Daniel Fanego: «El arte por esencia es indisciplina»

Por: Maby Sosa

El actor protagoniza La farsa de los ausentes, la obra que inauguró la reapertura del Teatro San Martín.

El último trabajo que Roberto Arlt estaba realizando como escritor era El desierto entra en la ciudad (Farsa en cuatro actos), un texto que quedó semi inconcluso y que diez años después de su muerte fue publicado.

En esa obra, Arlt interpelaba la construcción teatral desde la poesía, base que 75 años después, Pompeyo Audivert tomó para adaptar las líneas bajo el nombre de La farsa de los ausentes, la pieza teatral que está en cartel en el teatro San Martín hasta el domingo 20 de agosto.

La puesta en escena que tiene 21 actores sobre el escenario es una tan acertada como enorme producción del teatro. 

La magnitud del proyecto fue un desafío no sólo para el director si no también para los actores, como lo fue para Daniel Fanego, quien encabeza el grupo protagónico de la obra.

“Uno está con una permanente pregunta ahí arriba del escenario”, expresa Fanego a Tiempo Argentino, sentado en un desierto hall del teatro San Martín. “La maniobra teatral sirve para develar lenguajes que no están en la superficie es una especie de espejo roto de la realidad”, afirma. “Hay algo que logró Pompeyo es que esta multiplicidad de niveles de lecturas no se chocaran entre sí, pero se vincularan. Eso permitió una lectura colectiva en distintas intensidades”, describe.

No es el primer encuentro de Fanego con Arlt. Una de las primeras veces que fue al teatro San Martín lo hizo a para ver a José María Paolantonio quien había puesto una obra de Arlt. Después participó de diferentes proyectos teatrales y audiovisuales relacionadas con el autor. “Tengo un vínculo profundo con su obra, no fuimos pareja pero sí amantes”, dice sonriendo.

Fanego reflexiona con una profundidad indescriptible. Las palabras parecen salirle solas, firmes y contundentes como cuando se sube al escenario detrás de un personaje. 

A esta altura de su carrera, dice que lo más le entusiasma es la posibilidad de construir profundamente y día a día los proyectos que le llegan. Con esa inquietud llegó a La farsa de los ausentes y afirma que se siente mucho más joven trabajando con un elenco de 21 integrantes. “Fuimos descubriendo el texto sobre el trabajo con los compañeros y con Pompeyo. Un elenco tan grande es un maravilloso ejercicio para el ego porque uno tiene que aprender a sonar con los demás. Es una forma muy distinta de construir un modo más rico, más dinámico, más sorprendente”, explica el actor.

–¿Qué particularidad tiene esta obra de Arlt sumada a la lectura de Audivert?

–Acá hay un trabajo de dramaturgia muy importante desde donde se dispara un mecanismo teatral que parecerá una especie de caja china porque todos actúan para todos, todos los personajes representan dentro de la representación. Así se conforma una multiplicidad de representaciones: la que hacemos para el público y la que los personajes hacen entre sí. Eso encaja de por sí solo en esta realidad donde frente al ciudadano común, frente a la persona, al ser humano se le ofrece todo el tiempo una representación. Nada es lo que es: esto no es médico, esto no es un policía, esto no es un presidente… Es la representación de lo que podría ser. Esto sucede porque esa representación, ese holograma es mucho más maleable desde el momento en que es una construcción.

–Desde qué lugar está a salvo la cultura

–Desde ninguno. En el cine la plata está frenada y no hay respuestas, están todavía sentados todos sobre los presupuestos enormes que sueltan a cuentagotas. Yo veo que hay disciplinamiento muy claro a la cultura por parte del oficialismo… Mirá este hall (señala el hall del teatro San Martín) es un lugar vacío, parece una sala de velatorio. Yo conocí esta sala llena con un bar, con música, con público sentado en el piso escuchando esa música con algún linyera que iba pasando y se metía a escuchar música. Ahora mirá lo que parece… Hay un señor de seguridad, otro señor de seguridad y un hombre eterno limpiando una alfombra que no usa nadie. Entonces si esto no es representación ¿la representación donde está? Esto en parte es una forma de disciplinamiento, cosa que en el arte y en la cultura es imposible porque no hay modo de disciplinarlos, dejarían de ser tal. El arte por esencia es indisciplina, irreverencia, burla, bufa.

–Este entorno social, ¿cómo impacta a la hora de construir los personajes?

–El actor piensa actuando, yo no sé pensar antes o tal vez pienso antes pero se determina en la dimensión del tiempo, el espacio y el acto. El cuerpo sabe por sí y el cuerpo puesto en un lugar y en un espacio determinado habla y emite sus propias opiniones, llega a sus propias conclusiones, muestra y revela sentidos.

–¿Y cómo llegaste a encontrar eso? ¿Tiene que ver con el oficio?

–El compromiso con el cuerpo es una de las primeras cosas que yo aprendí, no hay modo de transitar un personaje desde el cuerpo que uno trae de la calle. Ese cuerpo que hoy está sentado con vos haciendo esta nota, el cuerpo de Daniel Luis Fanego, documento tal y tal, ese es el cuerpo real. El otro es un cuerpo subjetivo y de lenguaje que hay que construirlo y no hay modo de hacerlo sin poner en marcha ese material que ya tenés dentro. Sí hay oficio pero que tiene que ver con el conocimiento de cuestiones canónicas y reglas pero que cuando las aprendés dejan de ser interesantes, sabés lo que vas a hacer, para qué y lo vas a hacer bien, va a resultar siempre. Lo otro se construye.

–Protagonizás la obra que reabrió el teatro San Martín, ¿cómo lo encontraste?

–Una semana antes del estreno caía un chorro de agua en el escenario sobre los tableros de electricidad, el ala de la calle Montevideo es un interrogante… Lo que digo es que no encuentro las razones por las cuales esto estuvo cerrado dos años, me parece injustificable. A la vez, me da mucha alegría que se haya abierto y ser parte de uno de los elencos que ha tenido la posibilidad de estar en la inauguración de esta sala. Pero deseo que de aquí en más hubiera una política cultural más atenta a las necesidades no sólo de la gente de la cultura sino también de quienes la reciben, que son los ciudadanos. Por la mitad de las cosas que les pasa a este teatro cerrarían cualquier centro cultural. Hay que tener una política cultural en serio. Están cerrando lugares porque la gente estaba bailando en ese centro cultural, pero mirá, yo también bailo en el escenario y no me van a cerrar por eso. No es un gobierno amigo de la cultura. Acá está Jorge Telerman que sabe mucho de esto y fue él quien eligió esta obra lo cual habla bien de él y de su criterio artístico.

–¿Qué te produce escuchar, por ejemplo como en algún momento lo hizo Hernán Lombardi, destacar como un acierto del gobierno que los actores que no acuerdan con el oficialismo tengan espacio en los teatro oficiales?

–He vivido y he integrado las listas negras, rosas y coloradas de la dictadura así que estos cagatintas no me significan nada. Que hable de la cultura un tipo que se dedica a la hotelería realmente no me importa nada. Siento que es un gobierno de representaciones que está lleno de hologramas y probablemente esos funcionarios son parte de esta representación. Son eso, son representaciones, les tirás una piedra y lo atraviesa porque no son nada.

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