La condición humana

Por: Víctor Hugo Morales

Antidemocrático y totalitario, el gobierno avanza hacia un fascismo rampante y arremete furiosamente contra los más débiles.

El último miércoles, otra vez represión, la golpiza sobre los jubilados y discapacitados. Ya es insoportable. Un acto repetidamente inhibitorio para que el pueblo no vaya, que no esté allí expresando su queja ante la crueldad económica y las mentiras del gobierno. Esos jubilados son castigados como consecuencia de la estafa que padecen.

Ahora que lo del Indec está mucho más claro, que vienen a decir bien claro cuál es el robo que padecen quienes llevan dos años con el mismo bono de $ 70 mil. La coacción de Bullrich a nombre de la casta de la crueldad es intolerable. Pareciera que nos vamos acostumbrando. ¡Por favor, no: indignémonos ante esta manifestación de odio, de rechazo a la protesta y a los derechos del pueblo!

Empujados y amedrentados están los discapacitados que reclaman simplemente que se cumpla con una ley votada, vetada y otra vez votada, y que la Justicia impone que se cumpla ante la impunidad de las corporaciones del gobierno a cargo de Milei, enfrentado a la protesta legítima. ¿Cuáles son las que jamás van a querer que los jubilados estén bien? Las que no quieren la moratoria, las que no quieren que el Estado invierta en su propia gente porque nosotros somos el Estado. Para que le quede más a ellos, para que todo vaya hacia lo privado, en una estafa colosal. Lo demuestra lo que ocurre con el Indec: nadie quiere admitir que el número de enero era 3,1 por ciento.

Es vox populi. Está entendido que es así. Van a decir 2,5 o 2,6. No tienen vergüenza, no tienen decoro. Pero nunca olvidemos que esa gente castigada, a palos, con gases, está allí también reclamando por la estafa que ha padecido, porque los números del Indec marcan un salario y una jubilación deprimida.

Es un timo insoportable y encima la golpiza, cada miércoles superior a la anterior. Más de 35 heridos, dos hospitalizaciones, nuevamente el padre Paco Olveira detenido. Quisieron detener a un jubilado que le falta una pierna… Las imágenes, siempre conmovedoras, son recurrentes. Empujones, discapacitados que caen, gritos, dolor, pero sobre todo el ataque a la dignidad.

Antidemocrático y totalitario, el gobierno avanza hacia un fascismo rampante y arremete furiosamente contra los más débiles. El Congreso, monumento del parlamentarismo, quiere tener adentro y afuera una sola voz y las otras silenciadas por aplastamiento. Las voces de los diputados opositores acalladas por un reclutamiento de traidores que asombra, por dinero, por cargos, por pertenencia. Y afuera el grito desesperado de la calle, ahogado a palos, fulminado con gases lanzados con la urgencia con la que se combate un insecto molesto. Esa sola imagen define no solo al gobierno argentino, sino en un mundo de revelaciones, la paliza impune al estilo Minnesota. A Pablo Grillo le faltó muy poco para ser Alex Pretti. A los policías de allá y los de acá nada los diferencia. Sus jefes son de la misma calaña. Y los medios ni mosquean con el andar aterrador del ejército callejero de las corporaciones. No hay foto, no hay crítica. La realidad ha desaparecido. Y en ese dislate, salen a reivindicar el futuro Indec. Aunque la estafa por el grupete Milei, Caputo y Lavagna ya se consumó: el salario, según la estadística falsa con la que ponían títulos elogiosos al gobierno, cae 6,4, pero en la de la medición que no quisieron, la derrota es de casi 16 puntos para los laburantes. Años de transferencia de recursos a las alforjas del círculo rojo, robadas con la violenta falsedad de los números.

Al pueblo le pegan por todos lados, mientras levantan el martillo del último remate de la dignidad: reforma laboral, a la que se me dio por denominar la reforma criminal. Se entrenan, elongan, hacen ejercicios para lo que viene. Las ojeras del hambre les van a servir en bandeja millones de víctimas. Están preparando el músculo. Este próximo miércoles van a querer empezar a votarla.

Pero veamos: el 62% de los trabajadores argentinos gana menos de un millón de pesos. Con una canasta básica de más de 1,3 millones. En ese marco, el gobierno quiere imponer la reforma laboral. Por ejemplo, lo que analiza el Instituto Gino Germani de la UBA es estremecedor. Es un irracional ataque a la condición humana de los laburantes. Menos de un millón sólo marca el límite. Hay un porcentaje altísimo que se tienen que arreglar con mucho menos. Casi 10 de los 13 millones de trabajadores están por debajo, deben vivir con menos de un millón de pesos.

En ese contexto es que pergeñan la reforma y la ponen a disposición de traidores y vendidos que habitan el Parlamento. Muchísimos van a tener ese comportamiento. Serán traidores y vendidos, dentro de esa destrucción que el gobierno, a nombre del sistema, fija para esta semana.

Con los salarios en el piso, con insuficiencia alimentaria, con un mínimo de 72% de pobreza real, según mediciones confiables. Es indiscutible que con un millón de pesos un laburante es pobre y Milei le pone el jopo de la reforma.

La criminalidad del sistema se completa con una reforma que hace penalmente responsables a los que tienen 13 años en adelante. Comprenden que todas sus políticas van a hacer aumentar el conflicto social. Están de cacería. La Correpi denuncia que en el 2025, hubo la mayor cantidad de casos de gatillo fácil en la historia de la Argentina. Es una cacería, se han lanzado con todo, una cacería en EE UU, asesinatos a nombre de Trump. Una cacería aquí, detenciones, peligro de muerte. Están de cacería los muchachos de la derecha. Una atrocidad. Mientras, Mariano Cuneo Libarona habla de cárceles para adolescentes, como imaginando que hay un tropel de chicos que cometen delitos. No serán a los que les sobra todo, no serán chicos con sus padres con trabajo, no serán los que tengan posibilidades en este tiempo.

Están pegando demasiado, dando con todo, golpean abajo, tiran su desprecio en la cara. Con salarios miserables para 10 millones de personas, proyectan la derrota final de la mínima actividad.

Me pregunto muchas veces cómo es que no tienen conflicto de conciencia, una cierta piedad. Cómo no tienen un respeto por la condición humana, y cómo, finalmente, no tienen un poco de miedo… Menos que nunca, ahora, no pongamos la vida en pausa.

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