Defe y la militancia, dos caminos que se unen en la tribuna Marcos Zuker (h)

Por: Andrés Burgo

Hincha de Defensores de Belgrano y secuestrado en 1980, el hijo del actor es recordado en un sector del estadio del club de Núñez, reconstruye este texto que también forma parte del libro "Memorias para construir el futuro".

Las dos líneas de tiempo, fútbol y militancia, comenzaron a unirse a finales de los ’60 en la vida de Ricardo Marcos Zuker López, llamado entre los suyos “Marquitos”, “Pato” o “Patito” -las personas queridas tienen muchos apodos- y periodísticamente denominado “Marcos Zuker (h)” para diferenciarlo de su padre homónimo, famoso actor. Nacido en 1955, Marquitos entraba en la adolescencia cuando le sumó un segundo equipo a su simpatía de base por San Lorenzo y, a través de amigos de su barrio, Palermo, se acercó a Defensores de Belgrano. Su compromiso para transformar la realidad ya le circulaba en la sangre: entre funciones de radioteatro, su padre -aunque luego tildado de “gorila” por Cristina, su hija- había sido amigo de Eva Duarte antes que la entonces actriz conociera a Juan Domingo Perón.

Defe era también la barra, partidos con los muchachos de la hinchada, la pileta y algún noviazgo con una chica del club. En noviembre de 1972, cuando Zuker (h) tenía 17 años, Perón volvió al país y las dos líneas terminaron de unirse. El sábado 18, día de triunfo 3 a 1 ante Dock Sud por el torneo de la Primera C que dejó a Defe a las puertas del ascenso que conseguiría dos semanas después, Marquitos acudió primero a la Techada, como se conoce a la tribuna local del estadio del club de Núñez, y a continuación se dirigió a Vicente López para acompañar la llegada del líder a su nueva residencia.

Un mundo mejor parecía posible. Zuker (h) militó en Montoneros, se sumó a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) en 1973 y, ya estudiante de Derecho, formó parte de la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Le seguiría, sin embargo, una interrupción. Según contaría la propia Cristina en el desgarrador libro El tren de la victoria, Ricardo se alejó de la militancia a finales de 1975, cuando le anunció a su madre “Ahora le voy a dedicar la vida al fútbol, a San Lorenzo y a Defensores”.

Ya con el país bajo dictadura, se refugió en Defe. El fútbol permite analogías torpes. Eran tiempos de resistencia y Marquitos festejó cuando, el 21 de diciembre de 1976, Defe se salvó de carambola de descender a la C. Zuker celebró rodando por el piso junto a su amigo Juan Romeo Ferrara, el «Gordo Toti», a la salida de la cancha de Estudiantes de Caseros, donde Defensores acababa de empatar 0 a 0 ante Comunicaciones, cuando un gol en otro estadio, de Flandria a Sarmiento a falta de tres minutos, permitió la salvación agónica de Defe. Pero ya no habría guiños del destino cuando, tres meses después, el 19 de marzo de 1977, una patrulla lo secuestró delante de su madre.

Tras la búsqueda familiar que contó con un desesperado contacto con Roberto Viola, entonces jefe del Estado Mayor Conjunto –su hijo homónimo había jugado en Defensores en 1975 y 1976, lapso en el que había tenido una pelea con el propio Marquitos-, Zuker fue liberado 46 días después, el 4 de mayo de 1977. Era tiempo de dejar el país y el destino más sencillo fue Brasil, adonde partió el 17 de ese mes no sin antes escribirle a su madre: “Tendría que pedirte perdón pero prefiero decirte que sos lo que más amo”.

En San Pablo no le fue bien: murió su madre, que había ido a visitarlo. Pasó unos días por Uruguay, donde se reencontró con compañeros de militancia -y el Gordo Toti y otros amigos de Defe-, y luego continuó su exilio en España, donde festejó el Mundial 78 pinchando teléfonos públicos: amigos en Argentina les relataban el partido en vivo. A la distancia, Defensores seguía presente. En octubre de 1979 fue a un kiosco de diarios para comprar el Clarín del domingo 14: quería saber cómo había salido Defe ante Tigre. Cuando Marquitos leyó que su equipo había ganado 1 a 0, de la alegría tiró el diario por el aire de Madrid.

Las pasiones de Zuker

También en España, entre las dificultades para insertarse laboralmente, volvió a sumarse a Montoneros, que organizaba su Contraofensiva. Marquitos y su nueva pareja, Marta Libenson, se anotaron. También sería en España cuando vería por última vez a su padre. “Me dijo que nadie lo haría cambiar de idea”, se resignaría el actor. A finales de aquel 1979, Marquitos volvió a Brasil y, ya desde San Pablo, se subió a un colectivo rumbo a Retiro. La hija de Marta -de otra pareja-, Ana Victoria, fue enviada a la guardería de La Habana.

Los esperaba el horror. Marquitos y Marta están desaparecidos desde el 29 de febrero de 1980, cuando fueron capturados en Plaza Miserere y luego trasladados a El Campito, centro clandestino de Campo de Mayo. Según relataría Cristina -que no ocultó su amargura por la inacción de su padre en el segundo secuestro-, “mi hermano fue fusilado, le ofrecieron vendarle los ojos pero se negó y los insultó”. El asesinato habría sido en diciembre de ese mismo 1980 y su cuerpo fue quemado entre neumáticos.

En 2001, para los 25 años del Golpe de Estado, otro de los hinchas de Defe que más lo conoció, Hugo Arbona, propuso que la popular local le rindiera homenaje. Ningún estadio lleva el nombre de un hincha -menos de uno desaparecido- pero la idea fue aprobada y La Techada pasó a llamarse “Tribuna Marcos Zuker (h)”. Tres años después, el 24 de marzo de 2004, sobre el mismo escenario -que irónicamente queda enfrente de la ESMA-, una bandera sobresalió antes de que Néstor Kirchner pidiera perdón en nombre del Estado: “Somos las semillas de Marquitos Zuker”.

Al nombre en la tribuna le siguió, en 2011, un mural con el rostro de Marcos por encima de la entrada. Y en marzo de 2020, a 40 años de su desaparición, también una baldosa pasó a recordarlo: “Acá fue feliz Ricardo Marcos Pato Zuker”. El año anterior, en 2019, una sobrina -hija de Cristina, fallecida en 2014- había recibido el carnet que San Lorenzo les restituyó a los familiares de sus socios desaparecidos, otra evidencia de que las dos líneas de tiempo de Marquitos, fútbol y militancia, siguen vivas.

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