Diario de atletismo en Kenia, donde correr es como respirar: natural, inevitable y cotidiano

Por: Damián Cáceres

Damián Cáceres, periodista y maratonista aficionado, viajó a Iten, la casa de múltiples campeones olímpicos, en el este de África. En Huellas de Kenia (Ediciones Al Arco) detalla sus entrenamientos por caminos de tierra.

El día a día en Iten, Kenia, la autoproclamada “Casa de los Campeones”, puede enmarcarse con una sola fotografía a partir de cientos de corredores que van y vienen al ritmo de sus zapatillas. Main Road –también conocida como Kerio Valley Road o Iten Road, según Google Maps–, la ruta principal que divide en dos gajos a esta ciudad rural de 50.000 habitantes, cada mañana se convierte en una suerte de huella surcada con perfecta simetría. En uno y otro sentido, el ir y venir no se detiene hasta poco antes de las 11 de la mañana, cuando llega el momento del primer descanso luego del esperado y necesario desayuno post entrenamiento.

El sonido seco y rítmico de las zapatillas contra el asfalto –tap–tap– tap–tap–tap– obliga a los vehículos a ceder el paso. Esa melodía acompasada guía los movimientos de los conductores de matatus –combis donde siempre entra uno más– y de las omnipresentes piki pikis, motos que ofician de taxis, capaces de transportar hasta cuatro personas, colchones, camas de dos plazas o lo que haga falta. Ambos, son un medio de transporte esencial y una fuente de ingresos accesible para jóvenes mayores de edad.

El tránsito en Iten parece ficticio: matatus abarrotados y autos zigzagueando como dragones furiosos que devoran kilómetros en una danza temeraria sobre una ruta de dos manos con escasa, por no decir nula, señalización. Uno desearía que circularan con la lentitud de un cortejo fúnebre. Pero no. Aquí todo se mueve con prisa, sin pausa ni cinturones de seguridad. Los choferes manejan con una sola mano, mientras con la otra –la derecha, al estilo inglés– gesticulan fuera de la ventanilla con un lenguaje propio, caótico y expresivo. Los únicos stops, es cierto, solo son para subir a más pasajeros o cuando el conductor lo decide. No importa si hay demora: un pariente o un amigo al borde del camino justifica la detención.

La sensación de peligro es constante. En cualquier momento puede ocurrir un accidente, y eso implicaría chocar, quizás herir, a un corredor. Una situación que se convertiría en una verdadera pesadilla para el chofer, porque allí los que corren siempre tienen prioridad. Por eso, es clave achicar el margen de error, porque en ciertas partes se cruzan corredores y vehículos en un llamativo, pero perfecto caos, donde el sonido de las bocinas evidencia la impaciencia de los conductores que, pretenciosos, se animan a pasar por lugares casi imposibles. Pericia o locura, ellos (porque muy pocas mujeres manejan) intentan maniobras complejas con automóviles destartalados por los inclementes caminos de tierra y ripio. Salvo algunas rutas principales, todo es tierra y ripio.

Sobre Main Road, justamente, sobresale el famoso cartel en forma de arco que proclama: “Iten, Home of Champions”. Para los visitantes es un emblema. Para los locales, apenas una referencia geográfica, a la par de la estación de servicio National Oil (la estación de servicio más grande de Iten). Según la época del año, ese cartel puede estar oxidado, cubierto de propaganda política o de pegatinas. Como si su propio deterioro reflejara el contraste entre lo que representa para unos y lo que significa para otros.

Para los kenianos, lo simbólico que le imprimen los muzungus (tal como llaman a los no africanos) les resulta extraño, casi ajeno. “Lo que para ustedes es un emblema, para nosotros es una marca, una referencia para ubicarnos. Como para otros lo es la National Oil. En mi caso, el cartel de “Home of Champions” es una marca para que mi grupo de entrenamiento inicie sus prácticas cuando lo hacemos acá”, cuenta Elkanah Rutto, entrenador del Cloud9 Running Team, uno de los tantos grupos que habitan este ecosistema de atletas que viven el deporte como una oportunidad para trascender. En Kenia, correr es como respirar: natural, inevitable y cotidiano. Sin embargo, el choque paradojal se observa al verlos caminar. Lo hacen muy lento, “despacito, total quién nos apura”, se excusan, con ese aire de quien no tiene urgencias. “Kenyan time”, dicen entre risas. “Pole–pole”, agrega Rutto, mientras mueve las manos hacia arriba y hacia abajo. “Rápido vamos cuando corremos. También es una manera de ahorrar energía”, agrega con una mueca cómplice, casi irónica y compasiva con el nuevo visitante. “Corremos rápido, sí. Pero caminamos lento. Es nuestra forma de ahorrar energía”. Y también, tal vez, de estirar el tiempo. Rutto habla pausado, con voz cálida y espesa, como cacao líquido. Esa combinación la torna magnética. Cada frase parece medida, como si hablara desde un lugar sin urgencias. Si Rutto dice o indica algo, lo hace con seguridad. No habla por hablar. Ninguna enunciación que salga de su boca carece de sustento y cada palabra invita a la reflexión. En el Cloud9 hay corredores de todos los niveles. Si bien no son los más destacados de la zona, su axioma es que no sólo hay lugar para buenos corredores como Tall Man –un kalenjin cuyo nombre real es Theophilus Kipsang Yator, apodado así por su figura espigada– como para quienes corren más lento o de forma recreativa, con espíritu lúdico y comunitario. «

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