Cuando el boom de la cerveza era cooperativista

Por: Gabriela Cerioli

En la primera mitad del siglo pasado creció la industria cervecera a niveles inimaginados. La cooperativa Nueva Cervecería Argentina marcó una época mientras Quilmes se afianzaba como una ciudad industrial.

Antes de que terminara el siglo XIX, José María Franco llegó con 18 años al puerto de Buenos Aires desde La Coruña, huyendo de su destino familiar como pescador: aborrecía el mar que le había quitado la vida a varios de sus coterráneos. “Cuando repicaban las campanas de la Iglesia de Rianxo en medio de la noche, sabíamos que otra barcaza había naufragado”, recordaba y se estremecía.

José María se instaló en un conventillo de La Boca y trabajó primero como lavacopas y después como mozo en un típico bar gallego de Barracas. Pasaron algunos años y, a base de privaciones y penurias, logró comprar una casa con local a la calle en Boedo. Entonces se casó y se mudó al barrio del tango. Allí instaló su propio negocio de embotellado y despacho de bebidas alcohólicas. Era una actividad próspera, en la que pronto se vio involucrada toda la familia: María, su esposa, y sus cuatro hijos Mercedes, Alberto, Zulema y Amelia. Todos trabajaban con él de sol a sol en pos de un negocio en el que se le fue la vida.

En el local de la calle Carlos Calvo y Quintino Bocayuva recibían toneles, embotellaban y distribuían. Los acompañaba Lola, una yegua tan mansa que al atardecer se iba sola a descansar a su establo de la vuelta.

Los hijos de José María iban a la escuela por la mañana; por la tarde, lavaban botellas, las rellenaban y atendían el local. Mercedes, la hija mayor, adquirió nociones de contabilidad para organizar el comercio.

Todo iba viento en popa hasta que se desató la Gran Depresión, de la que Argentina no salió ilesa. Sin embargo, dicen que las crisis dan origen a salidas creativas y búsqueda de oportunidades donde parece no haberlas. Eran los primeros años luego del crack del ’29, cuando un grupo de argentinos e inmigrantes europeos que habían llegado al país para dejar atrás las miserias de la Primera Guerra Mundial decidieron aunar pequeños ahorros y sobre todo mucho esfuerzo bajo el manto de una cooperativa. Algunos haciendo lo que sabían, otros demostrando buena voluntad para aprender, todos portadores de una ilusión: la alianza de cooperación iba a funcionar.

José María, invitado a una primera reunión por uno de sus proveedores, no lo dudó. Con su entusiasmo contagió no solo a su familia, sino también a amigos, otros proveedores y muchos clientes. La idea se propagó de tal manera que casi 6 mil personas aportaron sus pequeños capitales.

De leyes y cooperativas


El cooperativismo hizo su aparición en la Argentina de la mano de las primeras oleadas de inmigrantes europeos a fines del siglo XIX. Su primera expresión legal se enmarcó en la reforma del Código de Comercio de 1889, cuando por disposición del Congreso se incorporaron los artículos 392, 393 y 394 sobre sociedades cooperativas. En esos artículos se contemplaba que, independientemente del número de acciones que poseyese, a cada socio le correspondía un voto y se aceptaba que las cooperativas se estableciesen bajo cualquiera de las formas societarias mercantiles consagradas. Todo esto motivaba la fácil confusión de las cooperativas con entidades de diversa índole y que se usase la denominación de cooperativa sin que necesariamente lo fuese.

En 1926 se promulgó la ley 11.388 que fijó las condiciones para la existencia legal de las cooperativas. Ya en 1928, una estadística del Ministerio de Agricultura revela la existencia de 79 cooperativas urbanas ubicadas con preferencia en la Capital Federal y provincia de Buenos Aires.

Cerveza argentina

Bajo el nuevo régimen cooperativo nació la fábrica de cerveza y maltas Nueva Cervecería Argentina S.A., única por sus características en Sudamérica, en la que José María Franco fue uno de los directores, junto al ingeniero y químico Hans Wernaer y Juan Govi, a cargo de la administración.

¿Por qué “Nueva”? Es que en 1888 el alemán Otto Bemberg había fundado la Cervecería Argentina, que el 31 de octubre de 1890 «tiró» el primer chop. Desde entonces comenzó a venderse con la marca “Quilmes”, que rescataba el antiguo nombre indígena de la localidad en la que había instalado su fábrica.

Mientras en 1925 la compañía de los Bemberg ya había inaugurado 9 sucursales en Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba, en Mataderos se erigía la planta de la cooperativa dispuesta a competir y hacer crecer el mercado. “En la década de 1930, la fábrica de Quilmes era considerada una verdadera ciudad industrial”, destaca hoy la centenaria empresa en su página web. La Nueva Cervecería Argentina, que recién arrancaba, no se quedaba atrás.

Haber podido levantar una fábrica de las características de la Nueva Cervecería Argentina y ponerla en marcha con los aportes de 5.985 socios de todo el país fue una hazaña de una envergadura tal que la revista Caras y Caretas le dedicó un fascículo especial cuando la planta industrial se inauguró. Destacaba que se trataba de “una industria que honra a la Argentina” y que “el establecimiento es uno de los mejores de Sudamérica”.

La inauguración de la fábrica, que ocupaba 12.000 metros cuadrados e incluía un edificio de 5 pisos en Saladillo 2275, ocurrió en el verano de 1933. “Posee una sala de cocimiento y de producción para 1.500 hectolitros de cerveza por día, lo que es 150.000 litros diarios”, informaba la publicación. El viajado cronista de Caras y Caretas a cargo de la edición especial contaba que “los que hemos visitado muchas industrias similares y conocemos la grandiosidad con que se instalan las cervecerías europeas, quedamos admirados por lo imponente que es este edificio, con sus instalaciones”.

Calderas de maceración, de cocimiento, de filtración, de enfriamiento, molinos, silos, depósitos, salas de almacenamiento, laboratorio químico, condensadores de amoníaco –enfriados continuamente con duchas de agua-, salas de fermentación con enormes tinas de roble de Eslavonia, salas para la preparación de la levadura, sótanos con cámaras frigoríficas constantemente a 1 grado y la sección de botellería, eran parte de esas instalaciones. También contaba con talleres propios de  metalurgia y carpintería.

“Se trabaja 24 horas diarias con cuatro turnos y descansos compensatorios, previsto por las leyes obreras vigentes”, señalaba Caras y Caretas, que a la vez halagaba al directorio: los administradores son “personas modestas y de trabajo, rudas, de carácter quizá poco sociable y ‘diplomático’, criollos de ley, muchos de ellos hechos al ejemplo de extranjeros que han formado parte en muchos directorios y han sabido llevar sus industrias a una altura insospechable”.

No sólo cerveza, también malta


La Nueva Cervecería Argentina fabricaba cerveza negra (“obscura”), de tipo “Munich”, bajo la marca “Cerveza Mayo”: en su etiqueta había un gaucho que ofrecía un vaso de cerveza con la silueta de la fábrica por detrás. También producía cerveza rubia –“ámbar”-, tipo “Pilsen”, con el nombre comercial de “Blanca”. ¿Cómo era su etiqueta? “Una criolla con los brazos levantados, dentro de una profusión de colores argentinos”, destacaba Caras y Caretas.

Además, la cooperativa vendía malta “Mamita”, ”un producto menos alcohólico, más denso, más dulce, que posee propiedades nutritivas y fosfogenadas” y que “toman con preferencia las mujeres, niños y enfermos”. ¿Su etiqueta? Una madre que sirve amorosamente la malta a sus hijos.

Porvenir trunco

Ante una industria próspera, los intereses se multiplicaron fuera de la cooperativa. Y la fábrica de Quilmes, que llevaba algunos años de ventaja, comenzó a implementar una competencia desleal mediante lo que en economía se conoce como dumping. “Los Bemberg vendían por debajo del costo”, se quejó José María Franco hasta su muerte, años después de que sus sueños cooperativos fueran destruidos por una empresa que hasta prefirió perder dinero para adueñarse del mercado.

Las acciones terminaron archivadas en el mismo baúl con el que José María había cruzado el Océano Atlántico. En la década del ‘40 , ante la mirada resignada de José María, sus nietas, Ana María y Marta Palumbo –hoy de 76 y 74 años, respectivamente-, jugaban con esas desvalorizadas papeletas a ser accionistas de una fábrica que no llegaron a conocer.

Hoy que las cervecerías artesanales proliferan por doquier, ¿habrá alguna capaz de ser la noble heredera de la mayor cooperativa cervecera de esta parte del continente?

Ya hay algunas experiencias de emprendimientos colectivos. El tiempo, el consumo y el dólar mostrarán su capacidad de resistencia.

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