¿Hasta qué punto puede una economía bloqueada y sin recursos resistir tal asfixia extrema?

Cabe preguntarnos, ¿Hasta qué punto puede una economía pequeña, bloqueada y sin recursos resistir una asfixia extrema sin colapsar en una crisis peor que la del Periodo Especial? ¿Podrá el sistema socialista cubano resolver los enormes problemas de la población cubana y continuar garantizando su proyecto de justicia social y dignidad plena? ¿Cómo preservar los grandes programas sociales de la Revolución, la calidad de la salud y educación sin los recursos y materiales necesarios? ¿Es el socialismo un dogma o una construcción dialéctica?
Recientemente la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba (Parlamento) aprobó un paquete de 176 medidas consistentes en 23 ejes temáticos de transformación económica y social. Las reformas incluyen formas de gestión no estatal, relaciones de propiedad, planificación financiera de mercado, transición energética, descentralización de la economía, autonomía municipal, flexibilización del comercio exterior, importación de insumos y materias primas, fondo de protección social, apoyo intersectorial, dolarización parcial, reforma tributaria y cambiaria, política de precios, modernización del sistema bancario y financiero, control e inspección contra la burocratización y corrupción, nuevas modalidades de inversión en turismo y exportación de servicios profesionales en tecnologías digitales e inteligencia artificial.
Esta apertura económica ha generado una serie de contradicciones y discusiones dentro y fuera de la isla. La mayoría del pueblo cubano consciente de su humanidad viviente –como diría el Che- ha advertido que sin una recuperación y sustentabilidad económica no se podrá preservar el socialismo, la soberanía y la justicia social alcanzada. La tradición marxista latinoamericana así lo plantea, sin una base material, sin el desarrollo de las fuerzas productivas, sin una distribución de las riquezas no es posible garantizar el mejoramiento de las condiciones de vida de las personas.
Fuera de la isla, EE UU y la derecha transnacional presentan las nuevas transformaciones como el síntoma de un Estado fallido, culpando al sistema socialista de la crisis y de una supuesta incapacidad para resolver los problemas por sus propios medios. Este ensañamiento contra el pueblo cubano es manipulado por un bloque mediático hegemónico —financiado por el Departamento de Estado y diversas ONG— que promueve y alimenta la idea de una intervención militar del Pentágono, bajo el pretexto de implantar en la isla el paradigma liberal de los DD HH, la democracia y la libertad. Sin embargo, estas acciones de restauración colonial, que insisten en considerar a nuestra América como el patio trasero, han sido caracterizadas por la Asamblea General de la ONU como una violación flagrante y sistemática de su Carta, del derecho internacional y del espíritu del multilateralismo (ONU, 2022b, 2022c).
Entre 2024 y 2025, las afectaciones causadas por el bloqueo de EE UU contra Cuba aumentaron un 49%, provocando pérdidas por 7556 millones de dólares. A lo largo de más de sesenta años, el costo acumulado para la sociedad cubana alcanzó los U$S 170.677 millones. Para dimensionar esta cifra, observamos que el Plan Marshall costó alrededor de 13 mil millones de dólares de la época para la reconstrucción de la Europa de posguerra, lo que equivale a unos 130 mil millones de dólares a precios actuales. Estas cifras comparativas revelan por qué el bloqueo sigue siendo el principal obstáculo para el desarrollo material de la isla, provocando graves carencias y golpeando directamente a sectores vitales como la salud, la energía y la alimentación.
Las afectaciones de esta política se traducen en un impacto directo sobre la vida humana. Cuba, históricamente reconocida a escala mundial por la excelencia de su sistema de salud y su colaboración médica internacional, mantenía en 2017 una tasa de mortalidad infantil de 4 por cada 1000 nacidos vivos; sin embargo, este indicador registró un alarmante incremento hasta alcanzar los 9,9 por cada 1000 al cierre de 2025. Por otra parte, la escasez de energía e insumos médicos ha provocado que la supervivencia de pacientes pediátricos con tratamientos oncológicos disminuya del 85 al 65% en lo que va del presente año. Esta crisis sanitaria acumulada mantiene a más de 100 mil personas en listas de espera quirúrgicas y de tratamiento, afectando gravemente a 5152 pacientes con cáncer y a 12 mil niños y niñas que aguardan por atención médica oportuna (MINREX, 2026).
Por su declarado propósito y el andamiaje político, legal y administrativo en el que se sustenta, el bloqueo de EE UU califica como un acto de genocidio, en virtud de la Convención para la Prevención del Delito de Genocidio de 1948 (ONU, 2022a).
Cuando el mundo fue testigo de la claudicación de banderas, del derrumbe de ideas y utopías, Cuba quedó sola iluminando con su estrella solitaria. Evidentemente, el culto de las y los cubanos sigue siendo el de la dignidad plena -apotegma martiano-. Entonces, una revolución socialista que en pleno siglo XXI se autocrítica, se rectifica, se profundiza y se actualiza, ¿no es acaso una revolución que lleva muchas revoluciones en su interior?
Hoy, Cuba ya no es la misma nación de los ’80 que disponía del respaldo del campo socialista; tampoco es el país de comienzos del siglo XXI que supo construir alianzas transversales con gobiernos progresistas y revolucionarios. De hecho, en el interior de la isla se proclama una consigna clara: “Vencer al bloqueo sin esperar que lo levanten”. Ante las nuevas transformaciones económicas y sociales, la fortaleza ideológica del pueblo y gobierno debe apuntar a lo refrendado en el artículo 4 de su Carta Magna: «El sistema socialista que refrenda esta Constitución es irrevocable».
La historia cubana ha demostrado que es posible entroncar la herencia decolonial, autóctona y latinoamericanista con el potente legado martiano, marxista, leninista y fidelista. Es, como supo marcar el pensador peruano José Carlos Mariátegui: “Ni calco ni copia, sino creación heroica”.
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