La botera, ópera prima de Sabrina Blanco, relata la historia de una adolescente librada a su suerte.

Filmada con sólo dos actores profesionales y varios adolescentes de la zona que hicieron sus primeras armas cinematográficas, lo que resalta en pantalla es un profundo deseo, el de desarrollar una actividad que actúa como parte de una búsqueda que rige los días de la protagonista. «Mi trabajo con esta película fue hecho con una realidad de por medio muy fuerte, donde toda la coyuntura social y política no quedó atrás en el proceso. Si bien hay cosas complicadas como el financiamiento para hacer cualquier cosa en el cine de nuestro país, también filmar en un lugar como la Isla Maciel fue compleja y mucho más lo fue en el tiempo. Fue un trabajo humanamente muy duro, y hasta llegué a pensar que nunca iba a terminar la película. Hoy es muy gratificante haberla terminado, pero también llegar a un estreno como al que llegamos ahora es muy simbólico, sobre todo porque siento que en líneas generales estamos sacando la cabeza afuera», afirma Sabrina Blanco.
El origen del film encuentra un primer impulso en el terreno del trabajo social, una actividad que Blanco desarrolló en una primera instancia en la Villa 31: «Soy feminista y siento que hay cosas del movimiento que no llegan a todas las clases sociales, por lo pronto es más difícil ser feminista en los lugares postergados. Me propuse escribir una historia sobre esta etapa que estamos viviendo las mujeres pero desde un lugar más íntimo y en el marco de un contexto marginal. Pensé en la Maciel porque había algo de la contaminación del lugar y todo lo que sucede ahí que tiene mucho de estigma. No quería hacer un documental sino una ficción, contar lo que pasa ahí con los chicos y chicas, algo que claramente las noticias no te muestran. Quise correrme de la violencia explícita y las drogas, algo que el barrio tiene muy cargado, pero para contar otra historia, la de una chica que lucha por querer desarrollar un trabajo de hombres y todo lo que eso significa».
Filmar en un espacio sensible por lo que cuenta la directora, de por sí hace pensar en cómo fueron las características de las sesiones de trabajo, algo que a priori no parece haber sido algo sencillo. «La clave del trabajo fue hacer mucha preproducción, al punto que empecé a ir al barrio unos tres o cuatro años antes de filmar. Así conocí a la gente de la escuela, de la salita de salud, a padres de la escuela, y de esa forma se armó una logística vincular mucho tiempo antes de llevar las cámaras. Armé charlas para contarles a ellos que se haría una película, cómo sería, y todos cooperaron con eso porque la seguridad la hizo gente del barrio, el catering también y los asistentes de producción eran de ahí».
De esa forma Blanco fue encontrando una complicidad que terminó jugando a su favor, algo que puede intuirse en plena pantalla, sobre todo al esquivar una mirada del lugar casi de raíz antropológica. «La idea era derribar eso de poner una cámara, captar lo que pasa y listo, llevarte el material a un festival de cine. Me quise correr de todo eso porque no quería un factor de observación y chau, por eso quería a la ficción y no al documental. Pero de todas formas no fue fácil porque cuando no pertenecés a un lugar todo se puede complicar. La idea de hacer una película era normal para nosotros, pero para ellos no iba a serlo. ¿Por qué y para qué nos vas a filmar? ¿Qué perseguís? Esas podrían haber sido las preguntas, pero para evitarlas es que se laburó con tanto tiempo de anticipación», concluye la directora. «
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