Si en un primer momento, tal como lo hizo Silvina Ocampo en “Jardín de infierno”, el feminismo invirtió los papeles dándole el protagonismo a la mujer, más tarde apuntó a cuestionar los estereotipos de lo femenino y lo masculino.

A Silvina Ocampo le fascinaba “Barba Azul”, el cuento de Charles Perrault, porque decía que había ahí dos pecados en pugna, la curiosidad y la crueldad. Se recordará la historia: un hombre rico se casa con una joven mujer. Viven juntos en un enorme castillo. Un día Barba Azul viaja y deja en manos de la esposa un juego de llaves con la única condición de que no use, por nada del mundo, la llave secreta, la que abre el gabinete del fondo.
¿Qué es más fuerte, la curiosidad o el temor al castigo? El cuento explota esta pregunta a través del suspenso. Por supuesto, la esposa desobedece y entra al gabinete; se inscribe ahí, en ese espacio, el sangriento destino de las otras mujeres, las que la precedieron.
En “Jardín de infierno” -publicado en Cornelia frente al espejo (1988)-, Silvina Ocampo reversiona la historia de Perrault. Pero no es Barba Azul, sino Bárbara la mujer-monstruo del cuento. El cambio de nombre forma parte de una decisión narrativa: la inversión de los géneros va a ser el núcleo de escritura de esta nueva versión. Lo que cuenta la trama: un joven estudiante de filosofía se deja encantar por una misteriosa mujer, se casan, viven juntos en un enorme castillo, hay una llave secreta, la mujer oculta algo, etcétera.
Este cuento puede inscribirse en una serie que la crítica feminista denominó “cuentos de hadas fracturados”, se trata de reversiones de los cuentos clásicos en donde el foco está puesto en la alteración de género. Si antes el valiente príncipe rescataba a la doncella, en estos cuentos es la doncella la que libera al joven; si antes el varón mataba y encerraba los cadáveres de sus esposas en un gabinete secreto, ahora es el par femenino el que somete y asesina al esposo.
La crítica feminista de cuentos de hadas tiene sus inicios en la década de los setenta en Inglaterra y en Estados Unidos. En la segunda ola del feminismo, comienza a haber una preocupación por estos relatos, en tanto son los primeros libros que leemos y forman parte del proceso de construcción de la subjetividad de niños y niñas. Escritoras y críticas literarias empiezan a realizar un trabajo doble. Por un lado, rastrean los cuentos clásicos y elaboran lecturas feministas, por el otro lado, escriben nuevas versiones, en donde se cuestionan los roles de género tradicionales.
Pero en estos nuevos cuentos, dicen Leslee Farish Kuykendal y Brian W. Sturm en We said feminist fairy tales, not fractured fairy tales!, no hay prácticamente reescrituras feministas, sino cuentos de hadas fracturados, es decir, se mantiene la estructura del pensamiento patriarcal y heteronormativo, pero se invierten los papeles.
La reescritura feminista, en cambio, va a realizar una deconstrucción de las historias heredadas, desestabilizando y revolucionando los estereotipos de género. En estos cuentos se deconstruye, por ejemplo, la idea de feminidad, eso que hace que ciertas cualidades estén indefectiblemente unidas y asociadas con la mujer, tales como la pasividad, la inocencia, la pureza y la belleza, y también la imagen de final feliz, que en los cuentos clásicos siempre conduce al amor heterosexual y al matrimonio.
Angela Carter, Margaret Atwood, Luisa Valenzuela, Tanith Lee, Anne Sexton y Suniti Namjoshi son algunas de las escritoras que realizaron reescrituras feministas de cuentos de hadas. Barba Azul tiene, en este mapa, otro protagonismo. Hay algo irreverente en una mujer que escribe con la llave del monstruo y derrumba un relato, para construir sobre los escombros otro castillo, lo suficientemente alto y resistente, desde donde arrojar la reescritura de la historia, de todas las historias.
Este breve cuento de Suniti Namjoshi realmente viene a cuento, valga la redundancia, de esta nota:
“A la quinta vez las cosas fueron diferentes. A ella le dio instrucciones, le dio sus llaves (incluida la pequeña) y se marchó solo. Exactamente cuatro semanas más tarde reapareció. La casa estaba limpia, el suelo encerado y la puerta que conducía al cuarto pequeño no se había abierto. Barbazul estaba pasmado.
-¿Pero no tuviste curiosidad? – le preguntó a su esposa.
-No – respondió ella.
-¿Pero no quisiste descubrir mis secretos más íntimos?
-¿Por qué? – preguntó la mujer.
-Bueno – contestó Barbazul-, es natural. ¿No quisiste saber quién soy realmente?
-Eres Barbazul y mi esposo.
-Pero las cosas de la habitación. ¿No quisiste ver lo que hay en esa habitación?
-No – dijo la criatura-. Creo que tienes derecho a un cuarto propio.
Esto lo enfureció tanto que la mató allí mismo. En el juicio, alegó provocación.”
(“Un cuarto propio para él”, cuento de Suniti Namjoshi, extraído de Fábulas feministas, (editorial Universitat Jaume I, traducción de Ana García Arroyo)
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