
Tenemos por delante un año que deseo que sea mucho más interesante que difícil. Entre idas y vueltas (la Agrupación Amague y Recule siempre tuvo su sede entre nosotros), entre amenazas y toqueteos, entre blancos y negros y escasas variedades de gris la democracia hizo su camino y en la Argentina está a punto de cumplir 40 años ininterrumpidos. El sábado 10 de diciembre de 1983 ningún argentino se conectó a Internet, compró por Mercado Libre, se sacó una selfie o se le ocurrió llamar inteligente a una prenda de vestir o a un edificio. Pero todavía se hablaba de imperialismo, de la posibilidad de tener un mundo mejor y hubo alguien que ante una multitud necesitada de ilusiones aseguró que «con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se educa, se cura». Algo de razón tenía aquél apreciado argentino porque entre sonrisas y lágrimas la democracia ha sido una fuente permanente de desafíos y de enseñanzas. Ahora que, por suerte, ya dejé atrás la categoría de joven promesa, sé también que con la democracia se sufre y se celebra, se avanza y se retrocede.
Imaginaba la siguiente escena. Se reúnen dos amigos o amigas con algunas copas y años de más y sentados uno frente al otro, en confianza y memoria mediante, pero también con la ayuda de Google (que para eso está) se ponen a intercambiar figuritas de los últimos 40 años. Lo hacen solo porque tienen ganas, porque lo vivieron, porque después de todo les queda un paquete de agradecimiento. Entre un «¿Te acordás?» y un «¿Cómo se llamaba?» Intentan llenar el álbum con las fáciles y con las más difíciles e incluso con las imposibles. Intentaré hacer algo parecido, lo prometo. Este texto es una manera de empezar. Como ellos, también podría decir cuántas acechanzas; cuántos fragotes (con la cara pintada); cuántos golpes de mercado (con la cara escondida); cuantas cadenas nacionales; cuántas injusticias; cuántas crisis; cuántas devaluaciones; cuántos escándalos (desde el Swift Gate a los chats más obscenos del mundo); cuántas elecciones; cuánta devoción por el dólar; cuánto honor de tener a las madres y a las abuelas; cuántos chantas que andan sueltos; cuántos encantos; cuántos desencantos.
De acá al 10 de diciembre se podrán descorchar cantidad de botellas y chocar copas en plan de brindis feliz (hay mucho para reconocer) o de repudio, recordando, entre otros, al político que, hace poco, furioso con él mismo dijo que «ningún argentino puede decir que la democracia le cambió la vida». O pensando en los violentos y odiadores, enemigos de todo lo bueno. En lo personal, entre lo encantador y lo detestable, intentaré quedarme con lo mejor, con muchas de las cosas que hacen único a nuestro país. El juicio y condena a los militares genocidas y apropiadores de bebés; las acciones en búsqueda de Memoria, Verdad y Justicia, esas que aquí son una realidad y que en los países de la región y en otros del mundo llegaron después o nunca ocurrieron, ni ocurrirán; las leyes de Asignación Universal por Hijoo, de Matrimonio Igualitario, de Interrupción Voluntaria del Embarazo, de Identidad de Género, de Educación Sexual Integral; las nuevas universidades nacionales laicas y gratuitas; las decisiones de algunos buenos gobiernos que abrazaron con respeto y convicción el camino de los Derechos Humanos, sociales, civiles y políticos. A partir de hoy (si la calculadora de fechas de la computadora no mintió) quedan 336 días para el 10 de diciembre de 2023, día de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y desde el 2007 Día de la Restauración de la Democracia. Tendremos muchas oportunidades para ponernos a recordar, para elegir el valor que para cada uno tiene el sistema democrático y para preguntarse, ciudadanos, ciudadanas, ciudadanitos: ¿qué tienen para contar, contarnos, contarse, sobre la democracia en estos 40 años?
En lo particular, si me preguntaran por la posibilidad de otros 40 años de democracia ininterrumpida respondería, sin dudas, ¿ dónde hay que firmar? «
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