Cuando Diego Placente entró por primera vez al predio de la AFA en Ezeiza –un lunes de 1995 después de haber cumplido los 18 años– lucía el pelo recién rapado. No se parecía al pibe que había salido campeón en Novena, Octava y Séptima División con la categoría 1977 de Argentinos Juniors después de que empezara a jugar entre los pastizales de las vías del tren Urquiza, frente a su casa, y en el baby del Club Victoria de Villa Bosch. “El Cabezón” –apodo de inferiores– sabía que, para estar en la selección juvenil que dirigía José Pekerman, había que ser y parecer.

En 1997 –lateral izquierdo titular en los siete partidos– fue campeón del mundo Sub 20 en Malasia. Y, después de haber ascendido a Primera con Argentinos, pasó a River. El relator Mariano Closs lo llamaba “El Viejo” en las transmisiones. Con soltura y expertise en el juego, disimulaba la edad. “Jugaba muy tranquilo, como que parecía que tenía 30”, dice ahora Placente, sentado en la sala de prensa del predio, el barullo de los juveniles de fondo. Entrenador-formador, 49 años, padre de tres hijos, en 2027 cumplirá una década en la estructura de selecciones: dirigió a la Sub 15, 17 y 20. Y el viernes, con la Sub 19, se quedó con la medalla de plata en los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026.

—¿Qué es un formador de futbolistas? ¿Es un poco “ayudador”, otro “acompañador”?

—El objetivo en el fútbol juvenil es ayudar en lo que se pueda a un jugador, en que se descubra más a sí mismo, en ver si puede mejorar la falencia. Porque en realidad a los buenos jugadores ya los ves y vienen de fábrica, de su ADN. Los buenos son buenos de chiquitos. Y no perder el foco, que pasa mucho en inferiores: ganar el sábado y durante el año darle más importancia al ganar y no al que vaya mejorando en lo que uno ve que tiene que mejorar. Es acompañar, porque los jugadores que vienen a la selección ya son buenos. ¿Qué se podría potenciar? La confianza; a veces el fútbol ni siquiera es algo técnico, sino que tenga más personalidad o confianza, que se le crea más. En algunos ves algo que puede mejorar, sobre todo pensando en que llegue a Primera y después a grandes equipos. ¿Le pega más o menos? Que mejore eso, porque después tiene todo lo otro. Tratar de potenciarlo siempre y decirle que trate de mejorar esa parte. O si en su equipo no arriesga tanto, acá puede arriesgar más para acostumbrarse a saber hacerlo cuando tenga que arriesgar. Potenciar defectos técnicos, algo tácticamente. Entender más el juego: jugándolo, lo va entendiendo, y uno le va hablando. Después cada uno tiene algunas cualidades mejores que otras. Ver en qué se puede potenciar antes de que llegue a una Primera División, que ya el error se perdona mucho menos.

—“En vez de bajarles línea a los chicos, hay que escucharlos; porque en sus nervios hay mucha más información del futuro que la que los tipos de nuestra edad pueden tener como para aconsejarlos”. Indio Solari, en la conferencia de Los Redondos en Olavarría, 1997. Sos ricotero. ¿Hacés eso?

—Trato de ponerme en el lugar de ellos. Uno a veces baja línea pero después decís: “A esa edad, hay un montón de cosas que son entendibles”. No olvidarse de eso. Muchas veces el fútbol ya se hace tan táctico en juveniles que se vuelve aburrido. Por ahí en los entrenamientos todos hacen mucho más de primera. Obvio, hay que mejorar, pero uno está en el fútbol porque es una pasión y te divierte, te gusta lo que hacés. Por ahí hacés entrenamientos para que la pasen bien. Te das cuenta cuando la pasan bien porque no quieren que termine un entrenamiento.

—¿La pelota en el medio y el juego?

—A edades más chicas decís: “¿Hasta cuándo está mal que sean comilones, más individualistas?”. Cuando ves una categoría que juega muy bien, que hace muchos movimientos tácticos, se pierde un poco la esencia del potrero. Entonces, a veces, que sean más egoístas. Que los vayan aprendiendo, pero que no pierdan el gambetear, el hacer cosas diferentes que, después, cuando sos más grande, lo corregís porque si no el entrenador te saca o ves al que es mejor y vas madurando. Pero no perder eso de tan chicos. Hay mucha información, por los movimientos o porque hacés una jugada y sale… En eso, el jugador piensa menos, no sabe que puede hacer más movimientos, no es tan creativo, espontáneo. De hecho, por jugar más simple o “hacer lo que tiene que hacer”, el rival piensa lo mismo y te la saca. La pelota pasa por entre las piernas, por si la frenás un poquito, por si la pisás; eso es potrero. Desde ejercicios o juegos, tratar de poner la táctica ahí y después, cuando va a llegar un torneo, ajustar. Pero no perder tiempo en hacer mucho táctico o pelota parada si no es un torneo. Tratar de que los días que vengan jueguen y jueguen; porque cuando juegan entre ellos, con ejercicios, van mejorando y los hacés más difícil y van mejorando, y después la rueda hace que uno potencie al que se va quedando, y viene otro y se mete y esa competitividad hace que todos mejoren. Cuando jugás con los buenos, querés estar en la selección, querés jugar con los buenos, te acostumbrás a otro ritmo, a otras dificultades.

—Ramón Maddoni, viejo formador que te detectó de chico y que te llevó a Argentinos, decía: “Mucho ritmo, mucha agresividad, poco juego. Pero seguimos sacando jugadores en Argentina”.

—Con simpleza, a su modo –te retaba–, te tiraba conceptos que después te servían. Siguen apareciendo jugadores, pero no hay que perder lo distinto, la espontaneidad. Hay que aprender lo que culturalmente vivimos, lo que se juega en Argentina. Primero, es pasional. Cuando se juega con tanta pasión, a veces esa competitividad es buena porque te hace sacar lo mejor y ganar, o si vas perdiendo, siempre pensar que podés ganar. Pero también a veces no pasarse para el otro lado, que solo sea ganar, ganar, ganar, y no jugar. Se dan las dos. Ojalá que siga habiendo el baby, los potreros. Por eso, de chiquito, no sacarle eso que tiene cada uno para que siga potenciándose: gambetear, tirar caños, porque en otros lugares del mundo son más automatizados.

—¿Las selecciones juveniles son las inferiores de la mayor (24 de los 26 citados al Mundial 2026 habían pasado por ellas)?

—Es el objetivo. Buscamos jugadores que tengan un estilo que tenemos los que estamos ahora, y que lo represente. Cuando vemos jugadores, más allá de lo técnico, si son rápidos o altos, vemos cómo lo podemos mejorar para que el día de mañana haya de todo en la mayor. Si son centrales altos, potenciar salir jugando si dan las características, para que pueda ser jugador de Primera y después de la mayor. No te olvidás nunca cuando estás en la Sub 15 y te llaman para la 17, y estás en la 17 y vas a un torneo con la Sub 20. Te enfoca mucho más, te hace querer estar. Ni que hablar cuando baja Scaloni y los de la mayor a ver los entrenamientos o a pedir jugadores y van a entrenar. Eso potencia ese sentido de pertenencia; en ese feedback te pueden preguntar por jugadores que ellos ya proyectan para el futuro. Otros no sabés cómo será su maduración después de una edad difícil como es la 17, cómo se meten entre Reserva y Primera, pero hay algunos que los ven y los proyectan. Podés ir a la mayor sin haber pasado por juveniles, pero el convivir con los mejores, te potencia. Les decimos a los chicos: “Ojalá no se vayan nunca”. Y cuando se acostumbran, bajarlos a la tierra: “Miren que acá siempre tienen que estar los mejores. Un día no estás más. Entonces, disfrútenlo, compitan siempre, pero disfrútenlo”. Tuve un proceso de juveniles y jugué en la mayor. Fui seis meses antes del Mundial 2006, y no fui más, nunca más volví. No me lo había imaginado. Entonces te queda eso y les decís a los chicos: “Me pasó. El día que no vas una vez más, después no vas nunca más, porque hay renovación y chicos que están a un mejor nivel”.

—En el último Sudamericano Sub 17, Argentina metió un golazo tras 15 pases. ¿Eso es “la nuestra”? ¿Qué más?

—Fomentar que no les queme la pelota, porque cuando jugás contra equipos buenos o potencias, están a tu nivel, y si vas a lo físico, perdés. Entonces, jugá con la pelota que para eso entrenamos. A veces, cuando se juega tan intenso y con tantas presiones, la pelota es más difícil. Entonces, que se calmen y que se acostumbren a que todos quieren la pelota, que es mucho más fácil. Acostumbrarse a que la que hay que sacar, sacarla, pero la que no, que se juegue. Por eso hay un proceso antes: a veces perdés partidos y el error es parte del aprendizaje. Sacamos esas presiones y decimos: “Equivocate”. Hay jugadores que veías que había condiciones y cuando salía jugando un central, la perdían. “Tranquilo, no pasa nada. Acostumbrate a esa presión. Vas a cometer errores pero vas a ir creciendo”. Si no, después, cuando sos más grande, te animás menos. Si uno revisa las listas de José (Pekerman), muchas veces había cinco número 10 y después veía dónde los ponía. Nosotros nos preguntábamos por qué tenía tantos. Buscaba el buen pie, y sabía que, por ese lado, iba: el jugar bien y después competir con todos y hacerte protagonista. Eso les decimos: “Para jugar en la selección argentina hay que tener protagonismo, traten de hacerlo desde que son chiquitos”. También es la personalidad del jugador argentino.

—¿Se entrena la intuición, la química entre dos jugadores?

—Es animarse. Cuando uno se anima, hace algo y después lo puede repetir y ya te va quedando un hábito. Sale sin tanta regla. No cortar ni retar a un chico cuando hace algo de más. A mi hijo (Lorenzo, jugador de la Séptima de Argentinos) le digo: “No estuvo mal, se animó a hacer otras cosas y, si lo hace de vuelta porque le va a salir bien, va a crecer”. Después hay jugadores que lo podés potenciar, que se animen a hacer en un partido lo que hacen en un entrenamiento. “Animate. ¿Te sale la rabona? Tirala”. Obvio, siempre que sea beneficioso, como el caño; tirar un centro de rabona si le pegás bien con la rabona en lugar del pie inhábil. No hay nada de malo.

Diego Placente: “Venir a la selección requiere un sentido de la ubicación”
Foto: @Argentina.

—Uno de los secretos del semillero de Argentinos es que, por ejemplo, no ficha al mejor 2, sino a los mejores, a los que mejor juegan, y después les buscan la posición. ¿La hiperespecialización puede limitar el rango de un jugador?

—Yo me probé de 5 porque jugaba al baby, en mi barrio, de 5. Cabeceaba bien, era fuerte. En cancha grande no había jugado nunca, estaba medio perdido. Como defendía y cabeceaba bien me pasaron de 6. Y jugué de 6 hasta Sexta. Lo que ven es que el jugador sea bueno, que le vean algo, y después ven en qué lo van a acomodar. Después, ya con 17 años, tenía muy buena técnica y no era tan alto. Me corrieron al lateral izquierdo. Al principio no te gusta. No son las mismas posiciones. Después te vas acostumbrando. Y terminé de lateral. Uno ve que el jugador es bueno y le va viendo cosas buenas, y si lo pongo acá, ver en qué puede explotar. Pasa de grande: ves a un jugador que no es para una liga y pasa a otra, o a otro equipo en el que tiene que hacer otro juego, y es un fenómeno. Acá lo mismo: en qué posición puede rendir más y ver en qué se va acostumbrando, y después, si se convence, se descubre que sirve para esa posición.

—En el Mundial Sub 20 de Japón 79 jugó Maradona. En el de Países Bajos 2005, Messi. En el de Malasia 97 jugaron Riquelme y Aimar. En el último Mundial Sub 20, en el que Argentina fue subcampeón, se ausentaron Echeverri y Mastantuono. ¿El riesgo es quemar etapas en la formación?

—Se pierde la esencia de la edad porque se adelanta todo y se acelera mucho. “Che, hace dos años que un jugador está en Primera y no creció”. Y tiene 18 años. Es una lástima que los jugadores se pierdan un Mundial Sub 20, con todas las experiencias que te quedan. Por eso hay que bajar las edades; con tanta competencia, no hay forma que te los cedan. Para el Sudamericano Sub 20 de 1997, recién dos o tres habían jugado en Primera. Entre Sudamericano y Mundial, casi todos ya jugaban en Primera. Ahora hay chicos en la Sub 17 que ya debutaron en Primera. Es una lástima que los clubes no puedan retenerlos, como pasó con Echeverri y Mastantuono en River. No disfrutan del club y se van a otras ligas. Hay jugadores que juegan en Primera y todavía no están preparados. Y otros que se van que tampoco están preparados para irse y dos o tres años después pueden explotar. Cuando estaba en River, me iba a ir a los 20 a la Roma, apenas había llegado. Me quedé disfrutando tres años hermosos en River y me fui al Leverkusen con otra personalidad, otra confianza, otra forma de jugar, otra cabeza, pensando: “Voy y juego”. Si me hubiera ido a los 20 a la Roma, no sé si me hubiera ido así. Por ahí estás dos años dando vueltas, de un club al otro, y recién a los 22 te acomodás. El fútbol argentino te daba eso: curtirte bien para después irte y estar preparado para lo que viene. Nos pasa con los Sub 20. “Van a jugar porque son buenos, pero les falta. Están jugando en Primera y les falta”. Y es normal que tengan errores; tienen 17, 18, 19 años, y hay un montón de situaciones que no las vivieron y todavía no se corrigieron; las van a ir corrigiendo con el tiempo. Quemar etapas tiene eso. Lo difícil es que después vienen las presiones, que se hacen más difícil con las redes sociales, que te sacan o te dan confianza. Por eso tienen que estar más maduros en todo para estar mejor.

—¿Cúal es la diferencia entre la autoestima y el ego?

—Es fina. Hace poco hablábamos con un chico que juega muy bien pero le falta autoestima; le decíamos que se la crea más, que afuera de la cancha sea como es, tímido, callado, pero que adentro sea él, que se crea que es el mejor y que no lo va a pasar nadie aunque lo ataquen todo el tiempo. La autoestima es un montón. Hay jugadores que son muy buenos pero al no imponerse, al no hacerse cargo de que juegan bien, pasan más desapercibidos. Y hay otros que decís: “Che, no es tan bueno”. Pero la autoestima hace que potencie a otro, que él se potencie. Y con eso, las falencias, ni se notan. Está bueno ser humilde. A veces ese ego los lleva a cruzar barreras; no pasarse para el otro lado. Hay una base y reglas. En juveniles hay chicos que no han ido a Sudamericanos y Mundiales por comportamiento; o los clubes deciden que no vengan a entrenar. Y a veces eran los mejores. O casi. No importa. La selección está ante todo. A veces vamos a un club y preguntamos: “¿Por qué no juega?”. “Por indisciplina”. “Que venga igual y vemos acá. Está en él”. En la Sub 17 tenemos jugadores muy buenos pero están en esa edad difícil. Son buenos, pero tienen que saber acomodarse; si no, en un plantel de Primera, eligen a otro. Solo jugar bien no te alcanza.

—“El fútbol te da mucho, pero también te lo puede quitar todo si no sabés quién sos”, dijiste.

—Muchos chicos juegan bien y después no llegan a vivir de lo que les gusta, de la pasión. Parece que se da todo y depende de uno dar ese salto, que te encuentre bien parado. A estas edades decís: “Tienen todo, les dan un montón, pero todavía no llegaron a consolidarse y jugar en Primera no es llegar, sino mantenerse”. También voy a comer con chicos de mi categoría 77 en Argentinos que jugaban muy bien y digo: “Cómo no llegaron y otros, con menos condiciones, sí”. Cuando enfrentás a grandes equipos decís: “Che, juega en el mejor club del mundo, pero no es tan bueno”. Después, en los lugares en los que jugué en mi carrera, la pasé bien, que es importante. O el viaje de egresados. El fútbol es muy tajante. Yo fui, y lo recomendaría. Todavía no estaba jugando en Primera. Son experiencias únicas. Muchos clubes les dicen que no. Entiendo el sentido, pero hay cosas en las que se puede ser más flexible y no se pierde nada. Cuando ves que en otros países hacen algo distinto y ganan, te lo avalan. Cuando podemos hacer otra experiencia con los chicos, la hacemos, como relajación para bajar la ansiedad, o que puedan hablar más tranquilos con el psicólogo, con nosotros; ser más terrenal. El fútbol se hizo tan profesional y demandante que tiene mucha más presión y, está comprobado, la relajación y otras técnicas hacen que descanse más el cuerpo en la recuperación entre partidos, más que se juega tan seguido. Cuando empezamos, con la Sub 15, hicimos una elongación con música. Se divirtieron mucho. Era nuestra primera categoría, la 2002. La pasaron bien y después muchos siguieron siendo amigos. Les decimos: “No sólo compitan, pásenla bien”. De Malasia 97 hoy estamos Scaloni, Aimar, Samuel, estaba Romeo. Jugábamos bien, pero si nos seguimos eligiendo es porque la pasamos bien.

—¿Haber jugado por dinero en el Barrio 20 de Junio, en Isidro Casanova, entre los monoblocks, y en la cárcel alemana de Klingelpütz, en Colonia, te dio “sentido de la ubicación”?

—Podés venir de un lugar o de otro, pero ser ubicado te hace saber dónde estás y disfrutar. Uno elige estar bien o mal. En la cancha, a veces hay que correr, a veces hay que estar. Y a veces hay que hablar, otras escuchar. Venir a la selección requiere un sentido de la ubicación. Representamos a la selección argentina. Les decimos a los chicos: no es ya “un jugador de Boca” o “de River”: es un argentino, y cuando hay líos o consecuencias buenas y malas, es un argentino. Lo mismo al hablar. Los modismos cambian, pero acostúmbrese por lo menos en la selección a hablar de una forma, con dirigentes, al dar notas. Después, cuando estén en su barrio, en su habitación, hablen como quieran. Si no lo vivieron nunca, hay errores. Eso es ubicación. Y ser inteligente, ir aprendiendo qué sí y qué no. Uno es como es, pero después tenés que ir aprendiendo ciertas cosas.

Diego Placente: “Venir a la selección requiere un sentido de la ubicación”
Foto: @Argentina.

—Tras el 0-4 ante Colombia en la final del último Sudamericano Sub 17, Julio Coria lanzó: “Los vamos a agarrar en el Mundial y les vamos a romper bien el orto”. El juvenil pidió luego disculpas. Vos no fuiste punitivista: sigue.

—Lo tiene que corregir, y espero que lo haya corregido. Son situaciones que si no las viviste… Es fácil hablar: “No tiene que pasar”. Cuando perdés una final, estás caliente, te están cargando, y al minuto alguien tiene que declarar por obligación… Entre tanta calentura, contestó así. Es un chico de 17 años. ¿Cuántas notas habrá hecho? ¿Cuántos momentos vivió así, caliente, de haber perdido una final y tener que dar una nota? Lo anímico no se entrena tanto todos los días. A los 20, seguramente no le pasará. Y a veces la educación del fútbol se aleja mucho. Se hizo todo mucho más profesional. No hay que ponerles etiquetas a los chicos. Tienen que saber que hay errores que se pueden corregir. Y si lo sigue haciendo, si no aprende, está bueno que no venga. La sociedad es la que corrompe a los chicos. “Los muchachos no nacen malos”, dijo el Indio. Antes todo era más extremista, mismo en la época de José (Pekerman). Un chico hacía algo, no volvía y venía otro, y ese chico no volvía más. Eso te acomoda si querés jugar en la selección. Los errores en los primeros viajes de algunos chicos, que pasan del día a día a competir con Argentina en un torneo. Muchos entraron al mar por primera vez en una tarde libre durante un Sudamericano en un lugar con playa. O la primera vez que viajamos con la Sub 15, que había muchos que no se habían subido nunca a un avión. Son primeras experiencias de situaciones que van pasando en los viajes, que son graciosas, nos reímos, y vamos aprendiendo y creciendo con ellos.

—En redes, hubo manifestaciones racistas tras la citación a la Sub 17 de Kiki Ramos, nacido en Haití, delantero de Vélez.

—Está en la selección porque juega bien, no porque sea negro. De hecho, en la 2009 de Vélez, una de las mejores categorías, era suplente de (Thiago) Aguirre y de (Juan Cruz) Policella, y cada vez que entraba, jugaba bien. Ahora, que ellos subieron a Primera, él empezó a jugar, a meter goles. Está porque es bueno, no porque en la selección hubo pocos jugadores negros. Para mí, el argentino no es racista, sino que es algo cultural. Les buscamos un sobrenombre a todos, y a él le dicen “Negro”, y al que es rubio le dicen “Polaco”, “Ruso”… No tiene nada de malo, es algo cariñoso. Saber que culturalmente por ahí está mal, y afuera por ahí sí hay un problema racista. Nosotros, en la selección, decimos que tratemos de decirle Kiki. Él vino como vinieron muchos chicos que están en buen nivel y los vemos en la selección, que no es lo mismo que en video o en el club, donde están más cómodos.

—¿Te asombró el recorrido de Tomás Aranda desde que debutó en la Primera de Boca hasta la lesión?

—Mauro Navas (entrenador de la Novena de Boca) siempre me hablaba de él en particular. Cuando uno te lo dice, le ponés más el ojo. Físicamente siempre fue chiquito, una ardilla. Jugaba bien, pero físicamente no era tan bueno. Él es categoría impar, 2007, y cuando fue el Mundial Sub 17 peleaba un lugar con Echeverri y Mastantuono. De hecho, solo se metieron dos o tres 2007. Y el click lo dio el año pasado en Reserva y este año. Si no lo tenés todos los días, por ahí no te das cuenta de lo bueno que era. De repente lo ponen en Primera y no le pesa. Viene a la selección y no le pesa, y cada vez está mejor. Tiene personalidad para jugar, igual que (Facundo) Herrera, que nunca vino pero lo tenemos seguido. Son buenos, tienen personalidad. Después pueden pasar mil cosas. Pero se criaron en Boca y saben lo que es el club.

—¿La selección mayor puede ser tu próximo paso?

—Nunca lo pensamos, mejor no pensar. Entramos con un proyecto de juveniles, diferente a lo que es profesional y la mayor. Hay torneos donde priorizamos ganar el partido pero con el fundamento anterior de que jueguen todos. En los Mundiales es diferente. Pero en la preparación a veces tiene que jugar éste por más que no esté mejor que el otro, para ver si responde, para que aprenda a tener responsabilidad, porque ser suplente y entrar es más fácil, y otra cosa es empezar con el himno y hacerse cargo del número de camiseta y jugar; esa sensación, vivirla antes. O si tiene que jugar 15 minutos, juega 15. En mayores, por más que pienses el proceso, estamos obligados a ganar. La formación es diferente y la disfruto. No sé si en el futuro pasaré a mayores.