Darfur, un conflicto que parece eternizarse

Por: Alí Mustafá

Región de población árabe y negra en el occidente sudanés, padece las peores calamidades por enfrentamientos que causan desplazamientos de población, genocidio y "políticidio".

“Este continente es demasiado grande para describirlo. Es todo un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo, y de una riqueza extraordinaria. Solo por una convención reduccionista, por comodidad, decimos África. En realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”
Ryszard Kapuściński. Ébano 

Toda la geografía africana que conforman los países de la Liga de los Estados Árabes desde Asia Occidental hasta el Magreb, de Palestina ocupada al Sahara Occidental, se encuentra bajo conflictos, crisis y tensiones. Sin embargo, esta realidad es negada por los medios occidentales y se oculta bajo un velo espeso de tinta de imprenta.

La región de Darfur, ubicada en el occidente de Sudán, desde principios del siglo XXI se encuentra en pugna debido a la escases de recursos, la marginación socio-política y económica provocadas por distintas administraciones políticas a lo largo de la historia. Este nuevo conflicto militar que tuvo su origen en febrero de 2003, es entre las milicias árabes Janjawid (Jinetes Armados) y grupos etno-lingüísticos, fur, zaghaua y masalit, no árabes formados en su mayoría por agricultores.  Al contrario de lo que muchos medios señalan, las dos facciones son de tradición islámica.

A cuatro años de la firma del acuerdo de paz para poner fin a los enfrentamientos, más del 20 % de la población resultó desplazada, llegando a 10,7 millones de personas internamente y otros 2,1 millones que huyeron a países vecinos. Es el mayor desplazamiento forzado del mundo y una de las peores hambrunas. Se estima que murieron más medio millón de personas hasta de 2007, cuando la ONU envió 26 mil soldados para poner freno, infructuosamente, al genocidio y politicidio (término acuñado por la politóloga Bárbara Harff) contra las poblaciones no árabes.   

Este conflicto se inició cuando estaba finalizando la segunda guerra civil sudanesa, en 2005, que llevó a la partición de Sudán en Sudán del Norte (árabe e islámico) y Sudan del Sur (cristiano y animista) profundizando las tensiones en Darfur entre la población árabe y la población negra residente. 

Presidente de Sudan, Abdelfatah Al Burham

Los grupos beligerantes son las fuerzas armadas de Sudan contra las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) un grupo considerado recientemente por la Organización de Cooperación Islámica como rebelde. Según fuentes periodísticas, las FAR están apoyadas por el Grupo Wagner (de procedencia rusa), Emiratos Árabes Unidos y el Ejército Nacional Libio.  Formadas en 2013, son un grupo paramilitar dirigido por Mohamed Daglu, general sudanés que fuera presidente del Consejo Militar de Transición después del golpe de estado de 2019 y cuyo presidente de facto fuera el actual mandatario Abdelfatah Al Burham. Ambos líderes están hoy enfrentados.        

Los organismos internacionales solo se expresan

Esta semana se celebró en Juba, capital de Sudán del Sur, una cumbre de mandatarios africanos para tratar la crisis en Sudán, ponerle fin a las hostilidades y alcanzar la paz. En la reunión entre el presidente del Consejo de Soberanía Transitorio de Sudán, el general Al Burham, el presidente de Sudán del Sur, Salva Kiir Mayardit y el de Eritrea, Isaias Afwerki, se analizó el papel de las intervenciones extranjeras en el territorio y la necesidad de formar una alianza trilateral que garantice la paz regional.   

Esta guerra tiene un impacto negativo en la economía tanto local como regional, especialmente por la interrupción de las exportaciones de petróleo hacia Port Sudán. La inflación sudanesa y el desplazamiento de cientos de miles de personas hacia Sudán del Sur y Eritrea afecta la economía de los países vecinos. Esos son los argumentos económicos más sensibles para ponerle fin a la disputa.    

A esta cumbre le precedió la 162° reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la Liga Árabe, donde Secretario General, el egipcio Ahmed Aboul Gheit, hizo sonar la alarma afirmando que “un acuerdo político y detener la guerra en Sudán son todavía objetivos inalcanzables”. También advirtió que “ese territorio experimenta una grave crisis desde el punto de vista humanitario” En su conferencia se refirió al desastre de las inundaciones y los torrentes que afectaron a unas 32 mil familias de diferentes estados de Sudán. Aboul Gheit llamó a todas las partes a «volver al diálogo constructivo bajo el paraguas de la Casa de los Árabes para superar las diferencias, en preparación para completar la reconciliación nacional integral y celebrar las tan esperadas elecciones».

Por su parte, la Corte Penal Internacional (CPI) dijo que el gobierno de Sudán y las milicias Janjawid, pertenecientes a grupos étnicos árabes, “llevaron a cabo políticas que pudieron haber constituido crímenes de guerra y genocidio contra los grupos étnicos africanos”.  Pero tanto la ONU y la Unión Africana, y por supuesto la CPI, responsables de prevenir y castigar las acciones genocidas aún, no actuaron con la determinación esperada frente a la catástrofe que sufre la población civil.

Los instrumentos legales para frenar el genocidio en Darfur son la Convención de Genocidio de 1948 y el Estatuto de Roma, pero pareciera que los organismos internacionales no tienen la suficiente fuerza política para aplicar estos acuerdos jurídicos internacionales.

También,  el Consejo de Derechos Humanos de ONU en una sesión especial enfatizó una vez más que “el conflicto en Sudán tiene un impacto devastador sobre los derechos económicos y sociales, especialmente los relacionados con la alimentación, la vivienda y la educación” Mientras, en Ginebra, la alta comisionada adjunta para los Derechos Humanos en Naciones Unidas, Nada Al-Sharif, informó y documentó que «numerosos testimonios confirman la ocurrencia de ejecuciones, violencia sexual y desplazamiento forzado por parte de las FAR y las milicias aliadas en Sudán contra la comunidad Masalit en Darfur Occidental».

Para Al Burham, presidente de Sudán desde 2019, las conferencias de Ginebra dilatan las decisiones y no solo socavan la urgencia de la crisis, sino que también permiten que la posible intervención extranjera continúe sin restricciones. Dijo también que las discusiones no ofrecen nuevos mecanismos para imponer el fin de los ataques contra civiles, y considera cruciales los esfuerzos diplomáticos que puedan hacerse.

La Organización de Cooperación Islámica, en tanto, expresó su total solidaridad con Sudán y sus autoridades en el conflicto armado en curso contra las FAR. Asimismo, instó a implementar los acuerdos de Yedda y destacó la importancia de preservar la seguridad y estabilidad de la nación africana, respetar su soberanía y unidad territorial.

Pero es evidente que más allá de los organismos internacionales africanos que se expresan, África, como muchas otras geografías del sur global, no existe.

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