Disidencias

Por: Julia Izumi

Otra vez aparece la ilusión de que este será el límite, el comienzo de algo nuevo, el momento en que empiece a darse vuelta la cosa, el inicio del hartazgo, quién sabe.

Una vez más, una bravuconada presidencial sacude conciencias anestesiadas por el «siga, siga» en que la Argentina está inmersa desde hace un año y poco más. Otra vez aparece la ilusión de que este será el límite, el comienzo de algo nuevo, el momento en que empiece a darse vuelta la cosa, el inicio del hartazgo, quién sabe.

La revolución cultural que se gesta en las oficinas de la Casa Rosada no hace otra cosa que atacar la histórica agenda del progresismo que todos los gobiernos neoliberales buscaron desgastar. No hay nada nuevo bajo el sol de parte del Gobierno. Tal vez la brutalidad con que se la ataca, la idea de pasar a la acción con proyectos de ley de dudoso futuro, la posibilidad que brindan las redes sociales de simular una amenaza mayor, el clima de época que parece facilitar la instalación del discurso de odio.

La complicidad silenciosa de grandes sectores que se autoperciben beneficiarios de este modelo también es conocida. Los organismos de Derechos Humanos podrían dar lecciones de esto lar-gamente.

El hecho de que Milei haya elegido un foro económico como el de Davos para atacar a feministas, trans, ecologistas, parece el dato disruptivo de este capítulo. Elegir ese escenario donde se mol-dean las políticas económicas del mundo y se consuman negocios puede parecer a simple vista fuera de lugar, una locura más del presidente distópico de la Argentina. No lo es.

¿Por qué?, porque los movimientos de las disidencias sexuales, los feminismos y el movimiento ambientalista y el antiracial son los colectivos que en el tiempo presente vienen cuestionando el orden de las cosas mientras proponen otra distribución de la riqueza, otro desarrollo, otras re-muneraciones, otras formas de trabajo, otra salud, otra circulación de personas, no solamente otras identidades y géneros. En definitiva, otra economía.

Con los partidos políticos en crisis, con algunos sindicatos domesticados ante la pulverización de los salarios, no es casual que el discurso presidencial haya estado dirigido hacia quienes durante los últimos años, además de protestar ruidosamente en las calles, se dedicaron a producir mucho conocimiento, un conocimiento capaz de rebatir cada una de las falsedades lanzadas desde los foros internacionales, con información dura, con leyes sancionadas a fuerza de presión popular, con avances, con mayores derechos.

Son colectivos incómodos para los gobiernos, responsables de los mayores avances en terminos de libertades personales de las últimas décadas: aborto legal, figura penal del femicidio, Ley de Cupo Trans, la Ley de Identidad de género, el cupo de representación de género en las listas electorales, entre muchas otras.

Son también los que en términos organizativos fueron capaces de convocar en un solo fin de semana asambleas en casi todo el país para planificar la respuesta y las futuras acciones sin espe-rar el llamado iluminado de algún liderazgo.

¿Será el resto de la sociedad capaz de confrontar tamañas expresiones de odio presidencial?  Porque se supone que estas discusiones fueron saldadas con amplios acuerdos como para dejar-se arrastrar una vez más en debates que erosionan el tejido social. A esta altura, no debe haber familia en la que no exista alguna disidencia sexual entre sus integrantes. Haber votado a Javier Milei no obliga a nadie a asumir como propia su agenda fascista. «

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