Cumbre Biden-Xi Jinping y un golpe al hígado de Blinken

Por: Alberto López Girondo

Los que tienen en sus manos la responsabilidad histórica de que el mundo no se termine de ir al demonio por pujas globales.

Hay que ver el gesto del secretario de Estado, Antony Blinken, cuando el presidente Joe Biden responde una pregunta si se quiere insidiosa de una periodista, tras el encuentro con el mandatario chino, Xi Jinping. Está circulando en las redes y es de antología. Y eso que se trata de un avezado diplomático con años de experiencia que debió tejer pacientemente una limitada y a la vez esperanzadora reunión de los líderes de las dos potencias predominantes del momento. Los que tienen en sus manos la responsabilidad histórica de que el mundo no se termine de ir al demonio por pujas globales.

Así lo entendieron en Washington, cuando a través de los cuadros medios de la cancillería estadounidense, esa que comanda Blinken, le hicieron saber a sus pares del otro lado del océano que el actual inquilino de la Casa Blanca quería que Xi se diera un tiempito para asistir a la 30° Cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC, en inglés), un club en el que se reúnen desde 1993 los representantes de 21 países bañados por el Pacífico con el objetivo de coordinar políticas comerciales y financieras. Era la excusa perfecta para un encuentro a solas donde decirse las cosas cara a cara para limar asperezas, ante los conflictos en Ucrania y la Franja de Gaza, que podrían llegar a desmadrarse sin remedio.

La APEC tenía programada su cumbre en San Francisco. En la diplomacia de este nivel, resulta clave dejar en claro quién va al pie y Biden no quería aparecer ante la opinión pública de EE UU –y sobre todo de la oposición republicana cuando se inicia el año electoral–  como el que pedía la escupidera. Pero hubo mucho de eso. Y el saldo quedó reflejado en el resultado final, que puede tener gusto a poco, pero habida cuenta del escenario internacional y el contexto de EE UU, es considerable.

«Una relación estable entre las dos economías más grandes del mundo no sólo es buena para esas dos economías sino para el mundo», declaró Biden al finalizar un encuentro de algo más de 35 minutos que se realizó en la finca Filoli, a unos 50 kilómetros de San Francisco y donde se filmó la serie Dinastía en los años 80. Todo un mensaje.

Biden agregó que se había acordado que China controlará el flujo de los precursores químicos del fentanilo, que causa estragos en EE UU, y que se retomarán los contactos entre las fuerzas armadas de ambas potencias.

Xi fue más didáctico y dijo que en el futuro China y EE UU tienen dos opciones: cooperar para promover la seguridad y la prosperidad globales o aferrarse a una mentalidad de «suma cero», provocar rivalidad y llevar el mundo hacia la agitación y la división. También marcó la cancha: «China no tomará el viejo camino de la colonización y el saqueo, ni el camino equivocado de buscar la hegemonía con fuerza creciente. No exportará su ideología ni participará en actividades de confrontación ideológicas con cualquier país». Para China, repitió, Taiwán es una línea roja: «la reunificación es imparable», insistió. En un intercambio con empresarios, Xi apareció rodeado de CEOs de las más grandes corporaciones, que lo aplaudieron a rabiar. Había ejecutivos de Apple, MasterCard, Pfizer, FedEx, BlackRock.

Pero Biden siempre hace una de más y en la rueda de prensa, cuando le preguntaron si seguía considerando que Xi es un dictador, no tuvo mejor idea que decir: «Mire, lo es. Es un dictador en el sentido de que dirige un país comunista basado en una forma de gobierno totalmente diferente a la nuestra».

Blinken, entonces, se transfigura: parece que le hubieran pegado un gancho al hígado, aunque trata de no desencajarse. Búsquenlo en la web, no tiene desperdicio. Después, ante la cadena CBS, el funcionario diría: «No es un secreto que tenemos sistemas muy diferentes y el presidente habla con franqueza y en nombre de todos nosotros». Pero el daño ya estaba hecho.

La que habló posteriormente fue vocera de su par chino, Mao Ning, quien consideró que «esta declaración es extremadamente errónea y supone una manipulación política irresponsable». Pero apeló a la calma estratégica milenaria que caracteriza a su nación para concluir: «Siempre habrá algunas personas con segundas intenciones que intenten incitar y dañar las relaciones entre Estados Unidos y China».

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