Acaba de publicarse Cerca del apocalipsis (Ciccus), de Alberto López Girondo, que describe el inicio y desarrollo del conflicto. Aquí, un adelanto: parte de la introducción y del capítulo inicial.

Sin embargo, el 24 de marzo de 1999, la OTAN comenzaba el bombardeo de Belgrado, que duraría hasta el 10 de junio, la “frutilla del postre” para una sangrienta guerra civil en los Balcanes que se había iniciado cuando se disolvía la URSS. El 9 de agosto de ese mismo 1999, en Moscú empezaba la primera gestión de Putin, quien se dedicaría a construir su liderazgo —que no abandonaría hasta hoy— y a reconstruir el de Rusia como gran potencia mundial. Mientras tanto, Estados Unidos, que se había convertido en el “Gran Hegemón”, avanzaba en su proyecto de ser el imperio global del siglo XXI. ¿Casualidades?
En lo que va de este siglo, se produjo el ataque a las Torres Gemelas, la emergencia de los países de BRICS y, fundamentalmente, de China como la única potencia capaz de rivalizar cara a cara con EEUU; las desastrosas invasiones de Irak y Afganistán, la era de la vigilancia global y de los ejércitos mercenarios privados, una profunda crisis financiera de la que el mundo no se restablece, un período virtuoso de integración sudamericana y una operación de limpieza étnica israelí en Palestina. Todo eso en el marco de un lento pero persistente derrumbe del imperio estadounidense y de sus principales armas: el dólar y el liderazgo militar.
Hasta las elecciones del 5 de noviembre de 2024, en Estados Unidos, era perceptible una unidad de criterios dentro de la OTAN, y durante la última parte de la administración de Joe Biden, el reloj del apocalipsis comenzó a acercarse velozmente a la medianoche; esto indicaría el fin de la humanidad. El aplastante triunfo del extravagante magnate inmobiliario Donald Trump pareció dar vuelta todo. Pero no pasó mucho tiempo para el regreso de esa peligrosa “normalidad”.
Los cuatro años de su primer mandato y los cuatro de su travesía por el desierto fuera de la Casa Blanca le enseñaron que no iba a tener mucho tiempo para concretar sus planes, los cuales se basan en el lema de “Hacer Grande Nuevamente a EEUU.” (MAGA, en inglés) y recuperar la “era dorada” con guerras arancelarias, mucho maltrato sobre todo a los aliados, una rearticulación de su aparato imperial y un objetivo bastante explícito de que el resto del planeta pague la astronómica deuda pública generada por décadas de guerras inútiles. Y perdidas.
Si el 4 de noviembre de 2024, el mundo parecía encaminarse hacia una confrontación nuclear de la organización atlántica contra Rusia, de la que difícilmente China podría quedar al margen, un día después comenzó a tomar vuelo la estrategia que el presidente electo —en el colmo de su optimismo— se había propuesto: terminar con la guerra de Ucrania en 24 horas. Los líderes europeos —que junto con los demócratas habían acelerado todo lo que pudieron el conflicto como para dejar un campo minado— quedaban, de este modo, colgados de un pincel y afuera de una mesa de negociaciones directas entre Washington y Moscú: una mesa que semejaba un Yalta 2.0, y ellos con “la ñata contra el vidrio” y amenazando continuar una guerra por las suyas, repitiendo increíblemente el mismo caos destructivo del continente en el milenio posterior a la caída del Imperio romano. Y que desde 1945, a los tumbos, fue controlando el imperio angloamericano.
Pero el 13 de junio de 2025, Israel lanzó sus primeros ataques contra el aparato científico nuclear de Irán. Unos días más tarde, Trump era otro: ordenó destruir la base de enriquecimiento de uranio de Fordow, a un centenar de metros bajo la superficie. En ese preciso instante, sus principales apoyos dentro del movimiento MAGA, —desde el ideólogo ultraderechista Steve Bannon hasta el periodista Tucker Carlson– le bajaron el pulgar. Trump se había rendido a la voluntad del lobby israelí y al “Estado profundo” contra el que se había comprometido a luchar.
Las preguntas claves serán: ¿Cómo se llegó a esto? ¿Es posible evitar otra catástrofe? Y para los que vivimos en esta parte del mundo, ¿cómo afectará a la Argentina y a América Latina una nueva Guerra Mundial, con la amenaza de gobiernos, como el de Javier Milei, que se acoplan sin fisuras a lo que se decida en el Salón Oval y a las ansias expansionistas del Gobierno de Israel? ¿La guerra se dará entre lo que queda de Occidente y Rusia-China o los BRICS —al que renunció el Gobierno argentino no bien asumió Milei, en diciembre de 2023— serán el enemigo?
(…)
En 1994, el historiador británico Eric Hobsbawm publicó La edad de los extremos: El corto siglo XX. Una profunda revisión del período que va de 1914 a 1991. Es decir, desde la Primera Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética y la caída en simultáneo del bloque del “socialismo realmente existente”, como recalca el académico, cuya tumba está ubicada en el cementerio de Highgate, en Londres, a metros frente a la de Carlos Marx. Vaya deseo póstumo.
Cuando se cumplieron tres décadas de esa publicación, y en medio de dos guerras de consecuencias impredecibles, en Ucrania y en Medio Oriente, hay algunos párrafos de aquel trabajo memorable de Hobsbawm que despiertan todos los fantasmas. Fundamentalmente si se tiene en cuenta que la Organización del Tratado del Atlántico Norte bate parches de una escalada contra Rusia mientras Israel no cesa en su limpieza étnica de Palestina, lo que arrastra al mundo a una nueva conflagración, esta vez, con el riesgo cierto de un holocausto nuclear.
¿Por qué, pues, las principales potencias de ambos bandos consideraron la primera guerra mundial como un conflicto en el que sólo se podía contemplar la victoria o la derrota total? —se pregunta Hobsbawm sobre aquel inicio del siglo xx—. La razón —afirma— es que, a diferencia de otras guerras anteriores, impulsadas por motivos limitados y concretos, la primera guerra mundial perseguía objetivos ilimitados. En la era imperialista, se había producido la fusión de la política y la economía. La rivalidad política internacional se establecía en función del crecimiento y la competitividad de la economía, pero el rasgo característico era precisamente que no tenía límites.
¿Suena a algo actual? Pues claro, pero sigue…
De manera más concreta, para los dos beligerantes principales, Alemania y Gran Bretaña, el límite tenía que ser el cielo, pues Alemania aspiraba a alcanzar una posición política y marítima mundial como la que ostentaba Gran Bretaña, lo cual automáticamente relegaría a un plano inferior a una Gran Bretaña que ya había iniciado el declive. Era el todo o nada. En cuanto a Francia, en ese momento, y también más adelante, sus aspiraciones tenían un carácter menos general pero igualmente urgente: compensar su creciente, y al parecer inevitable, inferioridad demográfica y económica con respecto a Alemania. También aquí estaba en juego el futuro de Francia como potencia de primer orden.
Si se cambian los nombres de los países —o mejor dicho de los bloques— por Estados Unidos-Unión Europea y Rusia-China-BRICS, el resultado da que hay dos trenes a punto de chocar y nadie parece dispuesto a evitarlo.
Pongamos un caso. El presidente Emmanuel Macron mostraba, en los primeros meses de 2024, una beligerancia contra Rusia que no se le conocía en años anteriores, al punto que desde el 24 de febrero de 2022, cuando Vladimir Putin anuncia el inicio de la OME en Ucrania, era uno de los mandatarios europeos más proclives a mediar para que la situación no se saliera de cauce. Para fines de junio de 2025, junto con el primer ministro británico Keir Starmer y el flamente canciller alemán Friedrich Merz fue de los más encendidos promotores del armamentismo europeo que devino en el compromiso de los 32 países miembros de la OTAN de elevar sus gastos militares al 5% de su Producto Interno Bruto hacia 2035. (…). «
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