La científica argentina Julia Desojo formó parte del trabajo liderado por una colega de la Universidad de Bonn, Alemania. Del estudio se desprende la evidencia de que estos animales vivían en comunidad

El informe científico, bajo el título “Vivero Triásico? Evidencia de comportamiento gregario en arcosaurios pseudosuquios juveniles”, se publicó en las últimas horas en Journal of Vertebrate Paleontology, la prestigiosa revista científica de Sociedad Paleontológica de Vertebrados de Estados Unidos, una de las entidades más grandes del mundo en la disciplina, junto a la Asociación Paleontológica Argentina (APA), de la que Julia Brenda Desojo es presidenta.
“La primera descripción de los esqueletos la hizo Oscar Fraas en 1877. En 2007, mi colega Rainer Schoch, del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart, los redescribió y publicó un estudio morfológico muy detallado. Si bien las características morfológicas a simple vista hacían suponer que se trataba de crías, había que determinar si eran efectivamente bebés o juveniles”, comenta la investigadora del Conicet. Un trabajo anterior realizado por Schoch y la experta argentina sobre el cráneo de otro aetosaurio (Paratypothorax andressorum) hallado a 50 kilómetros de Kaltental reforzó la idea de que fueran crías: “Las características del cráneo eran las mismas. Hicimos un análisis paleohistológico, es decir de la estructura de los osteodermos, y arrojó que P. andressorum tenía 17 años. Potencialmente, podría ser la forma adulta de la especie hallada en la cantera”, destaca Desojo.
El equipo científico trabajó sobre dos ejemplares, el más grande y el más chico de los 24 restos fósiles encontrados. Entre los detalles destacados en el informe publicado, destacan que implementaron dos técnicas: por un lado, una microtomografía computarizada que permite obtener información sobre la microanatomía de los huesos –que tienen menos de 3 centímetros de longitud– para “saber dónde cortar”, y luego el corte histológico. “Lo que vemos es que en los huesos no hay remodelación ni marcas de crecimiento. Es decir, ambos ejemplares tenían menos de un año cuando murieron”, destaca la investigadora Desojo.
En este sentido, el estudio se realizó respecto a la distribución de los esqueletos. Para la experta del Conicet, “la muerte pudo haber sido por algún evento ambiental que los tomó por sorpresa. Algunos estaban recostados, otros parados. Podemos decir que murieron todos juntos en el acto. Efectivamente se trataba de una agrupación biológica de la misma especie formada por individuos de pocos meses y menos de un año, es decir, una probable guardería”.
Esto constituye el otro dato relevante del trabajo que es aportar por primera vez la evidencia de que los aetosaurios, en particular, y los arcosaurios pseudosuquios (ancestros de los cocodrilos que vivieron en el Triásico), en general, tenían hábitos gregarios, al menos en las primeras etapas de vida: “Es un tipo de comportamiento que vemos en muchos animales actuales, como tortugas y cocodrilos, que viven juntos desde que nacen hasta varios meses después”, subrayó.
En 2024, Desojo y sus colegas de Polonia y Alemania, donde se encuentra trabajando por tres meses en la Colección Estatal de Paleontología y Geología de Múnich, indagarán sobre el factor ambiental implicado en el crecimiento de los aetosaurios. La investigadora, asegura que en este trabajo observaron que en el “grupo hallado en Europa primero se da un crecimiento muy rápido que luego se frena, mientras que en las formas de América del Norte y del Sur es a la inversa, al comienzo es más lento y más tarde se acelera. Nos interesa saber qué es lo que condiciona esa diferencia”, cierra.
Los aetosaurios fueron un grupo de reptiles que habitó a finales del período Triásico, unos 225 millones de años (MA) atrás, y cuya extinción se estima ocurrió hace unos 215 MA. Caracterizados por tener una cabeza pequeña, cola larga y el cuerpo –similar al de un cocodrilo– cubierto por una coraza dorsal compuesta por osteodermos, es decir pequeñas placas óseas articuladas e insertas en la piel, algunos llegaron a superar los seis metros de largo y hay registros de su existencia en todo el planeta, excepto en Australia y la Antártida
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