(1) El que tenga un amigo conspiranoico sabe que pueden ser divertidos solo durante un rato. ¿Cómo puede ser que Argentina no haya pateado al arco en 90 minutos? Alguien apretó a los jugadores. ¿Quién? Las opciones son múltiples y a veces contrapuestas: la Corona Británica, el FBI, Patti Smith y el movimiento woke, la FIFA, Samuel L. Jackson, los antisionistas, Trump, las casas de apuestas. No importa tanto el culpable sino su existencia, porque de lo contrario habría que admitir que los que apretaron a los jugadores argentinos fueron los propios jugadores de España.

(2) Si no hubo nada raro, entonces, ¿cómo explicar tanta diferencia entre un equipo y el otro? La razón más relevante hay que buscarla en el rival. España ya había dado señales contra Francia; aunque las estadísticas lo maquillen (muestran posesión y llegadas parejas) en la semifinal había borrado de la cancha al equipo que todos consideraban como favorito. Se dice de los jugadores españoles: no saben festejar, tan correctos que aburren, ni medio león tatuado en la espalda, le entregan la copa a un Rey, tienen nombres incompletos como Pedri, Gavi o Pau; su capitán es Rodri, al que el Kun Aguero descansaba en el City porque hacía videollamadas con su esposa en el micro después de los partidos. Pero si hablamos de juego, llevaron el modelo guardiolista a su máxima expresión (un fútbol tántrico que puede aburrir y deslumbrar al mismo tiempo) y ni siquiera precisaron un gran Yamal para hacerlo. Recibieron un solo gol en todo el Mundial y apabullaron a sus rivales en semis y final. Muchos ponen énfasis en el manejo de la pelota, y es entendible porque es lo que más reluce, pero antes de tener la pelota hay que conseguirla, y entonces hay que volver hablar de la presión. España presiona cuando ataca y presiona cuando defiende. Mucho antes de la expulsión de Enzo ya daba la impresión de que había más jugadores rojos que albicelestes.

De la cara de De Niro de Messi contra Inglaterra a las conspiraciones de la final
Foto: Xinhua

(3) En el entretiempo contra Inglaterra, fumando en la vereda con un amigo, firmamos pasar ese partido y perder la final. Por supuesto, esa firma no es vinculante, y ambos la negamos apenas nos supimos finalistas. Pero sirve para mostrar la importancia que le dábamos a ese partido. ¿Es posible que a los jugadores les haya pasado algo similar? ¿Es posible que después del polvazo histórico contra Inglaterra los jugadores hayan quedado sin piernas y sin deseo? El deseo se recupera, dicen. Es la final de un Mundial. ¿Cómo no se va a recuperar? Aunque también es cierto que después de Qatar, Inglaterra y el trapo de Las Malvinas, la final ya se sentía como una especie de yapa. La recuperación de las piernas es más complicada. Lesiones, agotamiento acumulado, un día menos de descanso, y para colmo un rival como España al que ni siquiera se le puede pegar, porque cuando la pelota se mueve tan rápido todo faul es un faul de amarilla.

(4) A diferencia de Qatar, en este Mundial Scaloni nunca pudo encontrar el mediocampo. Probó de todas las formas posibles (salvo con la inclusión de los más jóvenes) y con ninguna consiguió que el equipo dominara el juego desde el medio como nos tenía (mal)acostumbrados. Pero a falta de juego, hubo épica. Cuando recibía un gol en contra y se encendían las alarmas, el equipo aparecía con una mezcla rarísima de locura, coraje y elaboración. Veamos como ejemplo el segundo gol contra Inglaterra (y qué lindo tener que aclarar que no me refiero al del 86). Inglaterra recupera la pelota en su campo y Bellingham arranca su tranco largo por el costado izquierdo. Ningún inglés lo acompaña. Entre De Paul y Montiel lo persiguen. ¿Cómo hicieron para ganarle en velocidad? Es cierto que Bellingham había jugado todo el partido, pero además los jugadores argentinos parecían estar tomados por un éxtasis paranormal que los hacía rendir por encima de sus posibilidades (en este mismo tramo del partido Tagliafico corrió a 36,2 km/h y se convirtió en el jugador más rápido del Mundial, y Molina y Enzo Fernández alcanzaron los 36 km/h y se metieron en entre los seis primeros). Cuando le sacan la pelota, Montiel le grita el quite a Bellingham en la cara. Pero a este acto enajenado no le sigue un bochazo enajenado al área. El equipo, en cambio, mueve la pelota con paciencia y fluidez. Hay seis toques a ras de suelo antes de que Mac Allister pare la pelota en la medialuna y la haga estrellar contra el palo. Alexis se toma la cabeza y Julián tiene tiempo para apoyarle la mano en el hombro y decirle “dale, dale”. Mientras tanto, Messi recupera la pelota por la derecha, desborda, mete el centro con la boba y ya todos sabemos cómo termina esa historia.

(5) Una porción muy minoritaria de las teorías conspiranoicas involucran al referí en el arreglo. Salvo la primera amarilla a Enzo y la no expulsión de Cucurella por taparse la boca (que en parte agradezco), no se puede encontrar otra controversia ni con la extraordinaria imaginación de los conspiranoicos. Algo interesante, sin embargo, es lo que dice Fernando D’Addario en un texto titulado La verdadera historia de por qué Argentina no salió campeón: La culpa de todo la tuvo el referí al anular el gol de Williams en el minuto 95. “De haber cobrado ese gol, Argentina hubiese tenido 25 minutos para activar a sus superhéroes y dar vuelta el resultado, tal como venía haciéndolo sistemáticamente”, asegura, y demuestra que por el camino de la sátira se puede llegar a la verdad. Y mete el dedo un poco más hondo en la llaga: si el referí hubiera convalidado el gol de Williams es probable que no hubiera entrado Senesi sino Lautaro. Los ejercicios contrafácticos son tan inútiles como inevitables, pero se siente un dolor especial por el hecho de que Lautaro Martínez no haya podido entrar en la final, un dolor por el propio Lautaro, y también por lo que le hubiera podido aportar el equipo.   

De la cara de De Niro de Messi contra Inglaterra a las conspiraciones de la final

Aun así, con solo quince minutos por delante y un jugador menos, Argentina se las arregló para tener dos chances clarísimas para el empate. Ambas tuvieron como protagonista a Simeone, lo que acentuaba aún más nuestro papel de Atlético de Madrid en la final. Ya como estaba planteado el partido, y con Argentina en el rol de villano, hubiese sido injusto y hermoso empatar sobre la hora y ganar por penales para repudio de todo el mundo bienpensante que solo mira fútbol cada cuatro años.

Vuelvo a ver la salvada de Cubarsí en cámara lenta. Ese maldito niño prodigio se adelanta a la jugada, le gana la parte interna a Senesi y saca una pelota imposible entre el arquero y el palo. Escuché a un ex jugador (creo que Astrada) destacar que Cubarsí había cerrado con la pierna que marca el manual para esa jugada (la izquierda) por más que fuera su pierna menos hábil, y de paso lo contrastaba con el cierre de Molina en el gol de Inglaterra. Pero ahora que lo veo bien, el cierre de Cubarsí es con la derecha, y para explicar por qué no la metió en su propio arco no queda otra que ponerse místico y evocar al destino o a “esas cosas del fútbol”. Pero quizá si entraba Lautaro en lugar de Senesi. Quizá, con sus mañas de goleador, no se hubiera dejado primerear por Cubarsí. Pero esto ya es masoquismo, y también un poco de pensamiento mágico, porque el hecho de entrar en lugar de Senesi no implica que Lautaro hubiera estado en el mismo lugar y momento. Aunque quizá, como todo goleador en racha, hubiera estado en un lugar mejor. Y así hasta el infinito.

(6) Lo de Messi, como siempre, es un caso aparte. Con 39 años jugó su mejor Mundial a nivel individual. Cuando uno piensa que ya se había liberado para siempre de la comparación con Maradona, el morboso guionista de los Mundiales le pone en el camino una semifinal con Inglaterra. Y una vez más, Messi supo cumplir. Después del partido se viralizó una cara de De Niro que Messi le pone a Bellingham después de discutir por una falta; un gestito tano que también se le puede encontrar a Maradona y que implica la admisión de un reto a duelo: mirá vos, che… ahora vas a ver. “Cuando Messi te pone la cara de De Niro cagaste fuego”, decían las redes, y todos estábamos esperando ese momento en la final, como si lo determinante fuera la lógica del meme, y no que España, a diferencia de Inglaterra, nunca se metió atrás y cortó todos los circuitos como para que Messi no pudiera recibir la pelota en zona de riesgo.       

(7) Con cada gol agónico no gritado (y en este Mundial hubo varios) pareciera que Scaloni pierde dos años de vida. ¿Dónde va a parar esa tensión que no libera? Por el bien de su salud, creo que tiene el poder de transformarla en líquido, lo va acumulando en el pecho, hasta que en algún momento rebalsa en agudas sesiones de llanto. ¿Se quedará Scaloni para encarar la era post Messi en la Selección? Ojalá que sí porque no se me ocurre nadie mejor que él y su equipo técnico. Por otro lado, quizá necesita un descanso.

Inmediatamente después de la final del Mundial, Scaloni pasó varios días con su familia en Pujato. Cada vez que salía de su casa se encontraba con una amorosa multitud de vecinos, periodistas y allegados. En estos días Scaloni firmó cientos de camisetas y pelotas, recibió ofrendas, regalos, serenatas; se sacó fotos con veteranos de Malvinas, con niños en brazos, con una escuela entera que fue de visita. Hay una foto que muestra al padre de Scaloni, Don Ángel Omar, sentado en una silla de ruedas en la puerta de su casa, mirando con orgullo cómo su hijo es reverenciado por la gente. Hay un video que muestra a Scaloni intentando llegar desde la casa a un auto estacionado afuera. Dos policías lo ayudan a abrirse paso entre la gente que le demuestra su afecto y le pide cosas. Un hombre exhibe a su hijo en brazos y le pregunta: «¿Un besito al nene?». Lionel Scaloni cumple y sigue su camino apurado. Antes de subirse al auto se toma un segundo para explicarle a su gente: “Tengo turno en el dentista, ahora vuelvo”. «