El sábado por la noche, en el aeropuerto internacional Islas Malvinas de Rosario, la fisonomía del hombre que lo ganó todo en el fútbol mundial mutó en la de un hijo atravesado por el duelo. Lionel Messi regresó a su tierra natal para despedir a Jorge Horacio Messi, su padre, su representante y el gran artífice silencioso de su carrera.

El fallecimiento de Jorge se había confirmado en las primeras horas de la jornada en un sanatorio céntrico rosarino. Rápidamente, la familia Messi impuso un cerco de confidencialidad absoluta. No hubo velatorio público ni comunicados estridentes; la consigna fue transitar la pérdida en el núcleo familiar más estricto.

Minutos antes de las 21:00 horas, una camioneta negra escoltada por efectivos de la policía santafesina cruzó el ingreso del Parque Cementerio Privado El Prado, en Pérez. En los asientos traseros viajaba el «Diez» junto a Antonela y sus hijos Thiago, Mateo y Ciro, completando un viaje de poco más de ocho horas desde Fort Lauderdale.

En el interior de la sala ecuménica ya aguardaban su madre, Celia Cuccittini, y sus hermanos Rodrigo, Matías y María Sol. El reencuentro dio inicio a una íntima vigilia nocturna. Afuera, las autoridades prohibieron expresamente el vuelo de drones periodísticos para proteger el dolor familiar de cualquier lente ajeno. Solo algunas capturas lejanas y autorizadas registraron imágenes de Lionel caminando cabizbajo por los senderos internos, guarecido en el silencio de la madrugada.

La ceremonia final de inhumación tuvo lugar este domingo por la mañana. Siguiendo directivas explícitas de los Messi, no asistieron dirigentes de la AFA ni futbolistas de la Selección de forma presencial para no quebrar la burbuja íntima de los allegados directos. Sin embargo, el entorno estuvo rodeado por coronas de flores enviadas por Newell’s Old Boys, el cuerpo técnico de Lionel Scaloni y la propia entidad del fútbol local.

Antonela Roccuzzo se transformó en el sostén principal de la escena, repartiendo abrazos y conteniendo a su suegra y cuñados mientras las lágrimas dominaban la despedida. Cerca del mediodía del domingo, el futbolista y su círculo íntimo abandonaron pacíficamente el predio de Pérez. Mientras tanto, el fútbol argentino se paralizó con banderas de aliento en las tribunas y minutos de silencio en todas las canchas para abrazar a la distancia a su máximo ídolo.