Hasta el 1º de marzo puede visitarse en el Museo de Arte Moderno la exposición Dalila Puzzovio: Autorretrato, sobre esta artista, dibujante, ambientadora, vestuarista y diseñadora que rompió esquemas y que es clave desde los años ‘60.

¿Cómo recobrarla, ayer y hoy, cerca y más allá del Instituto Di Tella? ¿Cómo reimaginar a Puzzovio, nacida el 1º de enero de 1943, explorando a mitad de los años ‘60 nuevas formas del arte, de la moda y de la ambientación en las galerías y las marquesinas? Como un acto de justicia se lo propuso el Museo de Arte Moderno con la exhibición Autorretrato y la propia Puzzovio atesoró esta celebración de su recorrido, su legado y su vigencia: es una artista conceptual, diseñadora y emblema del pop-art que logró trascender definiciones.
“Sobre estos zapatos te plantás y te cambia la mirada”, dijo en 1967, al presentar su obra más famosa, Dalila Doble Plataforma: los zapatos de taco alto en colores fluorescentes que se exponían en el Instituto Di Tella y que a la vez podían comprarse en Grimoldi. Justo un año después de haber ganado en el Di Tella el Premio Nacional 1966 con su mega- autorretrato con su rostro pegado al cuerpo de la modelo alemana Veruschka von Lehndorff. Y dos años después de aquellos corsés de yeso que contenían universos muy distintos.
¿Cuáles? El primero, “La esfera del tiempo”, mostraba piezas y coronas; “Se dan clases de tejido a mano y a máquina” contenía almohadones y telas suaves; y “Jean Shrimpton, la plus belle fille du monde” homenajeaba a aquella famosa modelo británica de los ‘60. Pero en 1965, Puzzovio no se quedaría quieta: integró la compañía La Siempre Viva con su marido, Charlie Squirru, Marilú Marini, Edgardo Giménez y Alfredo Rodríguez Arias, para encarar los llamados Microsucesos: pequeños espectáculos paródicos de la cultura popular, la publicidad y la época, con estética camp, humor satírico y muchos recursos de la ironía.
No casualmente, Puzzovio instaló aquel mismo 1965, con Squirru y Giménez, un gran cartel publicitario en Córdoba y Viamonte. Allí, los tres aparecían con objetos de sus obras y una pregunta poderosa: “¿Por qué son tan geniales?”. Fue una acción publicitaria de un gran impacto mediático. Y aquellas fueron algunas de las creaciones -del arte, el consumo masivo y la cultura sin fronteras- que hizo Dalila Puzzovio. A la vez pintora, dibujante, ambientadora, vestuarista y diseñadora de modas, de zapatos y de muebles, ofrece muestras de cada una de sus facetas en la exposición Autorretrato: son sesenta años de sus vastas producciones.
Bajo la curaduría de Patricio Orellana y de Pino Monkes, la exhibición contiene piezas originales, reconstrucciones de obras -como los mega-corsés- y un amplio archivo documental, gracias a una larga investigación. Como dice Orellana en diálogo con Tiempo Argentino: “Fue increíble poder trabajar con la artista y con sus archivos: durante el año y medio de investigación para la muestra pudimos encontrar zonas menos transitadas de la obra de Dalila y tratamos de llevarlas a la exposición”.
¿En qué sentido? “Ella tiene una imagen muy icónica y un lugar muy bien ganado en la historia del arte en relación con el pop y con su cruce pionero entre el arte y la moda, y eso se concentra sobre todo en su trabajo de la segunda mitad de los ‘60 -apunta Orellana-. Pero la investigación permitió revelar de dónde venía toda su potencia como artista e incluimos un montón de piezas de la primera mitad de los ‘60”.
Después, rastreamos su trabajo con el diseño ya a partir de los ‘70”. Y ése “fue un gran aporte curatorial”, dice el especialista.
Y Orellana se queda pensando en algo: “Dalila no había tenido una retrospectiva de este tamaño, a pesar de haber sido una artista central de los años ‘60. Y otro de los aportes de la curaduría fue mostrar su trayectoria como un todo. Quizá porque tempranamente empezó a dedicarse al diseño -a creaciones hechas para vestirse, no tanto para ser conservadas-, o porque muchas cosas que hizo fueron acciones efímeras, la obra de ella tampoco está muy archivada. Por eso buscamos mostrar la documentación que atestigua su proceso creativo”.
Por ejemplo “rescatamos una veintena de fotos de los Microsucesos, las cuales fueron incluidas en la exhibición y en el catálogo”, cuenta Orellana. ¿Qué le llama la atención de Dalila Puzzovio? “Que es difícil encasillarla. Ella tiene un momento inicial informalista, muy plagado de oscuridad, y tiene su momento totalmente luminoso del pop: hay algo en cada una de sus fases y tratamos de mostrarlo en la exhibición y en el catálogo. Además, en ningún momento es literal o lineal lo que está haciendo o diciendo: su obra no te dice cómo interpretarla o cómo debés sentirte cuando la ves. Siempre produce emociones complejas”.
Así es Puzzovio: “Alguien difícil de clasificar -sabe Orellana-. Y ése es uno de los aspectos que la vuelven más contemporánea y que tratamos de reflejar en la muestra: Dalila es una artista misteriosa”. Y ella misma respondió preguntas clave “acerca de materialidades, de colores, de todos los procesos de reconstrucción”. Por eso dice el curador de la exposición: “Algo que surgió de las conversaciones con Dalila es que siempre fue muy cuidadosa con la creación de espacios. De hecho, en algún momento se dedicó también al diseño de interiores: ella se abocó a tiendas, comercios, un shopping, y siempre fue fiel a sus principios estéticos”.
En el ‘64 hubo una exhibición colectiva que se llamó La Muerte “y algunos artistas jóvenes invitaron a Antonio Berni -que ya era un artista más consagrado- a que exhibiera junto a ellos”, recuerda Orellana. “Dalila tiene todo el intercambio de cartas con Berni y ahí se ve cómo ella, en un punto, lideraba todas las decisiones sobre cómo crear el espacio o dónde colgar ciertas obras: Dalila siempre fue una creadora de espacios con una presencia física muy fuerte”. Y también trazó otro tipo de ejemplos estéticos: “Algunos de sus trabajos con el género, con la identidad, pueden ser influencias para generaciones actuales o futuras”.
Orellana lo explica: “A Dalila siempre le interesó plantear cómo se hablaba de las mujeres en la moda, o las representaciones de los cuerpos de las mujeres en los medios: eso se ve en su autorretrato de 1966. En Puzzovio vemos un legado en relación con el arte, el diseño y la construcción de nuestra identidad, sobre todo para las mujeres, que sigue vigente”. Pero, además, “ella encaraba cada fase nueva con libertad: no tenía un programa, sino que el programa era su potencia, su radicalidad, sus ganas de hacer. Y algo de esa espontaneidad, de esa creación no tan programática, también puede llegar a ser un legado”.
Lo dice Orellana y sonríe: en su propia forma de concebir la curaduría del arte también puede distinguir influencias de Dalila Puzzovio. “Haber trabajado en esta muestra me convenció aún más de la importancia de la creación de un espacio: de un entorno para las obras. Más allá de ser exhibidas en cualquier contexto, necesitan de un espacio específico que las aloje con todo su misterio. Si bien eso era algo que yo intuía hace años, el trabajo con ella me reforzó esa creencia”. Cuerpos, interrogaciones y entornos: allí trazó su arte Dalila Puzzovio.
Y el tiempo la hizo ampliar sus indagaciones y obsesiones. En plena dictadura de Onganía, Puzzovio y su marido se fueron a Estados Unidos para trabajar en el National Cotton Council: diseñaron más de doscientos estampados textiles y sus creaciones fueron adquiridas por Oscar de la Renta y Calvin Klein y se reprodujeron en la revista Vogue en Italia y Japón. En algunos de esos diseños, Puzzovio recuperó objetos como mates o floreros: los reintrodujo en telas con nuevos sentidos estéticos y conceptos culturales. Puso a dialogar dispositivos.
Y, al volver a Buenos Aires, participó con Edgardo Giménez de la película Psexoanálisis, de 1968, de Héctor Olivera: Puzzovio hizo el vestuario de Libertad Leblanc.
Luego diseñó delantales para Pinky y trajes para los shows de Tato Bores. A la par, con Charlie Squirru llevaron adelante tres colecciones de tejidos prêt-à-porter para la tienda Madame Frou-Frou de Rosa Bailón: entre ellas brilló el Tricot precolombino, de 1970, que, con mangas abiertas y pollera en campana, combinó motivos prehispánicos y una amplia gama pop. Así, Puzzovio abrió esquemas del arte y por eso sigue vigente, en varios campos, hasta hoy.
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