Di Stéfano, Maradona y Messi, vórtices de sus mundos particulares

Por: Roberto Parrottino

¿El juego, antes, era más “lento”? A pesar de las descalificaciones, cada uno expresó un modo “resonante” de estar en y hacia el fútbol. El sinsentido de comparar épocas y la inexistencia de “el mejor de todos los tiempos”.

El video destaca las intervenciones de Alfredo Di Stéfano a los casi 36 años en el España 2-Francia 0, amistoso en el Bernabéu en 1961. La voz en off, en inglés, de la cuenta “Ballerholics”, relata que el “jugador todoterreno por excelencia” era “más que un simple delantero: era el motor, el cerebro y el corazón del equipo”. Que “no estaba confinado a una sola posición: se movía con libertad, apareciendo donde se lo necesitaba, defendiendo, creando, rematando”, porque “su ritmo era incansable y su comprensión del juego se adelantó a su tiempo”. Di Stéfano, director de orquesta en las primeras cinco Copa de Europa de Real Madrid (de 1956 a 1960), agrega la voz en off, “no sólo jugó al fútbol: lo moldeó, lo amoldó a su voluntad”. Hasta que un periodista en X enciende la polémica estéril con un tuit irrespetuoso, descalificando y desprestigiando el fútbol del pasado por supuestamente “lento” y “tosco”: “Este video marca que el amateur está a 60 años de un profesional”. Di Stéfano nunca fue amateur, revolucionó el juego en su contexto temporal y fue el más grande hasta la irrupción de Pelé.

En un fragmento de The Charlton Boys (1968), documental acerca de los hermanos Bobby y Jackie Charlton, campeones del mundo con Inglaterra en 1966, vemos un partido informal entre los jugadores de Manchester United en una cancha cerrada, bajo un tinglado –como las que se alquilan– en el centro de The Cliff. La cámara, adentro de la cancha, persigue a Bobby Charlton, pero sobre todo a George Best, el genio creativo norirlandés. La pelota sin gajos, las paredes laterales integradas al juego, las ropas aleatorias entre los jugadores, de cuerpos de trabajadores más que trabajados. Y, a diferencia del video de Di Stéfano, más velocidad. Manchester United fue campeón de la Copa de Europa de 1968. La menor cantidad de fotogramas por segundo de las cámaras antiguas le mienten a los ojos y dan la sensación de que el fútbol era más lento.

¿El fútbol, antes, en general, era más lento? La vida era más lenta. Pero el fútbol no es una carrera de 100 metros, una prueba atlética. La velocidad es apenas un factor incidente, y ni siquiera uno de los más importantes, porque si no los futbolistas serían como Usain Bolt, de paso estrepitoso por el fútbol profesional. La velocidad que más importa en el fútbol es la de la cabeza del que lo juega, y la de la pelota, que aún llega más “rápido” que un velocista de un punto a otro del espacio –cuando así se lo requiere en una jugada– y que va más despacio cuando un artista engaña y ralentiza el tiempo.

“El fútbol, como todos los deportes, ha ido a otra velocidad. Ves un partido de los 60 y es otra velocidad. Y es normal. Escuchás una canción de los 60 y es otra cosa: no tiene arreglos, es diferente. No tenés ni idea si traés un grupo de esa época a esta si lo escucharía alguien o no. Es imposible saberlo –me dice Pablo Aimar, entrenador asistente de Lionel Scaloni en la selección argentina–. Entonces, cada época tuvo su brillo, su belleza, su estilo, su velocidad. Incluso ves un partido de tenis de aquella época y decís: ‘No, uno de hoy le pega a otra velocidad’. Pero no tenés idea qué hubiese hecho un jugador de aquella época en esta: hubiese sido genial igual, porque se hubiese adaptado, hubiera entrenado como en esta época y su cabeza extremadamente competitiva lo hubiese hecho destacar también en esta época”.

¿Lionel Messi hubiera resistido las patadas en las antiguas batallas en las canchas, como la llamada “Batalla de Santiago” entre Chile e Italia en el Mundial 1962? ¿Diego Maradona hubiera sido aún “mejor” y más “grande” –más Maradona– en los tiempos actuales de redes digitales y de un juego que tiende a proteger al futbolista (las tarjetas amarillas y rojas debutaron en México 1970, pero el primer expulsado fue recién en Alemania 1974, lo que da cuenta de la persistente permisividad arbitral a la violencia? ¿Acaso Pelé, según estudios de la ciencia, no saltó más alto que Cristiano Ronaldo (1,22 m contra 1,02 m) y no registró velocidades máximas similares a las de Kylian Mbappé (36 km/h, 100 metros en 10,3 segundos)? ¿Y la Alemania campeona del mundo en 1974 promedió la misma velocidad que la que jugó el Mundial de Sudáfrica 2010 (2,60 m/s), según otro estudio publicado aquel año por la revista 11 Freunde?

En su artículo “Contra el anacronismo”, Facundo Nolasco (@stabilemat) escribe: “Es la creencia de que el fútbol existe por fuera de sus condiciones de existencia. Como si se tratara de una práctica estable, siempre idéntica a sí misma a lo largo del tiempo, comparable en bloque entre épocas distintas. Como si el fútbol fuera ‘uno’ y lo único que variara fuera su nivel. Pero el fútbol no es algo aislado, ni permanece inmutable a través de la historia. Suponer que el juego es siempre el mismo y que lo único que cambia es su nivel y grado de desarrollo conduce al anacronismo. Y aquello que no se ajusta a los parámetros contemporáneos aparece deficiente. No porque ese fútbol lo fuera en su propio mundo, sino porque se lo juzga desde un mundo que no es el suyo”. Nolasco, psicólogo que estudia Filosofía en la UBA, sostiene que extraer a un futbolista del “ecosistema” que lo produjo es “desarmarlo”. “Se trata –explica– de una ficción que descansa en una falsa separación entre jugador y mundo. El jugador es tratado como una entidad aislada, portadora de atributos propios, independiente del entramado que lo hace posible. Pero no existe por fuera de ese entramado. Y nadie podría jugar mejor al fútbol en ese contexto. Lo que vemos en los partidos del pasado no es una versión incompleta de algo que vino después, ni una etapa inmadura de un desarrollo lineal. Aquello que se ve es el máximo rendimiento posible dentro de ese mundo. Existe una responsabilidad: no exigirle a un mundo que sea otro del que fue”.

La maximización en la preparación física y la alimentación (los “cuidados”, en cualquier plano). La mejora del estado de los campos de juego. El reglamento a favor de los atacantes (y sus tácticas). La comodidad de los botines. La disminución del peso de las pelotas (el cuero absorbía el agua) y las camisetas (la transpiración aumentaba el kilaje corporal). Todo eso y más –mucho más, como la actual histeria de los hinchas– “aceleró”, en términos generales, el fútbol.

El sociólogo alemán Hartmut Rosa –60 años, hincha y socio del FC Carl Zeiss Jena, hoy en cuarta división pero tres veces campeón de liga en los años de la República Democrática– se convirtió en “adicto” al fútbol a los ocho años, durante el Mundial en su país en 1974. Arquero en los partidos con amigos, Rosa, reconocido por su estudio de los conceptos de “aceleración” y “resonancia”, entiende al fútbol como “una forma específica de estar en y hacia el mundo, una forma particular de relación con el mundo”, porque proporciona “evidencia empírica para estudiar energías sociales circulantes con jugadores, equipos e incluso estadios”. Rosa explora las condiciones del florecimiento humano (ein gelingenden Lebens, en alemán). “Para los humanos modernos, el deporte, la música y el arte son capaces de proporcionar elementos vitales para una buena vida –detalla–. No son sólo esferas ilustrativas o metafóricas, sino constitutivas para un modo resonante de estar en y hacia el mundo. Los seres humanos siempre se encuentran situados en un mundo en el que desarrollan una cierta postura mental, corporal, cognitiva y emocional”.

Son los mundos particulares en que se desenvolvieron –y resonaron– Di Stéfano, Maradona y Messi, vórtices en las vidas de sus contemporáneos, los mejores futbolistas en sus tiempos vitales, porque no tiene sentido comparar a jugadores de épocas diferentes, y quizá no exista “el mejor jugador de todos los tiempos”.

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