Corazón hediondo, por Rodolfo Braceli

Por: Rodolfo Braceli

Columna de opinión.

Nunca dejaré de tener fe en la esperanza». Eso me dijo, ya herido por la vejez, el hachero Valentín Céspedes. Landriscina me lo presentó en el año 1970 después de Cristo, en el hondo monte chaqueño. El reportaje me agarró de las solapas, y de más abajo también. Primero fueron seis páginas en una revista; al tiempo, otra nota invitado a Buenos Aires: primera vez que dormía en una cama. Veinticinco años después lo ubiqué de nuevo, vivía en la orilla de Pampa del Infierno; otra nota y con nueve páginas. Y no solo eso: don Valentín, con su camperita elemental y sus zapatillas pampero posó para la mismísima tapa de los personajes de 1995; sí, en Gente, al lado de Bioy Casares, cerca del presidente de la República, y de Mirtha y de Susana, claro.

Por décadas ignorado por los censos, Céspedes nunca fue a la escuela. Al ratito de conocerlo me dijo que lo más grave no es la pobreza ni el mismo hambre, es ser analfabeto: «Sabe, amigo, la ignorancia primero embrutece el cuerpo y después el alma y al final embrutece el corazón». Redondeó: «La ignorancia nos hace creer que no hay más remedio que ser esclavos de por vida».

Aquel Valentín me contó un secreto: que los hachazos sueltan palabras. Y con su hijo de 14 años ahí, empezó a talar un enorme árbol: «Un hacha dice pan y la otra dirá azúcar… ¿escucha usted? …pan/azúcar… pan/azúcar… pan/azúcar…»

Este primordial me mostró a sus siete hijos; para ellos quería conseguir un maestro que subiera al monte cuatro meses al año, y les enseñara a leer y algo de los números. «No más que eso, señor. La escuela la ponemos nosotros. ¿Ve esos troncos volteados? Serán los bancos. ¿Techo? Ahí tiene, el cielo entero. Puro techo.» Cuando lo ubiqué un cuarto de siglo después, seguía buscando maestro. Pero le brotó una sonrisa solar cuando me contó que el más chico de sus hijos había aprendido a leer, y que les enseñaría a sus hermanos y a sus gajitos. Por entonces tenía más de 50 nietos.
Casi al final del encuentro, me contó que después de aquel primer reportaje en 1970 el patrón lo verdugueó, y debió irse de Pampa Juana «a buscar otro patrón de mejor corazón».

El don Valentín real me empujó hacia un monólogo teatral; lo concebí encarnado por Miguel Ángel Solá, por Ulises Dumont, por Hugo Arana. Comparto ahora un breve fragmento de esa ficción; el tema es la dignidad. (Digo dignidad y pienso en los compañeros y compañeras que hoy hacen Tiempo Argentino.) Un detalle: don Valentín en 1995 me dijo: «Cuando pierdo la fe, tengo esperanza. Cuando pierdo la esperanza, tengo fe. Por último, sabe, siempre tengo fe en la esperanza».

Valentín hachero, casi teatro

El de corazón hediondo estaba roncando su siesta.

En el obraje, él nos trata pior que a los perros; a los perros al menos les tira un hueso.

Ese hombre, a quien tiene dignidad lo dobla a talerazos, lo hace huir y en eso lo baja a tiros por la espalda; para que aprenda. Después el río se lleva lo que queda del cuerpo hachero. Ayer el río se llevó al hermano que me quedaba. Hace como un año se llevó al mayor de mis hijos, que nos ha dejado cinco gajitos.

Como les cuento: el de corazón hediondo estaba durmiendo su siesta de harta panza; roncaba y meta pedos, muy a sus anchas.

Despacio yo me le he acercado. Lo primero: le he sacado los cartuchos de la escopeta mientras sigue babeando su siesta, muy satisfecho el maldito.Pero se ha levantado por fin, ha eructado su locro con vino y se está despabilando hundiendo la cabeza en el fuentón con agua de la última lluvia.

Cuando me ha visto, me ha dicho:

–¿Y qué carajo hacés vos aquí? A esta hora tenés que estar en el monte voleando tu hacha.

–Señor, vine nomás a mirarlo.

Dejá de mirarme, me ha dicho. ¡Bajame la mirada!, me ha repetido.

Yo no le he hecho caso.

Entonces, el de corazón hediondo ha alzado su escopeta y me la ha puesto de mala manera en la frente misma; me ha hecho doler.

Bajame la mirada o te vuelo los sesos mierdaaaa, me ha dicho escupiéndome su aliento oscuro.

Pero yo le he seguido mirando a los ojos, manso.

Y él ha apretado nomás el gatillo. Y nada. Y lo ha vuelto a apretar, y nada.

Y, bueno, yo le he alzado mi hacha… y él… él ya está hincado, temblando, y yo lo he sujetado de pies y de manos también. Y está llorando… el muy zonzo cree que lo tengo anudado… Mientras gime bajito el desgraciao me besa los pies y dice nombres como despidiéndose, serán de sus hijitos… Hortensia… Nicasio… Rosendo… Petra… y está llorando con mocos… y me está lamiendo las alpargatas y bueno, yo he alzado bien alto mi hacha… pero el hacha se me ha quedado arriba, quieta… y él ha seguido gimiendo y besando mis alpargatas… Y yo le he dicho: hombre roñoso, dejesé de joder ya, no sea trapo… Y vaya en sabiendo que solo estamos atados los que no sabemos leer…

Y entonces le he aflojado las ataduras y… allá va, corriendo…

¿Volverá el de corazón hediondo para matarme y arrojarme enseguida a la sordera del río?

(Me cuesta creer que volverá por mí. El de corazón hediondo es un cruel, pero por más cruel que sea, nadie resiste ser malvado tanto tiempo. Porque nació de madre, alguna vez ese hombre se ha de cansar de ser malo…) <

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