Especialistas explican la incidencia del cambio climático en los fenómenos extremos europeos y cómo se lo subestima.

“Las condiciones secas de yesca y el calor extremo están exacerbando el riesgo de incendios forestales y los pronósticos de peligro de incendio”, confirma Carlo Buontempo, director del Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S) de la Unión Europea. A diferencia de otros fenómenos meteorológicos extremos, el científico señala que la conexión de las olas de calor con el cambio climático causado por actividades humanas “es más directa y más fácil de establecer”. La Doctora Friederike Otto, climatóloga y profesora del Instituto Grantham en el Imperial College de Londres, explica que “las olas de calor ya son más calientes, más comunes y más duraderas debido al cambio climático causado por la quema de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas, y la destrucción de hábitats ricos en carbono como las selvas tropicales”. Está convencida: uno de los principales obstáculos para salir de la crisis es el hecho de que el cambio climático se presentó durante mucho tiempo como “un problema futuro” y no una realidad. Pero el futuro llegó hace rato.
Pese a que en 2021 la Agencia Internacional de Energía afirmó que “no se necesitan nuevos campos de petróleo y gas natural” para alcanzar las cero emisiones netas en 2050, el Reino Unido, por ejemplo, tiene decenas de proyectos hidrocarburíferos en el mar del Norte. Alemania volvió a encender sus centrales eléctricas de carbón –la tecnología más contaminante– por el recorte en el suministro del gas ruso. Junto a Francia y Polonia, fue de los que más presionó para que el Parlamento Europeo clasifique como “actividades económicas ambientalmente sostenibles” la energía nuclear y el gas.
Para Otto, “etiquetar el gas como verde es incorrecto”. Lo que se llama “gas natural” es un combustible fósil compuesto principalmente por metano, treinta veces más potente que el dióxido de carbono para atrapar el calor. Si se trata de detener el calentamiento global, la especialista recomienda “reducir drásticamente su uso”.
¿Cuál es la salida?
La emergencia europea es la crónica de una crisis anunciada durante décadas. Según científicos de la Universidad de Stanford, subas de 1,5° y 2° C a nivel global pueden llevar a impactos climáticos “severos y generalizados”, como sequías intensas, olas de calor extremas, inundaciones costeras, malas cosechas y extinciones. Buontempo agrega las emisiones derivadas de los incendios. Un círculo vicioso.
“No soy un político –remarca el director del C3S– pero la evidencia es clara. Lo de estos días en Europa es totalmente coherente con nuestra comprensión de cómo funciona el sistema climático. Mientras que los sistemas meteorológicos van y vienen, esta implacable secuencia de eventos récord es difícil de explicar en ausencia de una clara tendencia al calentamiento en el sistema climático”. Europa se ha estado calentando mucho más rápido que el promedio mundial: «que yo sepa, la única solución a largo plazo para reducir los riesgos asociados al cambio climático pasa por una reducción de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera”.
Para Otto, si se quiere evitar que las olas de calor se vuelvan cada vez más mortales, “el mundo debe dejar de extraer y quemar combustibles fósiles lo más rápido posible”. La climatóloga menciona el lobby fósil y apunta a los intereses financieros en juego por haber hecho “más fácil para los gobiernos y muchas personas fingir que podrían ignorar el cambio climático por un poco más de tiempo, en lugar de abordar el problema de cambiar a energía limpia”.
Todos los estudios de los últimos años, coinciden en que el cambio climático inducido causado por el hombre no sólo produce variantes en duración e intensidad de los fenómenos. Por caso, las olas de calor aumentaron su ritmo en una proporción de tres a cuatro veces más que en otros sitios del hemisferio norte. Un ejemplo es que la temperatura media global ha aumentado casi un 1,2° desde el siglo pasado.
Según la Organización Metereológica Mundial la temperatura más alta jamás registrada en Europa había sido de 48° en Atenas, la capital griega. Fue el 10 de julio de 1977. Sin embargo, ya el año pasado se estableció un nuevo récord europeo, el 11 de agosto, en Sicilia, Italia, durante una ola de calor que azotó al país. En esa ocasión se llegó a los 48,8°. Los registros también señalan que en Turquía se sufrieron 49°, aunque esa temperatura se midió en la parte asiática del país.
Esta vez el fenómeno no sólo apunta al sur continental, aunque esa región se registren los valores más altos. En España y Portugal comparten el récord de 47,4°, mientras el de Francia es de 46°. Alemania cuenta con 41,2° como máximo registrado, 0,3° menos que Suiza. Los países balcánicos no zafan de este sufrimiento. Bosnia y Herzegovina tiene un registro de con 46,2°; Macedonia, 45,7°; Bulgaria, 45,2° y Croacia, 42,8°. En Rusia, la temperatura esta semana llegó a 45,4°. Por su parte, Islandia tiene el récord más bajo del continente con un máximo histórico de 30,5°.
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