El detrás de escena de quienes trabajan en el conservacionismo animal

Por: Eugenia Tavano

Temaikèn en Escobar, La Máxima en Olavarría y el Ecoparque de La Plata exponen sus experiencias de rescate, protección y fomento de especies amenazadas como el cóndor, el huemul o el yaguareté.

Argentina es uno de los países más biodiversos del mundo. De Ushuaia a La Quiaca, nuestro territorio alberga ecosistemas únicos, hoy amenazados por la crisis ambiental que no conoce fronteras y que demanda acciones específicas. Con el reto de enfrentar esta realidad compleja, muchos de los ecoparques o bioparques abiertos a la comunidad también llevan adelante proyectos de conservación animal, un trabajo interdisciplinario e interinstitucional que no solo se refleja en el encanto de las especies que admiran los visitantes, sino que, sobre todo, es clave para la supervivencia de ellas. Un detrás de escena pocas veces visto y valorado por el gran público.
Uno de los ejemplares de cóndor andino que viven en el bioparque La Máxima, de Olavarría. Foto: prensa La Máxima.

En Olavarría, el Bioparque Municipal La Máxima es un buen ejemplo. Inaugurado en 1979, el establecimiento funcionó primero como parque de aves y luego como zoológico. Hoy es parte del Polo Educativo y Recreativo local que comprende también al Museo de las Ciencias Ing. Rita Toniutti, el Grupo de Observadores del Cielo Olavarriense (GOCO) y la Reserva Natural Urbana. La Máxima se destaca por sus tres programas de conservación, entre los cuales el del cóndor andino es el más emblemático. “A través de la Fundación Bioandina nos conectamos en una red de varios bioparques, trabajando con referentes máximos en la materia como Luis Jácome o Vanesa Astore”, cuenta a Tiempo Bruno Vitale, director de la institución, acerca del tratamiento de esta especie en peligro de extinción. Los otros dos programas están dedicados al guacamayo rojo y al pecarí de collar, en una labor conjunta con la Fundación Rewilding Argentina.

Una de las últimas novedades fue el traslado de Wamani (un ejemplar de cóndor nacido en La Máxima) a Temaikèn, donde se inició la etapa previa a su liberación. Wamani es hijo de Rawson y Kuraq, dos aves rescatadas que no pudieron ser rehabilitadas pero que lograron constituirse como pareja reproductora. “Ellos son embajadores de nuestro programa, y de alguna manera viven su libertad a través de los otros ejemplares liberados, de los cuales Wamani ya es el número 21”, cuenta Vitale. Estos cóndores suelen soltarse en la Sierra Pailemán, en Río Negro. “Todos los ejemplares que aportamos tienen muy buenas condiciones físicas. Algunos expertos destacan el papel de la condorera, que está hecha a base de granito, material que aparentemente tiene alguna influencia en la anidación, en el empolle, porque conserva el calor. El granito es también representante de nuestra localidad minera (en el partido de Olavarría está Loma Negra), así que está todo interconectado”. Además de Rawson y Kuraq, en el bioparque olavarriense hay dos parejas de guacamayos rojos. Esta especie fue considerada extinta en el país a fines del siglo XIX, pero gracias a los proyectos de reproducción pudo regresar a su “casa” en los Esteros del Iberá, Corrientes. “Los guacamayos rojos tardan mucho tiempo en formar pareja, son monogámicos, y al igual que los cóndores, pasan por un proceso de selección que hacen ellos naturalmente. La principal amenaza es el tráfico ilegal, ya que son animales vistosos y se comercializan por eso”. En el caso del cóndor, el peligro tiene nombre: carbofurán, un agrotóxico prohibido que se usa como cebo para matar otros animales. Al ser un ave carroñera, el envenenamiento se produce por consumir los cadáveres.

En cuanto al pecarí de collar, el otro protagonista, el principal problema radica en la caza y la pérdida de hábitat.

Especies y abordajes

En el ámbito privado, desde hace 25 años Fundación Temaikèn desarrolla programas dedicados a la protección, conservación e investigación de fauna y flora autóctonas, en una labor conjunta con organismos públicos, ONG y universidades. “La fundación es muy conocida por el bioparque, que se abrió en 2002 en Escobar, pero también tiene otros espacios físicos; la reserva natural Osununú, en San Ignacio, Misiones; una estación de cría de huemul, ubicada en el suroeste de Chubut, cerca de Alto Río Senguer; y también un Centro de Recuperación de Especies (CRET) que está a tres kilómetros del bioparque, pero con una infraestructura completamente diferente, porque justamente su objetivo es el rescate, la rehabilitación y la cría en aislamiento humano de animales que van a ser reinsertados”, explica Paula Gonzalez Ciccia, vicedirectora de la fundación y directora de Conservación, Educación, Ciencia y Salud.

El cardenal amarillo, el ciervo de los pantanos, el aguará guazú y el tiburón cazón son solo algunas de las varias especies en riesgo con las que trabajan. Otras como el huemul y el yaguareté fueron declaradas, además, Monumento Natural a nivel nacional y provincial, igual que el cóndor andino. “Nos sumamos al comité de gestión del Monumento Natural Yaguareté y se tomaron muestras para hacer la genética”, cuenta la bióloga. El llamado “tigre criollo” está en peligro crítico en la Argentina: “Es una especie que tenía una distribución muy amplia en nuestro país, y que hoy queda limitada a tres subpoblaciones en el Norte: la Selva Paranaense, el Gran Chaco y la zona de las Yungas. Son poblaciones que ya no están conectadas y quedaron aisladas genéticamente también”.

El aguará guazú es una de las especies autóctonas en peligro más singulares. Foto: prensa Temaikèn.

En materia de investigación, la fundación articula con CONICET, el INTA y las universidades de Buenos Aires, La Plata y Misiones, entre otras. En cuanto a las contingencias ambientales que se atienden desde el CRET, la especialista pone otro ejemplo de colaboración con organismos del Estado, como los casos de elefantes y lobos marinos que se pierden en el Río de la Plata y el Paraná de las Palmas, y que suele detectar Prefectura Naval. “Cada una de las especies tiene un abordaje diferente en función de lo que podemos ofrecer en el trabajo en red”, sigue la bióloga. “Siempre destacamos que la conservación se logra al unirnos, cada uno con lo que sabe hacer. Temaikèn tiene una gran fortaleza en el manejo y la rehabilitación. El rescate se hace con la autoridad, que lleva adelante los operativos”.

En épocas de ajuste a la ciencia, también para el conservacionismo los cambios de gestión o recortes aplicados a los organismos estatales obligan, cuanto menos, a reconfigurar los procesos. “Hemos intentado buscar creativamente las formas para poder darle continuidad a todas las líneas de trabajo y seguir reforzando otras”, explica Ciccia. Recalca que hay diferencias por provincia o jurisdicción, y que Temaikèn tiene capacidad de financiación y operación propias. Por su parte, Vitale explica que el respaldo de la Municipalidad de Olavarría y los acuerdos que La Máxima establece con las universidades lograron amortiguar el achique a nivel nacional. 

Declarado Monumento Natural a nivel nacional y provincial, el yaguaraté se encuentra en riesgo crñitico en la Argentina.

Concientización y participación

“La crisis de biodiversidad avanza de manera acelerada y la desconexión agrava la situación, como no entender que lo que consumimos a diario proviene de la naturaleza”, alerta Ciccia. En la fundación Temaikèn capacitan docentes que cumplen con proyectos socioambientales en las comunidades, «logrando cosas maravillosas. También intentamos que la experiencia de los visitantes al bioparque sea muy memorable, por eso inauguramos recientemente Planeta Vida, una propuesta con un componente de ficción, pero basada en todo lo que está pasando”.

Vitale destaca los programas de ambientalismo popular de La Máxima: “Es un ambientalismo en el que los ciudadanos participan de las decisiones educativas y políticas sobre ambiente. Se trata de escuchar, reconocer y elaborar propuestas en base a lo que se trata en comunidad. Desde la separación de residuos a las huertas agroecológicas en los hogares, son decisiones que nos acercan y forman parte de nuestra ciudadanía, no son solo teoría”.

En el bioparque de La Plata asisten a animales provenientes de decomisos, secuestros o en situaciones de vulnerabilidad. Foto: prensa bioparque de La Plata.
La transformación del zoo urbano de La Plata

El Bioparque de La Plata es un caso paradigmático de las transformaciones de los zoológicos urbanos. “Es un proceso profundo y gradual, que responde a cambios culturales, científicos y éticos a nivel global”, explica María Manuela López, su directora. “No se trata solo de cambiar un nombre, sino de revisar críticamente un modelo histórico basado en la exhibición de animales para pasar a uno centrado en la conservación, el bienestar animal, la educación ambiental y la producción de conocimiento”.
Si bien hoy recibe a escuelas de la zona, el bioparque platense todavía está cerrado al público. “Es un proceso complejo, con tensiones y tiempos largos, porque conviven animales que llegaron en otros contextos históricos con una mirada actual que exige responsabilidad y reparación”. En ese sentido, el 4 de febrero pasado el bioparque informó con tristeza el fallecimiento de Tomy, “el querido chimpancé macho de 49 años que residía en el predio”. Estaba sano y con asistencia especializada. Había llegado en 1980 al entonces Zoo de La Plata, proveniente del circo Tihany.
Hoy, el bioparque participa y colabora en tareas de “rescate, recepción y asistencia de animales provenientes de decomisos, secuestros o situaciones de vulnerabilidad”. Ya consiguió reubicar a más de una centena, tanto en parques o reservas de la Argentina como del exterior, como el caso de dos leones y un tigre trasladados a Estados Unidos y Sudáfrica. También articula con la Universidad Nacional de La Plata en áreas como biología, veterinaria, educación, ambiente y extensión universitaria, para “transformar al Bioparque en un verdadero laboratorio vivo, tanto para la investigación como para la formación de estudiantes”, cierra López.

Amenazadas

En Argentina, hay al menos 576 especies de vertebrados amenazadas o en peligro de extinción: representa cerca del 18% (2 de cada 10) de la fauna nativa. Los principales grupos afectados llegan a significar el 24% de los mamíferos y el 12% de las aves nacionales. ¿Cuál es la causa principal? La pérdida de su hábitat por acción humana.

En alerta por la situación de la fauna marina

Según uno de los últimos informes publicados por la Fundación Mundo Marino, el impacto antrópico (es decir, las acciones de las personas) sigue siendo una de las principales amenazas para la fauna marina. Interrupción del descanso o de procesos de muda de pelaje, hostigamiento de seres humanos o mascotas, desnutrición, lesiones o enmalles son las situaciones más habituales que se reportan cada año. En 2025, desde el centro de rescate y rehabilitación de San Clemente del Tuyú se asistió a 338 animales entre mamíferos marinos, reptiles y aves marinas, de los cuales 147 fueron hallados muertos, 61 fueron atendidos en la playa, y 130 ingresaron para su rehabilitación. Entre los últimos, 64 fallecieron por lesiones graves, 55 fueron reinsertados y 11 continúan rehabilitándose. Consultados para ser parte de esta nota, desde el parque marino prefirieron no participar.

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