos vinculados a su particular estética de filigranas, filetes, textos y una iconografía que a veces alcanza un estatus casi religioso. Esas ilustraciones fueron realizadas por la fotógrafa Inés Ulanovsky, cuya atención por lo mínimo captura los elementos esenciales del ADN de los colectivos.
Una identidad que, ya en el siglo XXI, sigue vinculada al universo del tango, a los años ’40 y ’50, incluso cuando la otrora imagen omnipresente de Gardel haya sido desplazada en muchos casos por sucesivos Maradonas, Gildas, Rodrigos y hasta la inconfundible lengua de los Rolling Stones. El libro de los colectivos exhibe la encarnación de un barroco porteño que es parte del alma de esta pequeña aldea rioplatense, convertida en una urbe global. Un espejo colorido de esa Buenos Aires a la que es difícil prestarle atención cuando uno mismo forma parte del cuadro completo. Pero que se vuelve deslumbrante si se la mira así, tan de cerquita.
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