Cuando la poesía es una trinchera

Por: Martina Delgado

En “Mi barrio y Latinoamérica” Pablo López Fiorito empuña la palabra poética como una forma de militancia contra el sentido común realizada desde el territorio propio. Una edición de Publicaciones del Sur con un importante valor agregado: prólogo de Horacio González.

“Dos presencias de Dios, dos realidades de tan segura eficacia reverencial que la sola enunciación de sus nombres basta para ensanchar cualquier verso y nos levanta el corazón con júbilo entrañable y arisco”. La cita es de Borges, del ensayo La pampa y el suburbio son dioses. Hay, en la frase y en el título, cierto parentesco con el libro de Pablo López Fiorito: dos espacios se unen, y en ese camino, una pasión deliberada por lo propio y lo cercano, lo de más acá, va abriendo paso a la escritura.

Por poeta, pero principalmente por militante, Pablo López Fiorito escribe desde las bases, a partir del territorio. Y lleva adelante “un programa de las tareas espirituales”, que no sólo busca ser una trinchera frente al automatismo de las rutinas (vitales, laborales, políticas), sino también, y quizá por eso mismo, se convierte en el espacio desde donde reescribir el sentido común o, más bien, un sentido diferente de lo común, de lo que atañe a todos, ¿y qué puede ser más colectivo que el lugar que habitamos? “No lo piense/ni una/ni mil veces/vengase al tercer mundo/Deje atrás/a la desvencijada/ sociedad occidental/esa que no tiene/nada por cambiar/y mucho por perder/Ni se le ocurra dudarlo/aquí, en el subdesarrollo, /está el mañana”, arenga, en uno de sus poemas, a un otro al que trata de “usted” e invierte algunos términos: todos esos motivos que podrían hacer de Latinoamérica un lugar hostil para vivir son, justamente, los que permiten reconstruir el futuro.

 A la promesa tercermundista, cuya expresión paradigmática es la revolución (el poemario la interpela todo el tiempo, siempre de forma alusiva), van añadiéndose la desmoralización de los imperios y las contradicciones de la militancia. Y en ese sentido, como dice en su prólogo Horacio González siguiendo a Ludmer, Pablo López Fiorito se vale de dos tonos que vienen de la gauchesca y han encontrado sustento, también, en otras tradiciones poéticas nacionales como el tango y la milonga: el desafío y el lamento.

Pareciera como si el poeta estuviera jugando siempre con la conjunción entre dos: tonos, espacios. Hay sin embargo un vértice oculto en el título del libro, pero presente, aunque muchas veces implícito, en sus poemas: el interés amoroso, que acaso por superstición o tal vez por imposibilidad del lenguaje, sea mejor no terminar de nombrar, de la misma manera que la revolución. A fin de cuentas, como se preguntó alguna vez César Vallejo, ¿qué se llama cuanto heriza nos?

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