Diario de la saudade

Por: Nicolás G. Recoaro

A veces pienso que esta pandemia miserable nos hizo entender en serio lo que es la melancolía. La añoranza por lo que ya no está. Y no va a volver.

Cuando empieza a caer la noche me gusta subirme al techo de mi casa. En esas horas grises de cielo nublado sin una puta estrella, escalo hasta la punta del tallercito que tengo pegado a la terraza. En el sur de la ciudad, el suburbio del suburbio, la banda de sonido suele ser de las sirenas de los patrulleros y de alguna que otra bocina de los bondis que llevan obreros escapando del yugo diario. Cuando hago cumbre, abro una latita de cerveza, fumo, miro mis patas flacas balanceándose en la cornisa. Y lloro. Es que me pinta la saudade. Como un alpinista hago equilibro en las alturas de Barracas para no caer en el abismo que separa el pasado y el futuro. ¿Cómo bajar?

Me pasa hace meses. No lo puedo evitar. ¿Seremos muchos los que andamos con saudade? Imagino que no debo ser el único perejil. A veces pienso que esta pandemia miserable nos hizo entender en serio lo que es la melancolía. La añoranza por lo que ya no está. Y no va a volver. Ya lo dijo el maestro Yoda: “Preparate para dejar ir todo lo que temés perder”. Ahora, dígame, ¿cómo se hace, maestro? Que la fuerza me acompañe.

Hace unos días busqué respuestas en el diccionario. Saudade, palabra difícil, dicen imposible de definir. Ni qué hablar de traducir. Viene del portugués, inseminada por el latín solitete, “soledad”. Atesora una deriva con paradas en soadade, suadade, saüdade… Nomadismo inverosímil para los lingüistas más capos. A ella no le importa la discusión etimológica y todos los días sube hasta mi cabeza. Siempre hasta la cresta. Como ahora, que fumo en el techo, entre nubes de humo dos veces respirado. Humo sobre la saudade. Y vuelvo a pitar.

En la cuenta de Instagram de un amigo veo la foto de una pintada callejera. A las apuradas, algún poeta urbano tatuó en una pared: “Lo k extrañás ya no existe”. ¿Será tan así? Hace un rato me colgué viendo el jazmín que empieza a florecer en la terraza. Olí una flor y viajé más de 30 años atrás en busca del tiempo perdido. Al techo de la casa de mis abuelos, en Ramos Mejía. Los jazmines del país blancos y radiantes cuelgan como racimos. Con parsimonia, mi abuela Negra cocina arroz partido y carne picada para los perros. Suena radio AM. Creo que es Larrea. El nonno riega un rosal. Yo miro la escena pasada desde otro techo, en el presente oscuro de Barracas. Extraño, luego existo.

Madres, padres, abuelas, abuelos, compañeras, compañeros, amigas, amigos, amantes, amores. Perdimos demasiado en estos dos años eternos de peste. Quizá llegó el momento de guardarlos en el corazón y dejarlos ir en paz. Miro una vez más el cielo desde la cornisa y le escribo por WhatsApp a mi amiga Mónica, editora de Cultura de Tiempo. Le comento de una errata que iba a salir en una nota suya en la edición papel. Sí, ejerzo el noble oficio de remendar textos en la corrección. “Historia universal de la infancia” había rebautizado el libro de Borges. Moni se mata de la risa, dice que soy un memorioso, como Funes. También me confiesa que hacía un rato estaba justo pensando en su viejo y en un tanguito de Julio De Caro que le tocaba en el piano cuando era muy pibita. Se llama “Flores negras”. Hermoso tango, para bailar bien apretados. Lloró un poquito, me confesó Moni, pero en el fondo había disfrutado ese recuerdo. “¿Sabés lo que significa recordar? –pregunta antes de despedirse–. Volver a pasar por el corazón”.

Otra amiga me pasó un libro de Antonio Tabucchi hace algunas semanas. Se llama Sostiene Pereira. Lo leí de un tirón. Me atrapó la historia de ese curtido y gris periodista que vive en Lisboa, en el 22 de la Rua da Saudade, durante los años treinta, plena dictadura de Salazar. Pereira pasaba sus días reflexionando sobre la muerte, que en el fondo es reflexionar sobre la vida. Un buen día, uno de esos que no suelen pasar, conoce a un aspirante a cronista, un muchacho que milita en la resistencia al régimen. El pibe lo despabila. Le cambia la vida. Sostiene Pereira que estamos hechos de una confederación de almas. Pero no siempre estamos gobernados por la misma. Cada tanto se desatan revoluciones adentro nuestro y una nueva se impone. ¿Y si en vez de almas usamos la palabra vida?

Antes de liquidar la lata de cerveza en el techo quiero escuchar a Cartola, santo patrono del samba carioca. Tiene varias canciones dedicadas al recuerdo, la melancolía, la nostalgia y, por supuesto, la saudade. Busco en YouTube el video de “O sol nascerá”. Desde las alturas del morro de Mangueira, arrabal de Río, el viejo me canta: “Sonriente / tengo ganas de vivir la vida / porque llorando / vi a la juventud / perdida / Fin de la tempestad / el sol nacerá / Fin de esta saudade / Tendré alguien más a quien amar”. Cuánta razón, querido Cartola. Recién arranca la primavera. Quizá llegó el momento de bajar.

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