Casi el 50% del área sembrada en la Argentina incorporó algún bioinsumo y el mercado creció un 10% el año pasado al superar los US$125 millones. La mitad fue al tratamiento de semillas. Se duplicó el uso de bioinsecticidas y creció la aplicación de biofertilizantes y biofungicidas.

Los productos biológicos o bioinsumos agropecuarios son compuestos de origen biológico o natural, que mejoran la productividad de los cultivos. Pueden ser utilizados para producción orgánica, convencional y agroecológica. Son naturales, ya que son derivados de organismos vivos o, incluso, algunos son organismos vivos, todos de origen natural, tales como hongos, bacterias, virus, ácaros o extractos de plantas.
El mercado argentino de bioinsumos agrícolas superó los US$124 millones en 2025, según un relevamiento privado, con un crecimiento interanual del 10,9%. Esto posiciona al segmento como uno de los más dinámicos dentro de los insumos agrícolas, aunque representa un porcentaje mínimo frente al total del mercado de convencionales. Por caso, estiman que los bioinsumos cubren apenas el 3,8% del mercado total de fitosanitarios.
En cuanto a superficie, se reporta que alrededor de 18,6 millones de hectáreas en la Argentina ya recibieron algún tipo de insumo biológico en la última campaña, sobre todo inoculantes para el tratamiento de las semillas, lo que equivale a cerca del 50% de la superficie sembrada a nivel nacional. “Este nivel de adopción en términos de hectáreas indica que los biológicos ya superaron la fase de curiosidad y comienzan a formar parte sustancial del esquema productivo”, afirman desde una de las empresas proveedoras locales.
De hecho, en el Congreso sobre Biológicos realizado por CASAFE (Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes) en Rosario a mediados del año pasado se pudieron ver los adelantos disponibles en la materia y conocer cuál es el nivel de adopción local y global.
Desde una de las firmas de biológicos globales con representación en LATAM, indicaron que el mercado global de productos biológicos llegó a US$12.750 millones en 2023, pero superará los US$29.600 millones en 2030, con una tasa de crecimiento anual del 12,93%. Casi la mitad de ese monto corresponderá a biocontroladores, un 25% a bioestimulantes y un 15% a biofertilizantes.
Los bioestimulantes microbianos son productos basados en microorganismos (bacterias, hongos) que mejoran la nutrición vegetal y tolerancia al estrés abiótico, según el Reglamento UE 2019/1009, e incluyen cepas como Rhizobium o Pseudomonas, pero excluyen agentes de compostaje o biocontrol. Los bioestimulantes no microbianos incluyen sustancias naturales como hidrolizados de proteínas, ácidos húmicos y fúlvicos, y extractos de algas marinas. Se excluyen de esta categoría los productos microbianos, reguladores de crecimiento vegetal sintéticos, productos de biocontrol como los quitósanos y ciertos extractos vegetales, así como los fosfitos.
Los biocontroladores son productos biológicos que controlan plagas, enfermedades o patógenos en cultivos de forma natural, usando microorganismos o compuestos derivados de plantas. Representan una alternativa sostenible a los agroquímicos, con beneficios para la seguridad alimentaria y el ambiente:incluyen biopesticidas microbianos (Bacillus, Trichoderma, baculovirus), extractos vegetales con acción biocida y semioquímicos. Se excluyen los productos nutricionales (bioestimulantes), reguladores de crecimiento sintéticos y compostajes sin efecto sobre plagas.
La distribución del uso de bioinsumos a nivel global varía significativamente según el tipo de cultivo y la categoría del producto. Bioestimulantes microbianos y no microbianos se reparten un 33% entre granos y cereales, 31% en legumbres, 15% en frutas y 21% en otros cultivos. En bioplaguicidas, frutas y vegetales ocupan el 39%, legumbres, 28% granos y cereales y otros cultivos el 33%.
No solo sembrar, cosechar y cobrar
Durante décadas, la utilización de métodos de monocultivo, el arado de la tierra y el abuso de los agroquímicos degradaron el ambiente de las zonas productivas tradicionales. Luego vino el avance de la frontera agrícola, que invadió tierras antes ocupadas por ecosistemas cerrados, mediante deforestación, quema de pastizales y expulsión de fauna autóctona,
En un círculo vicioso de constante degradación ambiental, y en muchos casos un uso desmedido de productos químicos, como herbicidas, plaguicidas, fertilizantes, el sistema colapsa y ni la ecuación económica cierra. Además, el cambio climático hecha por tierra los rindes o incluso las cosechas, con sequías reiteradas e inundaciones impredecibles.
Aunque las multinacionales del agro invirtieron millonadas para zafar con la transgénesis, más para salvar el negocio que para aportar con la alimentación planetaria, muchos alertaron sobre la peligrosidad de estas derivas y plantearon escuchar al pasado. Desde la agricultura orgánica, con métodos ancestrales, manejo ecológico y pensamiento holístico, surgieron alternativas.
La toma de conciencia de muchos consumidores, con el concepto de una dieta saludable y la soberanía alimentaria, esta obligando a la oferta a cambios en sus procesos productivos, no sólo por los alimentos que compran sino sobre los campos de donde provienen y las comunidades que los circundan. Además, la volatilidad en los precios de los fertilizantes y los agroquímicos convencionales impulsó la adopción de soluciones biológicas, que optimizan el uso de nutrientes y reducen costos de producción.
En este contexto, la responsabilidad de los productores no se limita a entregar un producto de aparente calidad, y cada vez más se hace relevante de dónde proviene y cómo fue el manejo, de ahí la importancia de la trazabilidad y las denominaciones de origen. Conociendo las consecuencias del uso de químicos sintéticos, en buena parte con alta toxicidad y gran poder residual, la creciente utilización de bioinsumos es como una vuelta al pasado ecosistémico con la tecnología más avanzada de esta época.
La agricultura está cambiando, gobiernos y consumidores están empezando a poner límites que antes ni siquiera se pensaban. La salud humana y la planetaria están en un alto riesgo. El productor ya no puede sólo sembrar, cosechar y cobrar, hay más variables a tener en cuenta, no por novedad sino por responsabilidad. Se trata de gestionar suelos, biodiversidad, insumos, datos e inteligencia ecológica, y los productos biológicos agrícolas son un complemento cada vez más usado en las estrategias productivas sustentables. El cambio de paradigma está germinando.
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