El surrealismo es el gran tema de la muestra que propone el MACBA, el museo ubicado en el barrio de San Telmo, como inauguración del año expositivo, con obras de grandes artistas argentinas planteadas como un diálogo intergeneracional diverso, que se suma a la vastedad de exposiciones de las artes visuales de la vibrante escena artística porteña.

“Continente oscuro. Feminidad y disidencia en el surrealismo argentino” se hace eco del manifiesto surrealista de André Breton (1924-1929) que como parte de las vanguardias de principios del siglo XX propone procedimientos creativos al tiempo que critica la racionalidad de la modernidad que aplasta la imaginación y ensalza los estudios freudianos. Y estas reflexiones bretonianas son el foco elegido por Leandro Martínez Depietri, el curador, como deriva doctoral para exponer un cuerpo de obras, desde la década de 1940 al presente.
Los nombres reunidos, sin ser artistas de la proyección internacional como Frida Kahlo o Leonora Carrington -cuyas obras pueden verse en la recién inaugurada muestra Latinoamérica en expansión en el Malba-, dan la opción de volver a la vanguardia y salir de erróneas y usuales referencias que asocian al surrealismo a “la construcción de mundos fantásticos”, según el curador.
Es que “el surrealismo nunca tuvo nada que ver con eso, sino con la liberación de la mente frente al racionalismo represivo, al uso del automatismo psíquico”, explica.
Es así que se reúnen en el edificio brutalista del barrio de San Telmo -y contiguo al Museo Moderno- más de 85 obras de artistas mujeres y disidencias argentinas que se apropiaron y transformaron estrategias del surrealismo para interrogar la autoridad, el deseo, el cuerpo y lo colectivo. Y estas estrategias, a su vez, son contenidas en el título de la muestra basada en Sigmund Freud cuando el padre del psicoanálisis usó para “referirse a la sexualidad femenina” como espacio desconocido, al que denominó “dark continent” en su ensayo La cuestión del análisis profano hace un siglo.
Pero también el título es pensado como un territorio desconocido y oscuro que remite a “los viajes por África” y sus “connotaciones patriarcales y coloniales”, donde se busca “pensar cómo esas zonas oscurecidas en el discurso moderno sirven como espacio de radicalidad crítica” y propone “invertir esa valoración”.
«La Gradiva errante” (1969) de Dignora Pastorello (1914-2001) inaugura el recorrido en la planta baja. Se trata de una obra influenciada por “la pintura metafísica del paisaje en la playa” de liminalidad manifiesta y con el océano interpretado como metáfora del inconsciente; y es una figura distante y recurrente en el surrealismo.
Entre las pinturas, esculturas, collages, dibujos, grabados, videos y cerámicas, se encuentran las fotografías para la revista Idilio de Grete Stern, y obras de Raquel Forner, Mildred Burton, Lucía Franco, Alicia Penalba, Nicola Costantino, Magda Frank, Narcisa Hirsch, Silvia Brewda, Liliana Porter, Juana Butler, Marie Orensanz, Fernanda Laguna y Cristina Schiavi, entre otras.
“Empezamos preguntándonos por qué hay ciertos motivos, estrategias del surrealismo que tienen una vitalidad enorme en el presente, y ahí surgió la idea de retomar y cuestionar algo de este legado y pensarlo construyendo vínculos entre artistas modernas y contemporáneas”, sostiene el curador sobre la génesis de la exposición y agrega: “En principio, esta muestra se circunscribía a mujeres surrealistas, (pero) se fue expandiendo a disidencias sexuales para pensarla en los debates de la contemporaneidad y la tan importante relación de la construcción de género en el surrealismo”.
Alejada de un relato cronológico, la muestra “invita a recorrer territorios históricamente opacados por el discurso hegemónico (y patriarcal)”, al tiempo que recupera el legado europeo de Meret Oppenheim y Dora Maar, para “explorar el inconsciente, la materialidad del cuerpo, la domesticidad, la violencia y el mito”.
Es así que la muestra explora las obras reconociendo esas interioridades, proponiendo cinco secciones temáticas repartidas en cuatro salas: Formas sumergidas, Mitos latentes, Extrañeza familiar, Mundo cruel y Deseo y abyección.
Desde las metáforas sobre el inconsciente al automatismo como procedimiento, pasando por los ritos y lo totémico y animista hasta llegar a lo extraño de la maternidad y lo doméstico, el periplo se continúa en la violencia y la crítica al tan actual fascismo para definir, en la materialidad de las obras, esa “fragmentación del cuerpo femenino y la subversión de su fetichización histórica”, para volver a apreciar las primeras obras, al salir del museo.
Es que el dibujo se libera del pensamiento en los dibujos de 1959 de Martha Zuik, una de las tres artistas a las que Aldo Pellegrini, “nuestro principal crítico del surrealismo incluyó en la mítica muestra de surrealismo en 1967 en el Di Tella” -introduce Martínez Depietri-, o se complejiza en los grabados de Bairon que forman parte de una serie de 1991 salidos del taller “directo a la muestra”. A su vez, estos grabados se completan con una de las reconocibles esculturas blancas de la artista como contraparte.
“Lo exhibo junto a una de las esculturas, porque me parece interesante pensar en Elba Bairon no desde el legado del minimalismo, sino cómo piensa el cuerpo, el erotismo, cómo aparece la fragmentación del cuerpo, que es una estrategia fundamental del surrealismo y como eso permite repensar esas esculturas”, ejemplifica.
“La búsqueda de formas internas que expresan estados anímicos” se renueva con el grabado de Ana María Moncalvo de 1947, creado a partir del poema de Alfonsina Storni “Yo en el fondo del mar” que remite a “un espacio de vida no alienada, de imaginación y libertad”. Y por supuesto, se ubica en sintonía con el “juego sobre la exploración del inconsciente, las formas interiores, los mundos sumergidos” en diálogo con llamativos maniquíes, objetos fetiche del surrealismo, de Nora Correa de su “Modelos para un mundo sumergido” (2008), entre otras creaciones en la planta baja.
Con obras de Raquel Forner, Elba Bairon y Verónica González más una pintura ignota de Alejandra Pizarnik entre otras 50 artistas, la exposición Continente Oscuro del MACBA de Buenos Aires que podrá visitarse hasta agosto, propone una atrapante experiencia sobre el surrealismo a partir de un diálogo intergeneracional con 85 obras que se despliegan en todas las salas del museo dedicado al arte abstracto.
“Continente oscuro. Feminidad y disidencia en el surrealismo argentino” se hace eco del manifiesto surrealista de André Breton (1924-1929) que como parte de las vanguardias de principios del siglo XX propone procedimientos creativos al tiempo que critica la racionalidad de la modernidad que aplasta la imaginación y ensalza los estudios freudianos. Y estas reflexiones bretonianas son el foco elegido por Leandro Martínez Depietri, el curador, como deriva doctoral para exponer un cuerpo de obras, desde la década de 1940 al presente.
Los nombres reunidos, sin ser artistas de la proyección internacional como Frida Kahlo o Leonora Carrington -cuyas obras pueden verse en la recién inaugurada muestra Latinoamérica en expansión en el Malba-, dan la opción de volver a la vanguardia y salir de erróneas y usuales referencias que asocian al surrealismo a “la construcción de mundos fantásticos”, según el curador.
Es que “el surrealismo nunca tuvo nada que ver con eso, sino con la liberación de la mente frente al racionalismo represivo, al uso del automatismo psíquico”, explica.
Es así que se reúnen en el edificio brutalista del barrio de San Telmo -y contiguo al Museo Moderno- más de 85 obras de artistas mujeres y disidencias argentinas que se apropiaron y transformaron estrategias del surrealismo para interrogar la autoridad, el deseo, el cuerpo y lo colectivo. Y estas estrategias, a su vez, son contenidas en el título de la muestra basada en Sigmund Freud cuando el padre del psicoanálisis usó para “referirse a la sexualidad femenina” como espacio desconocido, al que denominó “dark continent” en su ensayo La cuestión del análisis profano hace un siglo.
Pero también el título es pensado como un territorio desconocido y oscuro que remite a “los viajes por África” y sus “connotaciones patriarcales y coloniales”, donde se busca “pensar cómo esas zonas oscurecidas en el discurso moderno sirven como espacio de radicalidad crítica” y propone “invertir esa valoración”.
La Gradiva errante” (1969) de Dignora Pastorello (1914-2001) inaugura el recorrido en la planta baja. Se trata de una obra influenciada por “la pintura metafísica del paisaje en la playa” de liminalidad manifiesta y con el océano interpretado como metáfora del inconsciente; y es una figura distante y recurrente en el surrealismo.
Entre las pinturas, esculturas, collages, dibujos, grabados, videos y cerámicas, se encuentran las fotografías para la revista Idilio de Grete Stern, y obras de Raquel Forner, Mildred Burton, Lucía Franco, Alicia Penalba, Nicola Costantino, Magda Frank, Narcisa Hirsch, Silvia Brewda, Liliana Porter, Juana Butler, Marie Orensanz, Fernanda Laguna y Cristina Schiavi, entre otras.
“Empezamos preguntándonos por qué hay ciertos motivos, estrategias del surrealismo que tienen una vitalidad enorme en el presente, y ahí surgió la idea de retomar y cuestionar algo de este legado y pensarlo construyendo vínculos entre artistas modernas y contemporáneas”, sostiene el curador sobre la génesis de la exposición y agrega: “En principio, esta muestra se circunscribía a mujeres surrealistas, (pero) se fue expandiendo a disidencias sexuales para pensarla en los debates de la contemporaneidad y la tan importante relación de la construcción de género en el surrealismo”.
Alejada de un relato cronológico, la muestra “invita a recorrer territorios históricamente opacados por el discurso hegemónico (y patriarcal)”, al tiempo que recupera el legado europeo de Meret Oppenheim y Dora Maar, para “explorar el inconsciente, la materialidad del cuerpo, la domesticidad, la violencia y el mito”.
Es así que la muestra explora las obras reconociendo esas interioridades, proponiendo cinco secciones temáticas repartidas en cuatro salas: Formas sumergidas, Mitos latentes, Extrañeza familiar, Mundo cruel y Deseo y abyección.
Desde las metáforas sobre el inconsciente al automatismo como procedimiento, pasando por los ritos y lo totémico y animista hasta llegar a lo extraño de la maternidad y lo doméstico, el periplo se continúa en la violencia y la crítica al tan actual fascismo para definir, en la materialidad de las obras, esa “fragmentación del cuerpo femenino y la subversión de su fetichización histórica”, para volver a apreciar las primeras obras, al salir del museo.
Es que el dibujo se libera del pensamiento en los dibujos de 1959 de Martha Zuik, una de las tres artistas a las que Aldo Pellegrini, “nuestro principal crítico del surrealismo incluyó en la mítica muestra de surrealismo en 1967 en el Di Tella” -introduce Martínez Depietri-, o se complejiza en los grabados de Bairon que forman parte de una serie de 1991 salidos del taller “directo a la muestra”. A su vez, estos grabados se completan con una de las reconocibles esculturas blancas de la artista como contraparte.
“Lo exhibo junto a una de las esculturas, porque me parece interesante pensar en Elba Bairon no desde el legado del minimalismo, sino cómo piensa el cuerpo, el erotismo, cómo aparece la fragmentación del cuerpo, que es una estrategia fundamental del surrealismo y como eso permite repensar esas esculturas”, ejemplifica.
“La búsqueda de formas internas que expresan estados anímicos” se renueva con el grabado de Ana María Moncalvo de 1947, creado a partir del poema de Alfonsina Storni “Yo en el fondo del mar” que remite a “un espacio de vida no alienada, de imaginación y libertad”. Y por supuesto, se ubica en sintonía con el “juego sobre la exploración del inconsciente, las formas interiores, los mundos sumergidos” en diálogo con llamativos maniquíes, objetos fetiche del surrealismo, de Nora Correa de su “Modelos para un mundo sumergido” (2008), entre otras creaciones en la planta baja.
Subiendo por la rampa que conecta las salas, la etnografía y la arqueología posicionan otro interés del surrealismo con esculturas totémicas de Forner de los 70 y de la “artista húngara sobreviviente al nazismo” Magda Frank, además de Alicia Peñalba, por ejemplo.
En el primer piso se sitúa la “única tela que se conoce de Alejandra Pizarnik, que estudió con Juan Battle Planas al que consideraba un maestro y un amigo”. La pequeña pintura fechada en 1955 comparte espacio con otras de Lea Lublin y Juana Butler, entre otras, para los mitos latentes.
Otro eje es lo cotidiano y el animismo hogareño con los impactantes dibujos de Florencia Rodríguez Giles de “Tiro al parto” (2021), por ejemplo, reuniendo domesticidad y maternidad como “territorio de lo siniestro” -otra vez Freud-. Pero, en “Adiós, Ulises” -una valija serigrafiada- de la “artista del realismo social” Sacco, se refuerza el uso de los objetos, en una temática que atrapa a “La indiferencia de Blonda Bugs” (1981) de Burton con obras de Gómez, Mariana Tellería, Liliana Parra, Orensanz, Costantino y Catalina Oz, por ejemplo, en Extrañeza familiar.
Y más abajo, con un doble núcleo, el curador propone una mirada sobre la postura antifascista del surrealismo desde tres momentos históricos: las décadas de 1940, 1970 y el presente, en paralelo con el juego polar de deseo y repulsión.
Un ejemplo de estas obras es “La conferencia” (1947) de la serie de las rocas de Forner fue pintada en la posguerra y se refiere al reparto del mundo tras la Segunda Guerra Mundial -en plena disputa ahora. En el segundo momento, los 70, se revelan los dibujos de la escultora Lucía Pacenza, Josefina Auslender y Silvia Brewda, producidos durante la última dictadura cívico militar.
“Brewda dice que ´sin saber demasiado, en un momento sentí que tenía que hacer esta serie de Las ataduras´ y las empieza a producir, gana el Salón Nacional en el 78 y produce la serie que no volvió a mostrar hasta hoy”, explica el curador. Y sostiene que de la serie “El Observador” de Pacenza “pensada sobre la vigilancia” se presenta no como una “muestra directa de la tortura, sino como una suerte de paisaje mental para pensar el período”. Y otro reconocimiento que realiza es exhibir “Cuerpos atados” de Auslender, una artista que a sus 92 años tiene su primera retrospectiva en un museo de Estados Unidos, país donde reside.
Contrastando con estás imágenes están las pinturas recientes de Gómez “donde aparece esa serie de la figura caníbal, el devorador de identidades”, según el curador, así como «El Cristo de los soldados» de Mónica Heller y pinturas y collages de Laura Códega, por ejemplo.
Del otro lado de la sala, lo que atrae y repele revela “una reflexión sobre cómo muchísimas artistas y disidencias siguen trabajando sobre el erotismo y el cuerpo femenino, pero valorando sus partes de manera diferente, trabajando otras configuraciones y rompiendo las lógicas de fetichización”, aclara.
Entre las obras hay una animación de Heller, una pintura de Ornella Pochetti, y se observa la influencia del anime y el cómic en obras recientes, además del video poema de Narcisa Hirsch «Canciones napolitanas», y la muy central escultura cerámica de Vilma Villaverde “Nada Dorita” (2002). Villaverde fue discípula de Leo Tavella, “un escultor con una línea surrealista muy fuerte”, y esta obra y “Mirada” (2000) son parte de una serie realizada a partir de artefactos del baño en los 90.Subiendo por la rampa que conecta las salas, la etnografía y la arqueología posicionan otro interés del surrealismo con esculturas totémicas de Forner de los 70 y de la “artista húngara sobreviviente al nazismo” Magda Frank, además de Alicia Peñalba, por ejemplo.
En el primer piso se sitúa la “única tela que se conoce de Alejandra Pizarnik, que estudió con Juan Battle Planas al que consideraba un maestro y un amigo”. La pequeña pintura fechada en 1955 comparte espacio con otras de Lea Lublin y Juana Butler, entre otras, para los mitos latentes.
El Continente Oscuro y la diversidad de obras
Otro eje es lo cotidiano y el animismo hogareño con los impactantes dibujos de Florencia Rodríguez Giles de “Tiro al parto” (2021), por ejemplo, reuniendo domesticidad y maternidad como “territorio de lo siniestro” -otra vez Freud-. Pero, en “Adiós, Ulises” -una valija serigrafiada- de la “artista del realismo social” Sacco, se refuerza el uso de los objetos, en una temática que atrapa a “La indiferencia de Blonda Bugs” (1981) de Burton con obras de Gómez, Mariana Tellería, Liliana Parra, Orensanz, Costantino y Catalina Oz, por ejemplo, en Extrañeza familiar.
Y más abajo, con un doble núcleo, el curador propone una mirada sobre la postura antifascista del surrealismo desde tres momentos históricos: las décadas de 1940, 1970 y el presente, en paralelo con el juego polar de deseo y repulsión.
Un ejemplo de estas obras es “La conferencia” (1947) de la serie de las rocas de Forner fue pintada en la posguerra y se refiere al reparto del mundo tras la Segunda Guerra Mundial -en plena disputa ahora. En el segundo momento, los 70, se revelan los dibujos de la escultora Lucía Pacenza, Josefina Auslender y Silvia Brewda, producidos durante la última dictadura cívico militar.
“Brewda dice que ´sin saber demasiado, en un momento sentí que tenía que hacer esta serie de Las ataduras´ y las empieza a producir, gana el Salón Nacional en el 78 y produce la serie que no volvió a mostrar hasta hoy”, explica el curador. Y sostiene que de la serie “El Observador” de Pacenza “pensada sobre la vigilancia” se presenta no como una “muestra directa de la tortura, sino como una suerte de paisaje mental para pensar el período”. Y otro reconocimiento que realiza es exhibir “Cuerpos atados” de Auslender, una artista que a sus 92 años tiene su primera retrospectiva en un museo de Estados Unidos, país donde reside.
Contrastando con estás imágenes están las pinturas recientes de Gómez “donde aparece esa serie de la figura caníbal, el devorador de identidades”, según el curador, así como «El Cristo de los soldados» de Mónica Heller y pinturas y collages de Laura Códega, por ejemplo.
Del otro lado de la sala, lo que atrae y repele revela “una reflexión sobre cómo muchísimas artistas y disidencias siguen trabajando sobre el erotismo y el cuerpo femenino, pero valorando sus partes de manera diferente, trabajando otras configuraciones y rompiendo las lógicas de fetichización”, aclara.
Entre las obras hay una animación de Heller, una pintura de Ornella Pochetti, y se observa la influencia del anime y el cómic en obras recientes, además del video poema de Narcisa Hirsch «Canciones napolitanas», y la muy central escultura cerámica de Vilma Villaverde “Nada Dorita” (2002). Villaverde fue discípula de Leo Tavella, “un escultor con una línea surrealista muy fuerte”, y esta obra y “Mirada” (2000) son parte de una serie realizada a partir de artefactos del baño en los 90.
Inaugurada el 20 de marzo, “Continente …” podrá visitarse en el Macba de la Fundación Aldo Rubino hasta el 2 de agosto en Avenida San Juan 328 (CABA), con una entrada general de 8000 pesos.
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