“Cuando mi mamá me anotó en el jardín de infantes, las maestras le preguntaban qué cosas podía hacer y qué no. Si podía hacer educación física con los demás nenes, si podía bailar en la clase de música, si podía tirarme del tobogán. El médico dijo: ‘A mí no me lo pregunten, pregúnteselo a ella. Julia les va a saber decir qué puede y qué no’” (Curvaturas. El dolor nunca tuerce el deseo, 2024).

—¿Cómo fue tu experiencia con los deportes en la infancia?

—Siempre hice deportes, desde chica y natación principalmente, pero por indicación médica. El deporte y la actividad física estuvieron relacionados a la idea de rehabilitación. En ese sentido, exponerme físicamente nunca fue del todo cómodo. Padecía mucho las clases de educación física en la escuela, me generaban angustia, no quería ir, me sentía siempre por fuera del grupo y no se hablaba mucho de diversidades. Las consignas de las clases eran: “Julia, hacé lo que puedas”. Hoy como docente lo pienso: en vez de planificar la clase para la totalidad del grupo tengo en cuenta todas las particularidades. Con el tiempo, encontré personas que me acompañaron desde otro lugar; ahora entreno gracias a una profesora que mira las posibilidades de mi cuerpo.

En Argentina, experiencias de este tipo se repiten como un loop violento: un entorno intolerante a los tiempos, las pausas y las formas del lenguaje corporal. “La gente no se banca que haya otras formas de hacer las cosas y, en pos de sostener esa idea de ‘normalidad’, prefieren que hablen las familias o lxs profesionales de la salud”, manifiesta Julia Risso Villani, de 31 años, locutora nacional, profesora de teatro, docente de nivel secundario, coordinadora de talleres de escritura y autora de Curvaturas, en una trayectoria personal marcada por la militancia peronista y un activo compromiso en el activismo disca.

La pedagogía gratuita del entorno agota; esa fatiga proviene de lo social y lleva nombre institucional: el nuevo Proyecto de Ley de Discapacidad impulsado por el Gobierno Nacional. Entre otros puntos, la iniciativa retoma una lógica de 1949 y busca reinstalar el criterio restrictivo de “invalidez laboral”, una decisión política que reduce la discapacidad a una cuestión meramente sanitaria, ignorando que está atravesada por la educación, el trabajo, el transporte y la recreación.

—En 2025 participaste del encuentro “Discapacidad y Barrios Populares” junto a Ian Moche, quien habla en primera persona sobre el autismo. ¿Qué urgencias aparecen cuando se piensa la discapacidad atravesada por la desigualdad territorial?

—Ian Moche y su mamá son dos personas muy importantes para la lucha de nuestro colectivo, por el aporte que significan y además por la disputa que encabezaron contra todo el séquito de trolls de Milei, quien cruzó un límite institucional al replicar en sus redes burlas que utilizaban la imagen de Ian para ridiculizar la neurodiversidad.

Por ponerse de ese lado de la mecha y respaldar el activismo de Ian, Julia también se convirtió en blanco de ataques en redes sociales. “Es la confirmación de que vivimos un clima de época donde se legitima la violencia y el odio, donde se puede decir cualquier cosa sin consecuencias y se busca silenciar a los cuerpos que incomodan”, sostiene.

Villani subraya un punto que no registran las instituciones: “Yo ya estoy en el mundo, no necesito que me incluyan, quiero que me registren”. Combate la admiración vacía que infantiliza. “Ninguna persona con discapacidad merece admiración solo por el hecho de serlo. Hay que sacarle esa cuota angelical que muchas empresas, organismos y marcas usan como si nos hicieran un favor”.

Esta disputa se enfrenta a la “imposición de la cura”, donde los dolores son corporales y sociales. La autora de Curvaturas describe cómo el sistema configura el deseo: “Al ver que a quienes no tienen su patología en la columna (Julia tiene cifoescoliosis congénita con agenesia de cuerpos vertebrales) todo les resulta más sencillo, la curación deja de ser un mandato médico para volverse el motor de la vida. Fue un proceso largo aceptar la condición propia y buscar alternativas colectivas para que el mundo me reciba igual”.

—¿Creés que la inclusión muchas veces se presenta como un maquillaje?

—Es difícil sostener un término que se utiliza con la lógica de traer al centro a los que están afuera, ya dando por sentado que las personas con discapacidad estamos en los márgenes o por fuera. Siento que la inclusión le otorga el poder a alguien de incluir, y me parece que esas jerarquías las tenemos que empezar a romper desde el discurso.

Frente a un sistema que excluye, Julia refiere que su autonomía empezó en casa. “Las barreras han sido externas, las pone el entorno”, afirma. Esa mirada se sintetiza en una frase que su mamá le repetía: “Hay que hacer lo mejor que uno puede con lo que tiene”, interpretándose como si no se tratara de juzgar si lo que tocó es bueno o malo, sino de aceptar el punto de partida. “Simplemente el universo barajó y son las cartas que me tocaron. Parte de mi aprendizaje, desde hace quince años, es jugar con esas cartas”, reflexiona.

En su rol como docente y escritora, Julia apuesta a una palabra que circule sin intermediarios y que incomode primero a docentes: “La formación flaquea mucho, necesitamos capacitaciones hechas por personas con discapacidad. Sin presupuesto no hay accesibilidad posible”.

Escribir, para ella, es “un acto solitario que se esfuerza mucho en colectivizar”. Como escritora utiliza una herramienta para poder narrar y, al mismo tiempo, tejer lo colectivo. En esa operación también se juega que la palabra circule sin intermediarios. Al final del día, preguntarle a ella —y no a su médicx, ni a su familia, ni al Estado— es registrar la diversidad y la caída de quienes ostentan el privilegio de hablar y decir por los cuerpos ajenos. «