El legendario actor de "El Padrino" y "Apocalypse Now", entre otras muchas producciones, falleció a los 95 años. Su esposa Luciana confirmó la noticia.

Su primera aparición relevante en el cine fue breve pero inolvidable: el vecino silencioso y perturbador de To Kill a Mockingbird (1962). Sin embargo, el reconocimiento amplio llegó una década más tarde, cuando encarnó a Tom Hagen en The Godfather (1972), de Francis Ford Coppola. En una película dominada por la presencia magnética de Marlon Brando y el ascenso dramático de Al Pacino, Duvall eligió el camino menos vistoso: un consigliere racional, casi burocrático, que ordena el caos emocional de la familia Corleone. Esa economía expresiva sería una marca constante.
Si en The Godfather su trabajo fue el de un estratega silencioso, en Apocalypse Now (1979) mostró el reverso: el teniente coronel Kilgore, obsesionado con el surf en medio de la guerra de Vietnam, ofrecía una mezcla inquietante de carisma, humor absurdo y brutalidad. La célebre línea sobre el olor del napalm no fue solo una frase ingeniosa; condensaba la lógica delirante del conflicto y la capacidad de Duvall para dotar de humanidad a personajes moralmente opacos.
Pero acaso su interpretación más completa fue la de Mac Sledge en Tender Mercies (1983), papel que le valió el Oscar como mejor actor. Allí evitó cualquier gesto grandilocuente para contar la historia de un cantante country en ruinas que intenta reconstruirse. Duvall entendía que el dramatismo no estaba en el estallido sino en la pausa, en los silencios y en los movimientos mínimos. Esa actuación es una clase magistral de cómo sostener una película desde la introspección.
Formado en el Actor’s Studio, compañero de generación de Al Pacino y Gene Hackman, Duvall absorbió la herencia del método sin convertirla en tics reconocibles. Su trabajo no se apoyaba en la exhibición de emociones extremas sino en la construcción paciente del comportamiento. Incluso en roles secundarios -como en Network, The Conversation o Lonesome Dove– lograba que sus personajes parecieran existir antes y después de la película.
A diferencia de otros actores de su generación, no quedó asociado a un único registro. Fue militar, abogado, predicador, ranchero, político, mafioso. En The Apostle (1997), proyecto que también dirigió y produjo, volvió a indagar en la fe y la culpa desde una perspectiva áspera, lejos de la complacencia. Esa película, menos celebrada que sus clásicos de los años setenta, sintetiza su interés por personajes que se debaten entre la convicción y el fracaso.
Su presencia en pantalla tenía algo paradójico: podía dominar una escena sin levantar la voz. No buscaba la simpatía automática ni el efecto inmediato. Su herramienta principal era la credibilidad. Cuando Duvall estaba en cuadro, la ficción adquiría peso específico.
En las últimas décadas siguió trabajando con regularidad, alternando producciones independientes con proyectos más convencionales. Incluso cuando el material no estaba a la altura, su actuación mantenía un estándar propio. No era nostalgia lo que lo sostenía, sino oficio.
Robert Duvall pertenece a una generación que redefinió el cine estadounidense en los años setenta, cuando las películas comenzaron a mirar de frente la violencia, la corrupción y la ambivalencia moral del país. En ese movimiento, su figura fue menos estridente que la de otros colegas, pero igual de decisiva. No necesitó convertirse en icono para ser fundamental.
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