El periodista y escritor Cristian Alarcón coordina el nuevo libro Argentina "(Re)Sentida": una serie de ensayos que analizan la era de Javier Milei desde los afectos, los sentimientos y las pasiones políticas.

El tema obsesiona a Cristian Alarcón. El periodista y escritor -uno de los grandes cronistas latinoamericanos- escribe ‘La niebla y el porvenir’, el luminoso prólogo de Argentina (Re)Sentida, editado por Sudamericana, y da paso a los textos de Paula Sibilia, Luis Ignacio García, Moira Pérez, Micaela Cuesta, Rossana Reguillo, Hernán Borisonik, Sebastián Carassai, Mariana Luzzi y María Soledad Sánchez. Todos ellos buscan leer la era de Javier Milei “desde la filosofía, la sociología, la ciencia política, la historia y el psicoanálisis”, repasa Alarcón.
Y pone en foco: “Nos hacemos preguntas ante la inmovilidad social, la parálisis o la anestesia en los vastos sectores afectados por las medidas del gobierno de La Libertad Avanza y por las últimas leyes del Congreso -dice Alarcón-. Todo eso nos empujó a pensar los efectos subjetivos y emocionales de la era Milei. Y sobre todo las pasiones tristes: la frustración, el resentimiento, la indignación y el odio. En Argentina (Re)Sentida hicimos un patchwork de trabajos académicos y cada uno toma un aspecto de estas nuevas afectividades políticas”.
En medio del individualismo y del retroceso del interés colectivo, “cada una de esas pasiones políticas configuran a un ciudadano distinto, que pareciera haber abandonado el valor del consenso democrático por las posiciones reaccionarias, y performáticamente violentas, de un presidente que insiste en el insulto para seguir identificándose con el malestar que produjo una democracia que no terminaba de resolver los problemas de los argentinos”. Lo sabe Alarcón: “Las emocionalidades políticas de fondo fueron mutando. Lo dice Sebastián Carassai en su ensayo ‘La lengua libertaria, eco de una nueva sensibilidad política’”.
Allí habla “de una mutación valórica de larga data -sigue Alarcón-. Personas de distintas provincias expresan una desconfianza sobre el consenso y el diálogo de ciertos sectores políticos o sindicales, lejos de las decisiones ciudadanas y de su beneficio directo. Y ese vicio de un diálogo que nunca va a llegar a buen puerto se contrapone a la valoración de una figura fuerte que emerge desde el grito, el improperio, la incorrección, pero que es vista como auténtica: la de Javier Milei. Y esa emoción desplaza a la racionalidad que el sistema mismo propone como una solución regular a los problemas sociales de la mayoría”.
Así funcionan los afectos políticos: lo emotivo traduce la realidad. “En la motosierra de Milei hay una adhesión emocional de la gente a la idea de un corte con ciertas prácticas que ya no estaban identificadas con la justicia social -dice Alarcón-. Y la caída de ese concepto de justicia social tiene que ver con un punto de no retorno de una política que no encuentra un discurso vinculado a una salida del futuro”. En concreto, “la derecha sabe que el progresismo no está pudiendo articular una idea de horizonte que conmueva a las mayorías”.
Allí emerge el cambio valórico: “El progresismo sigue ante el espanto que le causa el individualismo, como si la receta de los colectivos fuera lo único que pudiera ir a buscar para sortear esa distancia afectiva y emocional que tiene con los que ya no lo votan”, describe Alarcón. “Los progresismos, desde el peronismo hasta las izquierdas, quizás no logran comprender que estas adhesiones, que no son absolutas, tienen que ver con cómo pasamos de la adhesión al Estado de Bienestar a la idea actual de una sociedad del bienestar”.
Pero “no es que las mayorías hayan abandonado la idea del bienestar -apunta Alarcón-. Votaron a Javier Milei porque creen en una propuesta de transformación estructural y radical en pos de generar un bienestar que ya no va a venir de parte del Estado argentino. Quizás hoy el gran desafío de los progresismos sea encontrar el enlace, incluso en términos tecnológicos, entre el Estado de Bienestar y la sociedad del bienestar”.
Aquí Alarcón sonríe sin ironía: “¿Por qué nuestro supuesto enemigo político va a ser el criptobro? ¿Por qué va a ser enemigo el que apuesta en los cinco mil casinitos que se gestaron en Rosario como consecuencia del modelo de economías narcopopulares? ¿O el que está ante la Tarjeta Naranja y la tarjeta del banco, gestionando sus deudas, a partir de supuestas inversiones hechas con su propio endeudamiento? A la financiarización de la vida se le suma, en dupla, el ciudadano endeudado”.
Entonces “¿qué está pensando económicamente el progresismo sobre cómo gestionar el enorme problema que va a heredar cualquier gobierno después de éste? -indaga Alarcón-. No se trata sólo de una economía transformada ante las reglas de liberación de los mercados, de competencia extrema y de eliminación de la industria y de la ciencia, sino de una mayoría de la población que como principal rasgo de identidad compartida va a tener el de ser deudor o deudora”. Hoy “hay iniciativas aún muy recientes, pero serias, de generar redes de deudores que gestionen salidas en común. Hay organizaciones que las están pensando, pero no los políticos”.
Y en este “neoliberalismo zombi”, como dice el prólogo, “en el que las reglas cambian tan abruptamente, las políticas de Milei empujan a la gente a la pobreza, y también a la deuda, para poder pagar el nivel de vida que se merece cada uno”, sabe Alarcón. Y allí aparece algo “muy de la época: el optimismo cruel. Cuando el neoliberalismo te quitó los derechos y el salario, se cree que el optimismo de la meritocracia es lo que te va sacar de allí: el esfuerzo y el sacrificio, como los dos componentes con los que se va a soportar la sobrevivencia”.
¿Por qué al progresismo le cuesta tanto interpelar al sujeto laboral de aplicaciones como Mercado Libre, Rappi o PedidosYa? “Porque no encuentra un modelo distinto al del Estado proveedor que vaya a resolver los problemas de la gente, más allá de una economía basada en el fracaso permanente ante la inflación, algo que paradójicamente siempre afecta a los más pobres”, observa Alarcón. Y “esa promesa ya no depende del Estado, sino del esfuerzo individual y del optimismo cruel que sufre ese individuo”.
¿A qué se debe? “A que sigue aferrado a la promesa, la cual depende de él mismo. Y como el fracaso es intolerable, la negación es la única opción del sujeto. La sobrevivencia depende de la noción de un optimismo cruel con uno mismo, pero optimismo al fin”, contesta Alarcón. En tanto, “el progresismo se aferra a la idea de un trabajador con derechos de una industria que está muriendo, y la ultraderecha considera muerta la industria y se aferra a un sujeto que sólo va a sobrevivir si maneja su propia bicicleta, su propia moto o su propio auto”.
El gran significante de la época “es el agotamiento -dice Alarcón-. Es lo que Paula Sibilia llama en el libro como ‘wellness burnout’. Lo que impera es el individualismo del Rappi junto con el del apostador serial y el del que no quiere estar afiliado a nada, ni a un sindicato, y no va a tomar una fábrica: se compra el auto y sale a la calle a trabajar”. Y por eso “tampoco hay una lealtad a un todo social, sino una fuerte demanda de afectividad de lo próximo, con los amigos de toda la vida o los nuevos grupos de amigos”.
Y existe una red de solidaridades “que el progresismo tampoco ve, porque cuando habla de comunidad está pensando en una comunidad que va de los años ‘50 a los ‘90. Pero la idea de lo común fue mutando y allí tiene que haber alguna respuesta. La política tiene la misión de indagar allí en vez de descalificar a Milei. Cada descalificación resta en acumulación de votos y de poder, porque es distinta la interpelación que pide la sociedad: ‘El Estado no va a ser de Bienestar, pero queremos que la sociedad sea de bienestar’. Quizá el desafío del progresismo, pero también de la sociedad, sea encontrar ahí una interfaz”.
Y eso se vincula con lo que Hernán Borisonik plantea, en Argentina (Re)Sentida, en su texto “Contra la desimaginación, hacia una erótica del futuro”. Lo explica Alarcón: “La pérdida de la eroticidad del futuro es la pérdida del estar con otro, porque el deseo no funciona. El futuro aún sin construir debe erotizarse en una pregunta que incorpore a estos ciudadanos con una nueva moralidad política, que es la de una sociedad de bienestar en la cual el individuo tiene un rol”. Y Alarcón ve el desafío: “Si no interpretamos lo micro-societario, lo micro-familiar y lo micro-afectivo, no vamos a encontrar esa posibilidad de eroticidad”.
Argentina (Re)Sentida describe un brumoso futuro. ¿Cristian Alarcón lo ve desde la ironía, el cinismo o la esperanza? “El concepto que más me atrapa es el agobio cínico, del que habla Luis Ignacio García en el libro. Hemos hecho del agotamiento una narrativa hegemónica porque estamos doblemente o triplemente empleados; porque nuestros trabajos son precarios y ganamos menos. Están todas las razones materiales para el cansancio, pero al mismo tiempo mucha gente dice: ‘Yo no puedo poner ni el cuerpo, ni mi energía, ni mi libido en una idea de cambio porque primero estoy yo. Eso es el agobio cínico”.
¿Qué permanece entonces? “El humor es el único territorio de libertad que nos queda. Por ejemplo, el streaming no es solamente un fenómeno digital: es un fenómeno cultural y los más exitosos son los que se pueden reír de sí mismos y de los demás. Casi que no hay un lenguaje para las nuevas generaciones que no pase, primero por el consumo irónico, y luego por la producción de ironía en tiempo real. El lenguaje juvenil se está renovando permanentemente”.
Cristian Alarcón piensa en lo que se viene y analiza: “De cara a unas elecciones que se ven muy distantes, pero que no están tan lejos como pareciera, se torna muy precaria la reacción de las oposiciones. Y el peronismo no termina de librar su propia batalla interna, en la cual no exista más la figura del traidor. En la política argentina progresista y en el peronismo, sobre todo, todavía se sigue hablando de traidores: es una figura nefasta, que censura absolutamente la disidencia”.
Lo sabe el autor de las novelas de no ficción Cuando me muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa: “A la traición la estudié en mi investigación sobre narcotraficantes a lo largo de seis años -dice-. Es un componente del sistema. Dejen de moralizar las acciones humanas: lean a William Shakespeare. Entiendan que el relato no alcanza si no son capaces de tener una visión pragmática amplia y generosa frente al que parece equivocado en su voto, en su individualismo extremo y en su supuesta ambición”.
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