«Cuál es tormento», una novela que no admite la indiferencia

Por: Mónica López Ocón

Sigrid Nunez sigue apostando a través de su literatura a despertar la sensibilidad un tanto adormecida del mundo contemporáneo.

Primero lo hizo con El amigo, la novela que la catapultó a la fama internacional y con el ganó el National Book Award. Ahora lo hace con Cuál es tu tormento, una novela que se asoma sin solemnidad  a la historia de una mujer con una enfermedad incurable que la empuja a la muerte voluntaria.

Como acápite de su novela Cuál es tu tormento la escritora neoyorkina Sigrid Nunes transcribe una frase de Simone Weil: “La plenitud del amor al prójimo estriba simplemente en ser capaz  de preguntar `Cuál es tu tormento`”.

La frase tiene por lo menos dos presupuestos: que todo el mundo sufre y que no siempre ese sufrimiento es escuchado. La protagonista de esta novela comprende cabalmente la frase de Weil y podría decirse que toda la novela es un desarrollo de esa frase.

La protagonista y su amiga son dos escritoras. La amiga tiene  un diagnóstico de cáncer y vive rodeada de soledad. Con su única hija tiene una mala relación, razón por la que no la ve nunca y esta es totalmente ajena al rápido avance de su enfermedad. Su amiga es la única que la escucha y por eso le ha pedido que la acompañe en las instancias finales de la decisión que ha tomado: matarse antes de que el cáncer le quite la totalidad de lo mucho que ya le ha quitado. No quiere llegar al momento en que el dolor físico y psíquico sea insoportable.

Pese a lo que podría pensarse, la vida sigue colándose en todos los intersticios de la existencia de ambas y en alguna oportunidad, las dos con un poco de alcohol encima, son capaces de reírse como si no estuvieran sumidas en una situación trágica.

Cuando se acerca el momento, alquilan una casa para pasar los momentos finales  hasta que la amiga se decida a tomar la decisión de beber la sustancia que la llevará de este mundo, sustancia que, curiosamente, olvida en el momento de partir hacia la nueva casa y debe volver a buscarla. El olvido, sin duda, marca hasta qué punto el impulso de vivir se impone a veces a las decisiones más razonadas y definitivas. La amiga enferma, según lo convenido, tomará la decisión cuando se sienta preparada para hacerlo, sin avisarle previamente a su acompañante. Pero la muerte no se produce en esa casa  y ambas vuelven al lugar de partida.

Al momento de terminar la novela, esa muerte no se ha concretado aún.

Entre otras cosas, la historia muestra hasta qué punto hasta la muerte puede ser más llevadera e incluso no expulsar el humor, cuando se puede compartir las instancias previas con alguien que no juzga, no trata de torcer las decisiones ni alienta falsas esperanzas de recuperación, es decir, cuando hay empatía con el sentimiento más profundo del otro y se dejan de lados las consabidas recetas del consuelo que, en realidad, no consuelan a nadie.

Aunque la edad y la profesión de la mujer empática decidida ayudar a morir a su amiga coincidan con la de la autora, no se trata de una autoficción,  de un escrito biográfico. Esto resulta evidente en la novela porque en ella se nota que la autora no acota su fantasía, sino que más bien la desarrolla al máximo. Por otra parte, la propia autora lo declaró así varias veces, en una de ellas lo hizo en Babelia, suplemento del diario español El País. “Me encanta la autoficción como lectora –afirmó-, pero no es una palabra con la que me sienta cómoda como escritora. En la autoficción, el autor cuenta su vida, mientras que yo me invento muchas cosas”. Aunque reconoce: “Pero la narradora tiene mi edad y mi trabajo. Su sensibilidad es la mía. Cuando piensa, siente y habla, lo hace con mis pensamientos, sentimientos y opiniones.” 

A esta observación de Nunez podría contestarse que incluso la literatura “basada en hechos reales” como se aclara muchas veces tanto en ciertos libros como en ciertas series como si fuera un valor agregado, son ficciones. Contar un hecho que ocurrió es narrarlo desde cierta perspectiva, desde cierta subjetividad. Es decir, narrar es siempre, inevitablemente, convertir incluso lo realmente ocurrido en ficción.

El humor es un rasgo característico de Nunez tanto en Cuál es tu tormento como en El amigo. Esto, aunque no se lo proponga, es una suerte de llamado a deponer las etiquetas definitivas que les ponemos a las cosas. La enfermedad, la decisión de morir, por supuesto, aceptan la etiqueta que diga “Trágico”, pero Nunez muestra que aún en esas circunstancias extremas es posible el descubrimiento, la profundización de una amistad, el traer al presente hechos risibles del pasado, tener destellos de paz y hasta de cierta felicidad, una palabra que parece que solo puede usarse con un sentido absoluto.

 En fin, lo que Nunez postula es que, si es posible establecer una comunicación profunda con alguien, toda persona sigue viva hasta su muerte. La frase puede sonar rara si nos atenemos a la palabra “viva” solo como función biológica, pero no lo es si la consideramos como la posibilidad de no renunciar ni a lo malo ni a lo bueno que pueda darnos la existencia en esas circunstancias.

El éxito de Nunez con El amigo no sorprende, como tampoco sorprende el de Cuál es tu tormento. En medio de un mundo cada vez más individualista en el que rige el sálvese quien pueda, Nunez muestra la posibilidad en ambas novelas de dejar de mirarnos el ombligo para poder ver a los otros.

El amigo es un hermoso llamamiento a deponer nuestra soberbia de humanos y comprender que un animal puede enriquecer nuestra vida afectiva, ofrecernos felicidad, amor y también comprensión aunque esta no se dé en los términos en que estamos acostumbrados a pensarla.

Por su parte, Cuál es tu tormento invita no al sacrificio, sino a la empatía, a comprender que aun en las circunstancias más difíciles todos –incluidos nosotros mismos-  tienen algo para ofrecer.

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