Las demoras de la soberbia esclavista: Francia recién ahora abolió el Código Negro

Por: Andrés Gaudín

El siniestro Code Noir, redactado por Jean-Baptiste Colbert en el siglo XVII para Luis XIV, estuvo vigente hasta el viernes último, cuando a propuesta de Emmanuel Macron la Asamblea Nacional votó 254 a 0 para anularlo.

Casi dos siglos después de haber abolido formalmente la esclavitud, el más repugnante lastre ético y moral heredado de sus tiempos imperiales y al que nadie se animaba a hincarle el diente, Francia anuló el viernes, hace dos días, nada más, el Code Noir (Código Negro) que desde 1685 ordenaba las formas de mejor explotar, humillar y degradar hasta la muerte a millones de seres humanos cazados en África y distribuidos principalmente por las colonias americanas. Muchos creyeron ver en el episodio un gesto expiatorio del presidente Emmanuel Macron, que a meses de dejar el gobierno pretende lavar su vapuleada imagen para que la historia, al menos por algo, lo recuerde positivamente. Lo cierto es que el gesto queda desdibujado por episodios y antecedentes que lo muestran contradictorio. 

Este nuevo episodio con el que Macron pretende cerrar uno de los capítulos más  vergonzantes de la historia francesa fue escrito en dos partes. El 22 de mayo el presidente recordó los 25 años de la firma de un acta por la que se declaró la trata de seres humanos y la esclavitud como crímenes de lesa humanidad. En un discurso pronunciado en el Palacio del Eliseo, sede del gobierno, expresó su deseo de ponerle fin, también, al Código Negro, redactado en la primera mitad del siglo XVII para Luis XIV, el Rey Sol, por el economista Jean-Baptiste Colbert, una especie de superministro de Desregulación y Transformación del Estado monárquico. El segundo paso lo dio el viernes la Asamblea Nacional, que en una inusual muestra de unanimidad le escribió el epitafio al Código por 254 a 0 votos.

En ese discurso Macron hizo algo así como una rendición de cuentas de sus dos mandatos (que se cierran en mayo de 2027), con los que sin dudas quiere marcar lo que llamó su “legado”. Para enaltecer su gesto, el presidente recordó que el Código Negro era una guía aberrante y detallada de principios y normas sobre la vida y el trato que merecían los esclavos, y si bien estaba orientado a dar instrucciones para mejor sojuzgar a la población negra traída de África, ya en su artículo primero ordenaba a las autoridades de las colonias que expulsaran a “todos los judíos”. A los negros se los definía como muebles o bienes gananciales a los que sus dueños, bajo la amenaza de penas que podían llegar a la muerte, debían “bautizar en la fe católica, apostólica romana” apenas tomaban su propiedad. 

Si el legado de Macron fuera observado como el de Colbert hoy, sin rigor, hay cosas que igual no se podrían pasar por alto, como las instrucciones dadas al embajador ante las Naciones Unidas  para que el 25 de marzo pasado se abstuviera –clara señal de que Francia se desentendía– al momento de votar una resolución que declaró que “la trata y la esclavitud racial de africanos constituyen el más grave crimen de lesa humanidad”. La resolución va más allá de lo formal y meramente simbólico y pone de relieve “la naturaleza del crimen en cuanto al quiebre que supuso para la historia mundial la magnitud y duración del mismo, su carácter sistémico, su brutalidad y sus consecuencias duraderas”.

Vale una precisión. La resolución fue aprobada por 123 votos a favor, todos de África, América y las ex colonias del Caribe. Tuvo tres votos en contra, para vergüenza de sus pueblos, los de los gobiernos de Estados Unidos, Israel y Argentina. Y 52 abstenciones, las de Canadá, Australia, Japón y los países de la Unión Europea. “Como era de esperar –dijo un periodista negro norteamericano en Globetrotter.com– los colonizadores se pusieron del lado infame de la historia, argumentando que no se puede exigir reparaciones por algo que en su momento no era ilegal”. La resolución metió el dedo en la llaga, al referirse a la justicia reparatoria e instar a quienes se favorecieron con la esclavitud a tomar medidas que vayan más allá del pedido de disculpas con el que muchos europeos creen haber saldado sus crímenes coloniales, para hablar de compensaciones económicas y la devolución de bienes culturales, manuscritos, documentos y objetos de arte.

El “no debate” en la Asamblea francesa recordó que la mayoría de los países europeos fueron imperialistas y son responsables de las más vergonzosas políticas criminales de la historia, como es la esclavitud. Los mayores daños fueron provocados por Gran Bretaña, Países Bajos, Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Vaticano, Portugal, Dinamarca y España. De una u otra forma pidieron disculpas y hasta avanzaron en la devolución de algunos bienes culturales usurpados. Todos menos España. Este año el rey Felipe aceptó que hubo “abusos” y nada más. Y los sectores nazis siguen reivindicando a sus genocidas. Ya en 2021 Vox, el partido ultra peligrosamente creciente, reivindicaba la figura de Hernán Cortés, el sangriento conquistador de México, y decía que “la monarquía hispánica sacó a los pueblos precolombinos de la antropofagia, la esclavitud y la prehistoria tecnológica”.

En el inventario de la mayoría de los franceses, Colbert no existe como el redactor del ominoso Código ni como el ministro desregulador que le ordenó los asuntos de la economía a Luis XIV. Lo dan, lo ven, simplemente, como un personaje que algo habrá hecho para merecerse estar hoy mismo en el nomenclátor de villas, pueblos y ciudades, en ostentosos monumentos, bien visibles y sobre los que nada dijeron Macron ni los 254 legisladores que con su voto borraron al Código del digesto francés. Su figura, cíclicamente enchastrada con bombas de pintura, luce en todas partes.

Como en Reims, su ciudad natal del noreste. Como en su monumento funerario en la Église Saint-Eustache de París. Como en estatuas y relieves en las fachadas y galerías del célebre Louvre. Y, oh ironía, frente a la Asamblea Nacional, cien metros al sur de donde los 254 condenaron su gran obra. «

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